jueves, 30 de junio de 2016

La cañada de La Vizana en el entorno de Benavente

La vía pecuaria y el descansadero de Las Eras

Rebaño de ovejas (Brime de Urz, 2006).
La Vía de la Plata es un camino antiguo que articulaba el norte con el sur peninsular. A través de él se desplazaron ejércitos y comerciantes, transeúntes y peregrinos, pastores y rebaños. Una vía histórica que cobró auténtico protagonismo en las épocas de la conquista musulmana y en la expansión del Reino de León hacia el sur durante los siglos XII-XIII, llamada entonces “calzada de la Guinea” o Quinea (posiblemente de equinea, del latín equus –caballo-, aludiendo al tránsito de equinos).

Como ocurrió con otros caminos, la trashumancia de las montañas de León a Sierra Morena orientó su trazado por buena parte de esta vía. En muchos puntos la cañada occidental leonesa, conocida como de “La Vizana” coincide con la vieja vía romana de Astorga a Mérida. En el entorno de Benavente estaba Brigecio, una de las mansiones citadas en el Itinerario de Antonino, después de Pretorium (Bretó) y antes de Bedunia (San Martín de Torres). 

Con el transcurso del tiempo, los rebaños de la Mesta y después los de la Sociedad de Ganaderos del Reino, hollaron los Valles por Benavente siguiendo el trazado de la cañada de la Vizana, también llamada Real Berciana o Zamora. En el magnífico libro de Manuel Rodríguez Pascual, La Trashumancia. Cultura, cañadas y viajes -Edilesa. León, 2001-, se nos da cuenta de su recorrido: “... la cañada entra en Benavente por la denominada carretera de Alcubilla o camino de Manganeses que desemboca en la moderna y empinada avenida de “que bordea la villa por el norte. Al final de la misma, en la parte más alta, junto a una plaza –donde hoy se sitúan el Colegio nacional Las Eras y unas viviendas protegidas-, se encontraban las Eras de San Antón, antiguo descansadero de ganado. Al lado se localiza la plaza Virgen de la Vega, donde confluye La Vizana con la Vereda de los Maragatos, en la actualidad avenida de Maragatos.... Desde este altozano, La Vizana desciende por la calle Cuesta del hospital..., alcanza la plaza de la Soledad y se aleja de Benavente por la avenida de Federico Silva Muñoz”.
Avda. Cañada de la Vizana (Benavente).


El descansadero de la Vizana en Benavente

La Vizana entra en Benavente por la carretera de La Alcubilla y sube hacia la ciudad por la avenida su nombre (antes República Argentina). Aquí, la cañada comienza a ensancharse para llegar al descansadero de Las Eras de San Antón, en otro tiempo extramuros de la población. Precisamente el triángulo que queda entre las actuales calles de Río Pisuerga, la calle Alfambra y la propia avenida de la República Argentina, corresponde al ensanche de la cañada para llegar al descansadero de Las Eras. En otro tiempo la subida de los actuales Cuestos era más suave; al actual escarpe contribuyeron los vertidos de escombros que, poco a poco, fueron dando un mayor y brusco desnivel.

En Las Eras descansaban los rebaños y los pastores después de llegar desde Villabrázaro y el Mosteruelo, antes de bordear la ciudad y atravesar el Esla por el puente de Castrogonzalo.

Desde mediados de los años cincuenta del siglo XX el espacio de Las Eras (antiguo descansadero) comenzó a ser ocupado por viviendas de protección oficial, tanto individuales como colectivas. Más tarde, se construyó el colegio y el cuartel de la Guardia Civil y, finalmente, el Centro de Especialidades. Nótese que dichas construcciones son promovidas por entes públicos (Ministerio de la Vivienda, de Educación, de la Gobernación...), sobre suelo de propiedad del común, cedido por respectivos ayuntamientos de la ciudad.

