jueves, 31 de marzo de 2016

Próxima entrada: Una villa romana en Camarzana de Tera

El sueño de Ariadna
Nuestro blog se ocupará en breve de Camarzana de Tera (Zamora) y de su villa romana. Una mansión de la que se conservan excelentes mosaicos, si bien en mal estado de conservación. Destaca la cabeza de Ariadna, abandonada por Teseo y dormida a la orilla del mar, en la isla de Naxos, donde la encontró Dionisos y la sumó a su cortejo. Muy pronto aquí, en Historia desde Benavente.
Ariadna dormida.

miércoles, 30 de marzo de 2016

El Filandón y las prohibiciones de la Iglesia (y 3)

Hilandar en Aliste, primera mitad del siglo XX.
En el siglo XIX continuó la presión eclesiástica contra los filandones o seranos. Junto a la pervivencia de otras costumbres ancestrales, las misiones parroquiales se fijaron en ellos con el ánimo de erradicarlos, pues se les veía como reuniones que daban lugar a bailes nocturnos y “amoríos intempestivos”; de ahí que fueran perseguidos y estigmatizados por los misioneros, que en ocasiones contaban también con el concurso de las autoridades locales. La misión redentorista de 1879, llevada a cabo en varias zonas de Zamora, informaba de su actuación en Villardiegua: “Grandes dificultades tuvimos que vencer respecto de ciertas reuniones nocturnas de la juventud de ambos sexos que llaman ahí seranos. La autoridad se compromete a quitarlos”; y en Villadepera: “mismas dificultades que en Villardiegua y mismas victorias contra el infierno”. Las crónicas de estas misiones destacaban su triunfo por haber conseguido cerrar determinados hilandares. Respecto a Mellanes y Fradellos (Aliste) se informa: “se desterraron, por fin, los hilandares malos”; y en Zacos y Vega (León): “Se desterraron los bailes de noche, los hilandones, los amoríos intempestivos”. También en la misión de 1884 se celebraba el triunfo en Toral de los Vados y Hospital de Órbigo: “Cerráronse los hilandones, desterráronse los bailes de noche[1].

En la lucha contra estas reuniones nocturnas se implicaron también los párrocos de las aldeas. En Aliste, en 1900, S. Méndez Plaza informaba:

Por otro parte, los Sacerdotes de cada pueblo han tomado parte muy activa para que desaparezcan los hilandares, toda vez que han perdido su primitivo carácter de ser únicamente reunión de mujeres, á la que no era permitido asistir á ningún hombre, ni estaba bien visto por un y otro sexo; pero desde que los hombres, principalmente los mozos, frecuentan tales reuniones, se prestan éstas á tantos abusos, que concluirán por desaparecer como las demás costumbres comunales, incompatibles con las corrientes de la época presente[2].

A pesar de toda esta cruzada de la Iglesia, los hilandares o filandones siguieron celebrándose en muchos lugares, dado el arraigo de la costumbre. Todavía a comienzos del siglo XX se seguía condenando los fiadeiros en Galicia, como lo ponen de relieve los sínodos de Orense (1908) y Santiago (1909)[3]. No obstante, puede resultar un tanto paradójico que las páginas de los Boletines Oficiales de los Obispados de Astorga y León insertaran durante varios años el anuncio de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en las que se convocaba concursos especiales para premiar monografías descriptivas de derecho consuetudinario y economía popular, entre cuya variada temática se encontraban los “seranos o hilandares”, costumbres que la Iglesia trataba de erradicar[4].