La cañada en la toponimia y el callejero

Centro de Especialidades, en el antiguo descansadero de Las Eras.
El recuerdo de esta importante vía ganadera permanece viva en la toponimia y el callejero. Además de una calle con el nombre de Cañada de la Vizana ya referido, a la izquierda de la avenida de Madrid hay calle otra titulada Cañada Real Berciana y una gasolinera con el nombre de la Cañada. En las afueras de Benavente, más allá de los confines de la vieja N-VI, se pierde el rastro de la cañada durante algunos kilómetros, entre un nudo de carreteras y autovías.

A esta vía pecuaria se le une por la derecha la Cañada del Tera o Sanabresa, que procedía de La Puebla de Sanabria. M. Rodríguez Pascual escribe: “Algo más adelante, a la entrada del puente Castrogonzalo, lo hace por la izquierda el Cordel de León. Ya unido atraviesa el largo puente de Castrogonzalo sobre el río Esla y pasa junto a Los Paradores de Castrogonzalo, antiguas ventas de parada obligada para caminantes y arrieros, pues era un lugar estratégico en las comunicaciones de la meseta con Asturias y Galicia” (Del libro La Trashumancia. Cultura, cañadas y viajes ).

domingo, 26 de junio de 2016

Crónica del olivar: Cazorla

El río Niño

Nacimiento del Guadalquivir.
Cuenta una leyenda que el Puente de las Herrerías fue levantado en una sola noche. Tamaña empresa sólo está al alcance de los dioses o de los todopoderosos monarcas que en el mundo han sido. Será por eso que los caballeros de la católica reina Isabel pudieron coronar tal fazaña en el camino hacia Baza, para arrebatar la ciudad al moro nazarí. El río bajaba crecido y no había modo de vadearlo. Así que el viaducto batió todos los records de la diligencia de una obra pública. De esto no hablan las crónicas ni los cronistas, pero sí el vulgo, que es más dado a la fantasía y a las portentosas gestas. La antítesis de este puente de Quesada es El Escorial, paradigma de la tardanza de una construcción.
En el Puente de las Herrerías se termina el asfalto y comienza un sendero apto, sí, para vehículos, que remonta el curso del encajado aprendiz de río. Después de ocho kilómetros de aventura, con la tensión impuesta por el precipicio entre la senda y el agua, los viajeros bajan del automóvil y realizan a pie los poco más de trescientos metros hasta encontrarse con un arroyuelo cristalino que, como la serrana de la Vera, salta de peña en peña.
En la Sierra de Cazorla el río Grande (Wad-al-Kívir) es todavía un río Chico. Como Boabdil, tendrá que crecer para recibir los tributos de otros arroyos y, finalmente, perder su reino en el océano. Es el sino de la realeza y también de los ríos que van a dar a la mar. El señorío del rey granadino se perdió un 2 de enero en la Alhambra y el del Guadalquivir se perderá en la mar inmensa de Sanlúcar. Al océano van los ríos caudales, los medianos y más chicos, que todos los allegados se diluyen en la gran llanura acuática de poniente.
Pero para eso falta todavía mucho trecho por recorrer. El Betis, bravío y cantarín, crece aquí como un niño entre algodones, arrullado por el viento, mecido por el aire de los pinos y escoltado por cañones y desfiladeros.
Algún día, no obstante, tendrá que crecer. Lo hará, cuando salga del olivar pare hacerse grande entre naranjos, y lanzarse a la conquista de la Bética, buscando el puente y aparte de Triana. De momento, aquí y ahora, la lunita plateada y la mar océana quedan todavía muy lejos, que estamos en serrano paisaje.
La fortaleza y el vigor de la juventud los irá alcanzando entre vueltas y meandros, entre olivares, viñedos y campos de cereal, hasta llegar a la Itálica famosa.
* * *
En lo alto de la villa de Cazorla, una gran piedra amenaza con desmoronarse y llevarse rodando el blanco caserío que a sus pies se extiende confiado. Los cazorlanos duermen tranquilos, seguros de tan remota posibilidad, bajo la protección de la Virgen de la Cabeza, cuyo santuario se interpone entre el pueblo y la gran roca.
Castillo de Yedra y Cazorla.
Si la imagen mariana defiende la ciudad de los potenciales peligros de la montaña, el castillo de Yedra vigila los caminos y el curso encabritado del Cazorla, que baja encorsetado buscando el río Grande. Los viajeros han decidido visitar la fortaleza. La subida la harán a pie, que son cerca de las 12 del mediodía y hay que desentumecer las piernas. Cuando retornen de la atalaya será la hora del almuerzo.
En la serrana población algunas casas de comidas han agotado la pasada semana de Pasión las reservas de agua embotellada y, por eso, los posaderos no dudan en acudir a una fuente próxima, que data de los tiempos del tercero de los reyes Felipes, para llenar la jarra y ofrecerla a sus clientes. Piensan los viajeros que el agua debe bajar pura y cristalina desde la sierra, pero se equivocan; cristalina, sí, pero un ligero sabor a cloro les indica que el ayuntamiento debe haber contribuido a la pérdida de su virginal pureza; mejor así, más vale prevenir.

Abril de 2010.

miércoles, 22 de junio de 2016

Crónica del olivar: Baeza

Olvido episcopal
Caballo en la plaza de Santa María.
Si la poesía se quebró en Úbeda, por los alegres campos de Baeza los antiguos leones ibéricos humillan su fiereza ante las aguas de la fuente de la plaza del Pópulo, amansados por Imilce, la esposa de aquel general cartaginés que trajo en jaque a los romanos. Otros leones, más modernos, se han subido a los muros del palacio de los Salcedo en la calle de San Pablo y custodian las armas del linaje con la mirada puesta en los curiosos transeúntes.
Pero, para mirar, el mediodía. Baeza es un balcón abierto al valle del Guadalquivir, que se precipita desde Cazorla escoltado por el frente escénico de las nevadas cumbres de la Sierra de Mágina. El río no se ve, oculto por los cerros y el ejército de olivos.
Lo que, sin embargo, sí se ve, en la antigua ciudad moruna, es el esplendor de un enjambre de edificios civiles y eclesiásticos que pugnan entre sí por hacerse un hueco en la memoria de los visitantes. Y es aquí donde éstos podrán evocar la segoviana Casa de los Picos en el palacio de Jabalquinto y la basílica de Idanha-a-Velha, en las altas naves de la iglesia de la Santa Cruz.
Con todo, la torre de la catedral señorea buena parte de la ciudad. En torno a la seo, unos intrincados recovecos, con elevados pasadizos, sugieren los suspiros de un puente veneciano. Pero aquí el agua no inunda el caserío, sino que, encauzada, alimenta las fuentes; como la que el concejo mandó levantar en la plaza de Santa María, a modo de arco triunfal romano. Del orgullo y prosperidad de la ciudad habla también el antiguo palacio de Justicia, reconvertido en la centuria decimonónica en morada del Consistorio, sujeta ahora a un proceso de renovación.
Rodeada por aceituneros altivos, Baeza huele a almazara y también a olvido episcopal. Y es que por mucho que un tercio de los canónigos jienenses pertenezcan a la antigua diócesis baezana, a la postre la curia emigró, absorbida o fagocitada por urbes más prósperas e influyentes. Lo mismo ocurrió en Coria. Aún así, el esplendor de la catedral resiste, gracias al genio de Vandelvira y, también, a los visitantes que se acercan a la ciudad tras el universal reclamo.
Leones en la fachada de un palacio en Baeza.

Recuerdan los viajeros que los ecos de Baeza llegan a las lejanas tierras del norte peninsular, en forma de pendón. La Colegiata leonesa guarda orgullosa un estandarte con la efigie ecuestre de San Isidoro, de lo que fue la primera conquista de la ciudad andaluza en tiempos de Alfonso, el Emperador

Otra figura más belicosa es la de Santiago, desjarretando a la morisma, que entonces no se hablaba de alianza de las civilizaciones. En casullas, capillas y fachadas campean los iconos del Hijo del Trueno trocado en un nuevo Constantino, venciendo en Clavijo y en lo que se terciara.
Aquello, parece, es historia y las gentes de hogaño prefieren cambiar la espada por el bordón y hacer el camino del norte en lugar de conquistar el sur.
El sur y el norte se dan la mano en estas ciudades de La Loma. De Soria llegó don Antonio a Baeza y de aquí marchó a Segovia: fluir de norte a sur y de sur a norte; lo mismo que el camino del poeta de Fontiveros. Ambos, Machado y San Juan de la Cruz, pasaron mil gracias derramando por estos bosques de olivos y espesuras. Y ahora, los viajeros, yéndolos mirando, se llevan en su retina la hermosura de sus vestidos renacientes.