[1] M. GÓMEZ RÍOS: “Las misiones de la Restauración” nava del Rey, 1879”. Spicilegium historicum Congregationis SSmi Redemptoris, 2. Roma, 1995, pp. 447-448.
[2] S. MÉNDEZ PLAZA: Costumbres comunales de Aliste. Madrid, 1900, pp.55-57.
[3] H. SOBRADO CORREA: “La sociabilidad campesina en la Galicia del Antiguo Régimen. Mediatización institucional y resistencia popular (siglos XVI-XIX ”. En Mª M. LOBO DE ARAÚJO et alii: Sociabilidades na vida e na morte (séculos XVI-XX). Braga 2014, pág. 170
[4] Boletín Oficial del Obispado de León, Año XLV Tomo XLV Número 24 - 1897 junio 16; Boletín Oficial del Obispado de Astorga, Año XLIII Número 22 - 1900 noviembre 15. De este concurso se hacía también eco los Boletines oficiales de las provincias, véase, por ejemplo, el de Zamora de 16 de mayo de 1898, nº 58, pág. 3.


domingo, 27 de marzo de 2016

El Filandón y las prohibiciones de la Iglesia (2)

A mediados del siglo XVII, el filandón ya era objeto de atención por parte de los prelados astoricenses. En la visita de 1646 del vicario capitular de Astorga a la parroquia de Estébanez de la Calzada, se informaba que “habiéndose informado que todavía se mantiene el abuso de los filandones, juntándose en ellos hombres y mujeres, sin embargo de las continuas providencias… que el dueño de la casa donde se hicieren se le multe con 4 ducados de vellón para la luminaria del Santísimo…” [1].
Mujer hilando en Lubián (Zamora), 1953
El filandón debía ser una costumbre generalizada en el obispado asturicense. J. Mª Sutil informa que se dieron autos sobre filandones en las visitas pastorales en las comarcas de Cepeda, Cabrera, Maragatería, Valduerna, Valdería, etc….[2] En la visita pastoral a Tabladas de 1729, el obispo Bermúdez mandó al cura evitar “el pernicioso abuso de los filandones” bajo pena de Excomunión “Y en adelante no se presenten en casa o casas que acostumbran hacer semejantes diversiones. Y el dueño o habitador de las referidas casas que las permitiese, el cura los evite de los Divinos Oficios y les saque de multa, la primera vez, seis reales, y doce por la segunda. Y si se llegase a la tercera su contumacia le remita preso a la cárcel de la Corona de Astorga y lo mismo ejecute con las personas que concurriesen a las referidas casas, sacándoles la mitad de la multa antecedente y todo se aplique por la luminaria del Santísimo. Y por todo lo referido se le concede al cura la facultad necesaria con la de excomulgar y absolver[3]. Un año más tarde en la visita a Castrillo de Cabrera, el obispo dio un auto prohibiendo los filandones de hombres y mujeres. En estas veladas se cantaba y bailaba. Ese mismo año, el obispo Bermúdez visitó la parroquia de Castropepe, entonces bajo la administración asturicense y mandó que “se evitasen los bailes de noche que se hacían en casas particulares, mezclándose hombres con mujeres, especialmente los salteados[4].

Benavente y otros lugares del entorno del Esla estaban incluidos en la Vicaría de San Millán, que dependía del obispado de Oviedo. Precisamente, en tiempos del prelado ovetense Agustín González Pisador, el Sínodo de 1769 legisló sobre los Filandones. Para ello se encomendaba a los párrocos que no los permitieran y, en caso necesario se recurriera a la justicia ordinaria:

“Sobre Filandones y hogueras nocturnas


- XXIV. Y porque en algunas partes de este nuestro Obispado hai la mala, y perniciosa costumbre de juntarse por las noches en casas particulares mozos, y mozas á lo que llaman Filandones, fogueras y otras semejantes, de que se siguen muchos perjuicios y pecados, que hemos procurado evitar por nuestros Edictos, y providencias dadas al efecto, y que le han tenido en parte; por tanto prohibimos generalmente dichas Juntas, y Filandones, y mandamos á nuestros Curas que no las permitan en sus Parroquias, exortando á sus Feligreses á que se abstengan de ellas y en caso necesario á las Justicias de S. M. para que castiguen á los contraventores, como así lo confiamos de su zelo por el bien público
[5].  
Constituciones sinodales de la diócesis de Oviedo, 1769.
Sin embargo, no parece que la “cruzada” de la Iglesia contra los filandones o hilandares erradicara la costumbre, pues se seguía insistiendo sobre ello, como lo hizo el prelado de Astorga, Francisco Isidoro Gutiérrez en un edicto dado el 14 de abril de 1799:

Exhortamos a todos nuestros Diocesanos, á que empleen y ocupan los días festivos en dar á Dios nuestro Señor el debido culto y veneración, y que por ningún motivo los pasen en diversiones ilícitas, juegos, bayles, filandones, embriagueces, ú otros vicios tan agenos de las obligaciones de un Christiano, como contrarios a la sana intención de los Sumos Pontífices[6]

(Concluirá)

[1] Libro de Fábrica, 1649, fol. 126, citado por M. MARTÍNEZ MARTÍNEZ: Vocabulario, costumbres y paisajes agrarios en el ribera del Órbigo (Estébanez de la Calzada). León 1985, pp. 83-84.
[2] J. Mª SUTIL PÉREZ: “Los Autos de visitas y costumbres populares”. Actas del XIII Congreso de la Asociación de Archiveros de la Iglesia en España (Sevilla 1997). Memoria Ecclesiae, 1999, pp. 375-386.
[3] J. Mª SUTIL PÉREZ, Op. cit., pág. 200.
[4] Mª SUTIL PÉREZ, Op. cit., pp. 200-201.
[5] Constituciones sinodales del obispado de Oviedo (1769), hechas en esta ciudad por el ilustrísimo Sr. Dn Agustín González Pisador, obispo de dicha diócesis. Salamanca 1786, pág. 119.
[6] Constituciones Sinodales del obispado de Astorga, copiladas, hechas y ordenadas por D. Pedro de Roxas, obispo de Astorga (1595), reimpresas en Salamanca en 1799. Contiene un Edicto de 14 de abril de 1799, pág. 366.



viernes, 25 de marzo de 2016

Luz en el Camino

El rayo equinoccial de Santa Marta de Tera


Santa Marta de Tera es una pequeña localidad ubicada en el Camino de Santiago, en el itinerario entre Benavente y La Puebla de Sanabria. Allí conecta también el ramal jacobeo que viene de Tábara. Santa Marta dispone de un albergue municipal para alojar a los peregrinos que recalan en este lugar, a escasos metros de su monumental iglesia. Anejo al templo está el palacio de los obispos de Astorga, hoy reconvertido en Museo, después de varios años de esfuerzo.
Luz equinoccial en Santa Marta de Tera
La iglesia constituye uno de los principales valores históricos y artísticos del patrimonio cultural de la provincia de Zamora. Conocida sobre todo universalmente por la imagen de su Santiago peregrino, el edificio formó parte de un complejo abacial que hundía sus raíces en la España mozárabe. De la abadía quedó la actual iglesia, románica, del primer tercio del siglo XII. El edificio reúne importantes valores arquitectónicos y escultóricos, lo que le hace ser una de las joyas de la arquitectura e iconografía románica de Castilla y León.
La iglesia de Santa Marta de Tera fue dada a conocer por el historiador granadino, Manuel Gómez Moreno, a principios del siglo XX. El reconocimiento por parte del Estado le vino con la declaración de Monumento Nacional el 3 de junio de 1931 (Bien de Interés Cultural en la legislación actual).
Santiago Peregrino, en Santa Marta de Tera.
Su planta es de una sola nave, con cabecera plana, conforme a la tradición hispánica. Célebres son sus esculturas, tanto las imágenes de varios apóstoles en alto relieve -casi de bulto- (entre los que está el Hijo del Trueno), como la de sus capiteles, tanto exteriores como interiores.

Varias líneas de ajedrezado o taqueado jaqués recorren los muros y orlan los arcos de ventanas y puertas.