Abril de 2010.

lunes, 20 de junio de 2016

Cronistas y viajeros por el norte de Zamora

Así nos vieron los que nos visitaron: de la Edad Media al siglo XX

http://ledodelpozo.blogspot.com.es/2014/09/jose-ignacio-martin-benito-cronistas-y.html
          El norte de la actual provincia de Zamora fue tierra de paso hacia Galicia y Asturias, hacia el Duero y, por el sistema Central, hacia los valles del Tajo y Guadiana. Aquí se daban cita también los caminos que procedían del centro de la Península. Durante la época antigua, la región de los Valles de Benavente se convirtió en paso del camino de Mérida a Astorga (vía de la Plata), donde asomaban mansiones como Pretorium o Brigecio. En la Edad Media esta vía se convirtió en el camino de la monarquía leonesa en su colonización y expansión hacia el sur, hacia la Extremadura y la Transierra (Calzada de la Guinea).
Los cronistas dan cuenta de las correrías y de las expediciones militares entre leoneses y castellanos, de la expansión del Reino de León hacia el Sur, de portugueses corriendo los campos de Tábara, Benavente y Campos...


          Con el tiempo, y cuando los centros de decisión política se fueron trasladando hacia el corazón peninsular, se consolidó el camino real de la Corte a Galicia. Ello hace que sean muchos los viajeros que hagan la ruta desde Valladolid a Galicia o desde Madrid, ya sea por la posta o por otro medio de transporte.

 Por aquí pasaron Felipe I y Juana la Loca, Fernando el Católico, Carlos V y Felipe II. A este último y a su hijo, el conde de Benavente le preparó un caluroso recibimiento y hospedaje, lleno de fiestas, toros y cacerías.
 
         Algunos de los viajeros ponderan la importancia del territorio en su paso hacia Galicia y, especialmente, el paso del Esla. Así, Antonio Ponz en 1778 reclama la reconstrucción del puente de Castrogonzalo por ser “obra tan importante, y necesaria, como que es el camino real de la Corte á Galicia”. Camino también de los maragatos como advertía en 1759 el padre Isla en una de sus cartas: “todos los maragatos pasan por Benavente”. El británico Dalrymple, al pasar por Benavente en 1774, hace notar que la ciudad está “en el gran camino de Galicia”, por lo que “pasan por ella a centenares los gallegos”.

Antonio Ponz, autorretrato.

          Pero estos son también caminos de Santiago, que utilizan los peregrinos en su paso o regreso de Compostela. Algunos de los viajeros dan testimonio de ello, como Claude de Bronseval, hacia 1532: “El día 14... entramos en una región bellísima. Dejando a mano izquierda el camino del monasterio de Moreruela, y tomando a derecha el camino real y directo a Santiago, avanzamos durante tiempo hasta llegar a un valle, en cuya parte central corre un río llamado Órbigo...”


        Un territorio lleno de ríos, que había que cruzar, en puente o en barcas de paso. No solo se viaja por negocios o por motivos políticos o religiosos. En ocasiones el viaje está ligado a la expedición militar. Varios de los testimonios que aquí se recogen tienen que ver mucho con las campañas bélicas. A este respecto resultan reveladores, entre otras, los de los militares ingleses y franceses, protagonistas de la Guerra Peninsular (1808-1814).


       Nuestra intención en este trabajo es recoger agrupados los diversos testimonios de cronistas y viajeros, extranjeros y españoles, que a lo largo de los siglos hollaron las tierras del norte de la provincia de Zamora, así como sus impresiones y pareceres sobre el paisaje y sus gentes.