Luz equinoccial

Cada equinoccio, un rayo solar ilumina el capitel del alma salvífica, situado en el presbiterio, en el lado de la Epístola. Se trata de un fenómeno similar al de otros templos, como el de San Juan de Ortega (Burgos), sin duda uno de los más conocidos.
En los últimos años muchos son los curiosos y estudiosos que se desplazan a Santa Marta para presenciar el fenómeno. Se ha podido presenciar hace unos días en el equinoccio de primavera. Pero volverá de nuevo en otoño. En primavera tiene lugar a las 9,00 h. de la mañana y en otoño a las 10,00 h., por aquello del cambio de hora.
De todos modos, no hay que esperar tanto para ver la iglesia, una joya en el Camino de Santiago por el valle del Tera desde Benavente hacia tierras de Sanabria y, desde aquí, por Orense, a Compostela.
La imagen del Santiago peregrino, con bordón y zurrón en banderola, con vieira prendida, nos indica el Camino de las Estrellas.



jueves, 24 de marzo de 2016

El Filandón y las prohibiciones de la Iglesia (1)

Veladas nocturnas en la sociedad rural
La industria textil doméstica -de hilado y tejido del lino y la lana- constituyó una fuente complementaria de ingresos en el mundo rural zamorano de la Edad Moderna. En torno a esta actividad giraban buena parte de las veladas nocturnas, conocidas como “filandones”, “hilanderos” o “seranos”. La Iglesia católica legisló y persiguió estas reuniones, a pesar de lo cual lograron mantenerse en el tiempo, hasta mediados del pasado siglo. Desaparecieron lentamente, tanto por el cese de la actividad textil como por los cambios que se produjeron en la sociedad rural.

El Filandón, de Luis Álvarez Catalá, 1872.

En estas veladas, en las que participaban varios vecinos –hombres, mujeres y niños-, al tiempo que se hilaba, se contaban cuentos, historias, adivinanzas, se cantaba y bailaba[1]. El encuentro servía como entretenimiento, al tiempo que fomentaba las relaciones sociales y familiares. La tradición de este encuentro se registra en las tierras del cuadrante noroccidental hispánico, en territorios de Galicia, Asturias, León, Zamora y Salamanca, con diversos nombres: Filandón, Fiadeiro, fiada, filangueiro, hilandero o serano[2].

1. La Iglesia y la prohibición de los Filandones

A raíz, sobre todo del espíritu reformista impulsado por el Concilio de Trento, la iglesia católica procedió a corregir y disciplinar determinadas costumbres, prácticas populares o conductas de los fieles, por entender que de ellas se derivaban hechos que movían al escándalo, alteraban el orden público o eran contrarios a la moral, por considerarlos actos deshonestos. Para ello, la jerarquía eclesiástica recurrió sobre todo a las Constituciones Sinodales, a edictos, autos, mandamientos de las visitas pastorales y, al último eslabón de la cadena, a los párrocos y curas de aldea[1]. De ahí que se intentara corregir algunos aspectos relacionados con las fiestas. Las vigilias nocturnas de los santos en las iglesias o ermitas estaban llenas de aspectos profanos; los parroquianos las solían celebraban con cantares, danzas y bailes, junto a una buena pitanza. Otra de las costumbres era hacer representaciones en el interior de los templos, con ocasión de fiestas solemnes, acompañadas de danzas y bailes. Contra ello reaccionó el sínodo de Astorga de 1595, prohibiendo que en las Iglesias, ermitas y lugares píos se hicieran representaciones, danzas y cantares deshonestos y conminando a los curas, capellanes y sacristanes a que no consintieran las velas nocturnas en las iglesias[2].

En este contexto hay pues que situar los intentos de la Iglesia por prohibir también los filandones, a los que se consideraba como “perniciosa costumbre”, por entender que en este tipo de veladas se originaban ofensas a Dios. Esta “cruzada” contra los fiadeiros o filandones se registra en todo el cuadrante noroccidental peninsular, especialmente cuando la industria campesina del lino comenzó a ir en aumento, a partir del siglo XVIII, si bien, como se ha indicado, ya desde el concilio de Trento hubo un intento de la Iglesia por corregir determinadas costumbres populares, como bailes y veladas, entre las que estaban los filandones. En el barrio zamorano de la Lana, hombres y mujeres se juntaban a realizar labores textiles en los recintos de los templos de Santa Ana y San Sebastián, lo que fue reprendido en 1706 por el visitador episcopal[3].