 PARA SABER MÁS:

José Ignacio Martín Benito: Cronistas y viajeros por el norte de Zamora. 328 pp. fotografías b/n. 24,5x17,5. Cartón. 2004. ISBN: 84-933594-0-8. Centro de Estudios Benaventanos "Ledo del Pozo".

ÍNDICE

Presentación.
Agradecimientos.
I. Introducción.
II. Los hitos del camino.
II.1. El paso de los ríos.
II.3. El paso de los puertos.
II.4. El paisaje agrario.
II.4.1. El viñedo.
II.4.2. El cereal.
II.4.3. La sal.
II.4.4. Prados y huertas.
II.4.5. Despoblación.
II.4.6. La arquitectura popular: casas y bodegas.
II.5. Los monasterios.
II.6. El mundo urbano.
II.7. La guerra.
II.8. La diplomacia.
III. Las descripciones de cronistas y viajeros. Catálogo.
III.1. Crónicas medievales.
III.2. Cronistas y viajeros del Renacimiento.
III.3. Viajeros y cronistas del siglo XVII.
III.4. Viajeros de la Ilustración.
III.5. Viajeros de la Guerra de la Independencia.
III.6. Autores y viajeros del Romanticismo y del siglo XIX.
Fuentes y bibliografía.
Índice de lugares.
Índice de ilustraciones.

sábado, 18 de junio de 2016

Crónica del olivar: Úbeda

SINAGOGA DEL AGUA

Fuente en la "Sinagoga del Agua" (Úbeda).
Es lunes de Pascua y el Cántico Espiritual se ve truncado en Úbeda por truenos provocados por el vuelo rasante de invisibles aviones. De buena gana, el espíritu de Francisco de los Cobos se levantaría por un momento de su panteón familiar en El Salvador y mandaría a estos pajarracos a graznar más allá de los cerros.
Pero la quietud y el silencio ha mucho que abandonaron la ciudad, sobre todo desde que las Unidas Naciones decidieron otorgarle el galardón universal.
Parece que Úbeda logró lo que quiso, pero que hace poco por mantenerlo. Las calles de la ciudad están sucias, mientras que las venerables y renacientes fábricas parecen sucumbir lentamente por las amenazantes manchas de humedad que, como una plaga, se extienden por San Pedro, San Pablo, Santo Domingo y otros edificios, incluida la muralla.
En las cercanías de una céntrica plaza, la policía local ha acordonado un edificio que amenaza con desplomarse. A primera hora de la tarde un gato encaramado en la cornisa del tejado observa el inmueble contrapuesto, como si quisiera saltar y escapar así del peligro aletargado; allí sigue todavía esperando el crepúsculo, cuando los viajeros vuelven sobre sus vespertinos pasos.
En Úbeda los viajeros se topan con siete brocales y siete pozos y un candelabro de siete brazos. Sólo falta la torah en aquel espacio otrora salpicado de rezos y de salmos. Los pozos, unos secos y otros con agua, continúan estando allí después de varios siglos; como espíritus vivos, su contenido cambia según fluyan las subterráneas corrientes dependiendo de las estaciones. Unas escalerillas, que acceden a un baño ritual, nos devuelven los espacios ignotos de la Sefarad soñada.
Monumento al arquitecto Andrés de Valdelvira (Úbeda).

Así cambia también el tiempo, recuperando lo que se perdió en el olvido. La memoria se recobra a golpe de espuertas y desescombro. Ahora emerge de nuevo con el reclamo de “Sinagoga del agua”, extraída de las entrañas de la Úbeda sepulta.
Pero si el tiempo cambia, también lo hacen los artilugios para medirlo. En las antiguas Casas Consistoriales, un reloj de sol fechado en 1604 señala las once de la mañana. Aunque el moderno horario europeo haya establecido oficialmente dos horas más, el sol no cambia ni se detiene; porque una cosa es la hora solar y otra muy distinta la humana aspiración al ahorro energético.


Esta crónica se corresponde con el Lunes de Pascua (Abril de 2010).

martes, 14 de junio de 2016

Parada y fonda en los caminos de Benavente

Posadas y mesones vistos por los viajeros

Las opiniones de los viajeros sobre las posadas y mesones que encuentran en el camino hacia Benavente son variadas, pero suelen coincidir en su escaso confort. Estas, por lo general, son frías y mal acondicionadas.

Posada, en el siglo XVIII.
Bartolomé Villalba y Estaña que viajó por la Vía de la Plata en 1577, se queja del albergue de Bretó: “Lo cual visto y notado con gran contento llegó á Breton, Bribon dixeran mejor, según es infame casa para los caminantes, que es, cierto, cosa de espanto, siendo del Conde, ¿cómo se provee de remedio más acomodado en un vil albergue?”[1]. En otros lugares, simplemente no había posada, teniendo los viajeros que arreglárselas como pudieran. Al Pelegrino Curioso no le fue mejor en Villabrázaro que en Bretó: “... llegó aquella noche á Villabrasa, por cierto brasa e caminantes porque el Pelegrino durmió en un carro, perdió no se qué cosillas, quedó sin cena, sintió buen frio”[2].


R. Ford, en una acuarela de J.F. Lewis.

Sólo en las villas de cierta entidad parecen encontrar los viajeros un lugar cómodo para descansar y reponer fuerzas para el día siguiente. En el viaje que hizo en 1612 a Santiago, Bernardo de Aldrete encuentra en Valermala posada i peor abrigo i ningunas camas”, compensada por la estancia en El Pereiro, ya en Galicia, donde “hallamos buena posada en un quarto... y el huésped nos regaló i dio todo un buen servicio con limpieza”. A su regreso de Compostela, Aldrete encontró a Benavente con “mui buenas posadas, en particular la del conde, que es la mejor donde posamos”. También Richard Ford, viajero por la España romántica del siglo XIX, pondera la estancia en Benavente, aunque la villa le pareció aburrida y pobre: “hay una Posada decente en las afueras de la ciudad en el camino de Astorga; la ciudad es aburrida y empobrecida”.


Pero las posadas medianamente confortables debían ser excepciones. William Dalrymple, que caminó por la vía de la Plata en 1774 para ir a Ferrol, cuando llega a Riego del Camino, señala que es “aldea pobre, con una más pobre cabaña a manera de posada. No se encuentra en ella más sillas que el suelo: nos ha costado mucho trabajo hacernos dar un puchero de barro para cocer las provisiones que, por fortuna, habíamos traído; porque no hay allí más que un vino agrio y pan muy malo”. El militar británico señala que en verano, cuando no hay rocío, más valía “dormir al aire libre que estar encerrado en un cuarto que se parece a un gallinero”, como lo hacían muchos gallegos que viajaban a segar a Castilla: “Duermen todos en los cementerios, al aire libre, lo que es una costumbre bastante corriente en el pueblo de estos países cálidos... A menudo he visto a los mozos de ranchos en Andalucía y la Mancha pasar la noche en el patio de la posada mejor que en las habitaciones”.


Posada. Escenas matritenses, de Mesonero Romanos.
J. Townsend
, que viajó por España entre 1786 y 1787, nos describe el interior de la posada de Santovenia, espacio muy reducido y multifuncional:
“...medí por curiosidad las dimensiones de mi habitación, que, como es frecuente en España, hacía las funciones de dormitorio y sala de visitas, y hallé que sólo tenía doce pies de longitud por diez de anchura. A pesar de lo reducido de este espacio, en él había una cama, la estructura de otra, una silla, una mesa y dos grandes arcas destinadas a alojar el tabaco del rey, cebada, lino y todos los tesoros de la familia. La cocina tenía casi las mismas dimensiones, a pesar de que en este edificio pasaban entonces la noche treinta y cinco caballos, mulas y burros, y sus jinetes o conductores”.