La censura eclesiástica de estas costumbres de las comunidades rurales se documenta en todo el cuadrante noroccidental peninsular, tanto en las diócesis españolas como portuguesas. Los obispos lusitanos legislaron para erradicarlas. El 13 de septiembre de 1755, el prelado de Miranda, Frei João da Cruz, prohibía “todos os fiadouros publicos, que se façam de noyte, asim nas ruas, como nas cazas particullares pellos grandes peccados, que nestas occazioins se commetem ao ir, e sahir, e ainda nas mesmas cazas, ou lugares aonde se ajuntar tudo em offensa de Deos, e deshonras nos creditos, e pessoas[4].
Tejiendo calceta e hilando lana en León. Años 1950.


En la vecina Galicia, los obispos y sus delegados legislaron también contra las reuniones nocturnas de mozos y mozas (fiadas, muiñadas, esfolladas); en la visita pastoral de Ancey de 1724 (diócesis de Tuy): “Ytem por quanto está mandado por los Señores nros. antezesores no se hagan Juntas de noche asi de nombres como de mujeres en lo que llaman seranes y empallejadas por las muchas ofensas que cometen contra Ntro Sr.”[5].

La Iglesia llegó a pedir auxilio a las autoridades civiles. Los Reales Acuerdos de 1745, 1747, 1788 y 1826 prohibieron estas veladas y las justicias y tribunales ordinarios dictaron severas medidas para prohibirlas. En 1751, Francisco Izquierdo, obispo de Lugo, ordenaba a los curas y vicarios de la diócesis que “no permitan que dichas mozas se congreguen ni junten a hilar en donde concurran los mozos por los grandes inconvenientes que pueden resultar de la mozedad, de la chanza y la palabra[6]

En 1782 el canónigo de Compostela Andrés Sobrino Taboada, manda a los párrocos que exhortaran a sus feligreses para evitar, "por todos los medios, las congregaciones y juntas de jóvenes de ambos sexos, con motivo de hiladas de lino y de lana (…) y que se mantienen no sólo de día sino hasta la mayor parte de toda la noches”; a juicio del canónigo estas reuniones no tenían freno y se oponían a la “crianza cristiana, piérdese la vergüenza y el celo del honor, prenda del sexo femenino”[7].

En 1798, Francisco Ubago y Fernández, visitador de varios pueblos de la comarca de Herrera de Pisuerga, se hacía eco de la costumbre del filandón, conocida en dicha zona como “velorios” o “veladeros”: “reina el pestilente y abominable abuso de juntarse muchas mozas solteras a ilar en los que llaman veladeros en los que permanezen desde el principio de la noche hasta fines de ella, a los que igualm(te) asisten los mozos de cuias fuerzas se originan gravísimos pecados y ofensas a Dios de las que en especial serán responsables los padre de familias…”[8].

En la visita pastoral de 1723 a Trobajo (obispado de León), el visitador fue informado que “en muchos lugares por las noches se juntan a los filandoiros concurriendo algunos mozos de que se originan graves ofensas a Dios Nuestro Señor con detrimento de las almas, porque su Ilustrísima [el Obispo de León] prohíbe dichos filandoiros y sólo permite pueda concurrir una vecina con otra sin admitir mozos y lo cumplan así pena de dos ducados aplicados para la luminaria de dicha Iglesia”.

(Continuará).