Jovellanos, por Goya.
Pero no son sólo los extranjeros los que se muestran críticos con el estado de las posadas. También los españoles. En el viaje que Jovellanos hizo de Salamanca a Gijón en 1791, el ilustrado se queja de los lugares donde tiene que pernoctar. El mesón que le sirvió de albergue en Villaquejida le pareció triste, “careciendo de todo, hasta de asistencia y abrigo”. La posada de Villamañán se le antoja “sucia, fría e incómoda”. La hospitalidad no le fue mejor, ni siquiera en el monasterio de Moreruela, donde “tuvimos un recibo tan frío como el tiempo; andaban los frailes a magostar en las recreaciones de anteadviento”. Jovellanos partió a dormir para Santovenia en una tarde mala y lluviosa, sin poder ver la iglesia ni el archivo del monasterio; menos mal que allí encontró buen alojamiento y mejor compañía en casa del párroco “D. Diego Aparicio, hombre fino, joven y al parecer instruido, primo de los Altamiranos, de quien traje carta”.


Junto a las posadas estaban también las ventas, al lado del camino y alejadas de la población. En el camino entre la Puebla de Sanabria y Tábara destacaban hacia 1812 la venta de Cernadilla y la venta de Litos, si bien la primera estaba arruinada. Por su parte, la de Litos era el único foco poblado del camino entre este lugar y Tábara:

“ ... desde el frente de Litos á Tabara es el camino llano, no se halla poblacion sino la Venta de Litos, el terreno es monte poblado de maleza...”[3]

Otra de las ventas en el camino entre La Puebla de Sanabria y Benavente (hoy N-525) fue la venta Cabijas, cerca de Colinas de Transporte.
Venta Cabija, en el camino de Benavente a La Puebla de Sanabria

http://ledodelpozo.blogspot.com.es/2014/09/jose-ignacio-martin-benito-cronistas-y.html


[1] B. VILLALBA Y ESTAÑA, El Pelegrino Curioso y otras Grandezas de España. Op. cit., pág.
[2] En venganza de la mala noche que había pasado en Villabrázaro, al día siguiente el Pelegrino tomó un yeso y dejó escritos unos encendidos versos en la puerta de la iglesia. Ibidem, pág.367-368.
[3] Circunstancias del camino de la Puebla á Carbajales. Instituto de Historia y Cultura Militar. Sección A, grupo XV, subgrupo II. 4069. Sig. 3-2-3-14- Rollo 23.

viernes, 10 de junio de 2016

"Las más hermosas truchas del mundo"


Pesquerías en los ríos de Benavente y en el Lago de Sanabria 
                                    
El Tera, a su paso por Mózar.
En unas comarcas tan bien regadas por los ríos que bajan de las montañas de León y de la cordillera cantábrica, como son las del norte de la actual provincia de Zamora, uno de los productos más admirados por los viajeros es la pesca de barbos y truchas. Las referencias a éstas especies se prodigan en viajeros como Jeronimus Münzer, Andrés Muñoz, Ambrosio de Morales, Flórez, Vázquez del Viso y Richard Ford. El alemán, en el viaje que hizo en la Navidad de 1494, ensalza las truchas de Benavente:
“La ciudad de Benavente... hállase en una fértil planicie, regada por el Aquefontis (sic), que cría exquisitas truchas, y el cual, como otros varios riachuelos, junta sus aguas con las del Duero, río que desemboca en las costas de Portugal”.

También lo hace Andrés Muñoz, en el Viaje de Felipe II a Inglaterra en 1554. El cronista, cuando está describiendo los corredores de la fortaleza-palacio de los condes de Benavente, añade:
“De las cuales se ven y señorean muy gran pedazo de tierra, grandes montes, huertas, arboledas, rios y sus vertientes, y otros pasos muy deleitosos, en especial estos rios que cuasi junto á la fortaleza pasan, donde se cree que mueren las más hermosas truchas del mundo, según pareció los dias que allí estuvieron Sus Altezas”.

No sólo las aguas de Benavente crían truchas, sino también toda la ribera del Órbigo. Vázquez del Viso, autor del Viage a Galicia desde Benavente en 1798, dice que dicha ribera “abunda de caza y de buenas truchas”. Igualmente alaba las pesquerías del Tera: “abunda de mucha caza y el río de delicadas truchas y anguilas”.