[1] J. RUIZ ASTIZ: “Corregir y disciplinar conductas: actitud de la iglesia católica contra la violencia popular (siglos XVI-XVIII). Hispania Sacra, LXVI, 134, julio-diciembre 2014, pp. 481-528.
[2] Constituciones Sinodales del obispado de Astorga, copiladas, hechas y ordenadas por D. Pedro de Roxas, obispo de Astorga (1595), reimpresas en Salamanca en 1799, pp. 185-187.
[3] F. J. LORENZO PINAR: “Fuentes locales para el estudio de los comportamientos religiosos en la Edad Moderna: los libros de visita parroquiales”. Fuentes y métodos de la historia local. Zamora 1991, pág. 279.
[4] C. PRADA DE OLIVEIRA: Pastorais dos bispos de Miranda do Douro e Bragança. Bragança 2011, pág. 143.
[5] D. L. GONZALO LOPO: “Aspectos de la vida religiosa barroca: las visitas pastorales”. En M. G. GARCÍA QUINTELA (coord.): Las Religiones en la Historia de Galicia. Universidade da Coruña, 1996, pág. 422.
[6] H. SOBRADO CORREA: “La sociabilidad campesina en la Galicia del Antiguo Régimen. Mediatización institucional y resistencia popular (siglos XVI-XIX)”. En Mª M. LOBO DE ARAÚJO et alii: Sociabilidades na vida e na morte (séculos XVI-XX). Braga 2014, pp. 169-170.
[7] I. DUBERT GARCÍA y C. FERNÁNDEZ CORTIZO: “Entre el “regocijo” y la “bienaventuranza”. Iglesia y sociabilidad campesina en la Galicia del Antiguo Régimen”. En El rostro y el discurso de la fiesta, SÉMATA, Ciencias Sociais e Humanidades, núm. 6 (1994), pp. 237-261, vér pág. 252.
[8] C. A. AYUSO: “Actuación popular y censura eclesiástica. Costumbres de mocedad en Palencia en el XVIII”. Revista de Folklore, nº 290; 2005, pp. 56-61.




* Extracto del artículo "En torno al Filandón. Hilaturas, telares y veladas en el norte de Zamora (siglos XVIII-XX)". Brigecio, 24-25. Benavente 2015, pp. 43-72.



[1] N. BARTOLOMÉ PÉREZ: Filandón: Literatura popular Llionesa. Luna (Zaragoza, 2007).

[2] Como una de las costumbres de los naturales del antiguo Reino de León, se hacía eco de ello J. D. de la RADA y DELGADO: Viaje de SS. MM: y AA. Por Castilla, León, Asturias y Galicia, verificado en el verano de 1858. Madrid 1860, pp. 233-235. Entre las descripciones de esta tradición, véase la que hace C. Morán del lugar de Rosales, en la comarca leonesa de Omaña: “En las noches largas de invierno, la gente labradora apenas puede hacer nada en el campo, ni cabe en su genio permanecer catorce horas en la cama. Emplea la velada en hilar, que es oficio de mujeres. El hilandero son las Cortes del lugar. El Parlamento, el Casino, el punto en que se reúne la juventud, vigilada y presidida por las canas de la vejez. En la cocina de una casa solariega se juntan las dueñas con sus hijas casaderas y más jóvenes, todas armadas de ruecas, huso y una canastilla con tarea laborable. Muchas veces acuden también los sesudos padres, acaso por cumplir un deber, acaso por conveniencia propia. Más tarde llegan los mozos entonando canciones, y entran respetuosos por atención a los amos y a las personas de edad. Se van sentando en los escaños patriarcales a medida que se les ordena, apretándose a los demás para dejar hueco. Las mujeres hilan de pie. Allí se habla de la paz y de la guerra, y de otros negocios más menudos; se cuentan cuentos llenos de filosofía; se proponen acertijos, restos del antiguo saber; se discurren y componen villancicos para la Misa de Gallo; se ensayan comedias y se conciertan matrimonios, sin que por eso dejen de hilar las mujeres. Callan los jóvenes; hablan sentenciosos los ancianos llenos de sabia experiencia. Un carro de leña seca, ardiendo en media del llar, chisporrotea alegremente y esparce su benéfico influjo sobre la multitud de alrededor se apiña”. C. MORÁN BARDÓN: Obra etnográfica y otros escritos. II. Zamora. León. Reino de León. Salamanca 1990, pág. 84. Por Tierras de León. Salamanca 1925. Ver también referencia en J. MOURILLE LÓPEZ: La provincia de León. Guía General. Toledo 1928, pág. 517, donde informa de las distintas denominaciones: filandero, en el partido de Valencia; filandón en Laciana; fiandón en El Bierzo e hilorio en Mansilla. El término filandón o filangueiro y sus variantes deriva de filar (hilar).