Río Tera, en Mózar de Valverde.
Pero es Ambrosio de Morales, en 1572, quien más resalta la abundancia de la pesca, sobre todo del Lago y otras lagunas de Sanabria:
“Agora es el lago del Monesterio, y tiene truchas y barbos en grande abundancia, y muy sanos... Tiene tambien el Monesterio en otra sierra dos lagos estantios, sin que corran á ninguna parte, y en ambos es el agua muy delicada, y las truchas y peces muchas y muy buenos”, recoge en su Viage a los reinos de Galicia, León y Asturias. Y en su Descripción de España, insiste: “El abundancia de grandes truchas y barbos que tiene este lago es cosa que pone admiracion. La voluntad sola pone número y tamaño á la pesca, y diciendo vamos á sacar cien truchas y barbos de tantas libras, estan seguros que no faltará la tasa en todo. Este lago es del Monesterio de San Martín de Castañeda, de la Orden del Cister, que está allí cerca, y tiene tambien el Monesterio otras dos lagunas notables en grandeza, hondura y pesquería”.
Lago de Sanabria.
 Por su parte, al ocuparse del lago sanabrés, alude a: “la mucha pesca que en él se cría”[1].

También el padre Flórez alude a las truchas del lago, cuando describe el curso alto del Tera: “El rio, como que no quisiera apartarse de alli, corre lentamente y pacifico por el medio, ministrando por su parte muchas y delicadas truchas”[2].

 A la riqueza de las pesquerías del lago también alude el francés Alexandre Laborde en su Itinerario descriptivo de España. Al referirse a Astorga, escribe: “en sus inmediaciones está el lago de Sanabria, que abraza una legua de extensión, y cruzando por el río Tuerto[3], agita sus aguas que forman furiosas olas. En medio de este lago se eleva un peñasco sobre el cual hay un castillo hermoso que pertenece a los condes de Benavente, y el lago al convento de Santa María de Castañera: abunda mucho de peces y truchas”.

Las abundantes truchas del Lago de Sanabria, comparándolas con las del País de Gales, llamaron también la atención del británico Richard Ford, que recorrió el territorio hacia 1835:
“Los monjes ciertamente, se han ido, cogidos de un solo golpe por el esparavel de Mendizábal, pero las truchas, lo que hace el caso, desafían tanto a reformadores como a pescadores furtivos; son de buen tamaño, inagotables en número, y, cuando llega la estación, sonrosadas como su congéneres del País de Gales”. Para el viajero inglés: “los mejores arroyos trucheros son el Tera, Eria, Tuerto y Orbigo, que van a desaguar al Esla, y el Cabrera, Burbia y Cua, que son tributarios del Sil, verdadero príncipe de ríos”.
En Benavente, continua Ford: “un bonito paseo, El Caracol, lleva a la sombra de los árboles por un arroyo truchero[4]

 Para saber más:
http://ledodelpozo.blogspot.com.es/2014/09/jose-ignacio-martin-benito-cronistas-y.html




[1] A. YEPES, Crónica General de la Orden de San Benito. Tomo II. Madrid, 1960. Biblioteca de Autores Españoles, pág. 332. Ed. Atlas.
[2] E. FLÓREZ, España Sagrada. Tomo XVI. De la Santa Iglesia de Astorga. Madrid 1762, pp. 45-46.
[3] Claramente confunde este río con el Tera.
[4] También J. LEDO DEL POZO pondera las pesquerías de Benavente: “... y su pesca sobre manera rica, grande y esquisita, la hace no solo apreciable por los muchos y sazonados barbos, y otras varias especies, sino tambien por las grandes truchas, tencas, y excelentes anguilas”. Historia de la nobilísima villa de Benavente con la antigüedad de su ducado, principio de su condado, sucesión y hazañas heroicas de sus condes, Lib. I, cap. VII, pág. 58. Zamora 1853. Reed. Centro de estudios Benaventanos “Ledo del Pozo”, Benavente, 2000.