jueves, 27 de abril de 2017

La demolición del castillo de Benavente


EL DERRIBO DE LA FORTALEZA DE LOS PIMENTEL

Castillo de Benavente por Ker Porter (1808)

Tras el incendio del castillo de Benavente en los primeros días de enero de 1809, tras el paso de las tropas inglesas y francesas por la villa, el edificio entró en un largo periodo de ruina que se mantuvo durante todo el siglo XIX. Las series fotográficas demuestran que todavía a finales de esa centuria, a pesar del paso del tiempo, la fortaleza conservaba buena parte de su perímetro, muros, torres y estructura.



Entonces ¿Qué pasó? ¿Quién o quiénes demolieron los restos y dejaron sólo en pie la Torre del Caracol? La respuesta puede ser tan dura como cierta: los propios benaventanos, con el Ayuntamiento a la cabeza.

El proceso de destrucción desmantelamiento y derribo de los muros de la antigua fortaleza de los Pimentel tuvo lugar desde finales del siglo XIX hasta los años 1930. En este intervinieron tanto los dueños de la empresa de aguas, propietaria de la fortaleza –la habían comprado en 1898 a los obligacionistas de la casa de Osuna-, como el Ayuntamiento de Benavente, una vez que éste se hizo con el inmueble en diciembre de 1925.

El castillo en1854, por Clifford.

En 1898 el Ayuntamiento intentó comprar la antigua fortaleza, para derribarla y “con el fin de realizar importantes mejoras, entre ellas el ensanche del paseo de La Mota”; perseguía también que sirviera como cantera, para extraer piedra y destinarla a las obras municipales.
En el caso de la empresa de agua, los trabajos de desmantelamiento aparecen reflejados en las actas municipales, cuando estos están próximos a los terrenos públicos. Si esos trabajos se produjeron en el interior del castillo, lógicamente no se han reflejado. En julio de 1907 el Ayuntamiento acuerda pasar una comunicación al encargado de la fortaleza para que se abstenga de continuar desmontando en el muro del Caracol y “ponga lo hecho en condiciones de seguridad para el caminante, procurando cómo se detiene ya prevenido dejé expeditas la carretera y cunetas”.  
Las noticias del derribo del Castillo de los Condes de Benavente llegaron a los círculos culturales de la capital de España. En 1913, en el transcurso de unas conferencias pronunciadas en el Ateneo madrileño y en la revista Por el Arte, Lampérez denunciaba que se estaba terminando el derribo y que los materiales eran vendidos a 10 reales el metro cúbico.
Ruinas del castillo a finales del siglo XIX.

Parece que uno de los objetivos del Ayuntamiento era ampliar los paseos y jardines de la Mota a expensas de la antigua fortaleza, cómo se puso de manifiesto en las tentativas de adquisición de la misma. Ello no fue obstáculo para que el seno de la Corporación se alzaran algunas voces en favor de la restauración de la torre del Caracol, como la propuesta que hizo el concejal señor Ramos en noviembre de 1914, en favor de la adquisición y restauración del torreón “para qué tal recuerdo artístico e histórico se perpetúe”. 
Entrada a la fortaleza. Puerta de Sanntiago.

Con todo, el Ayuntamiento fue poco a poco desmontando el solar. El 5 de marzo de 1915 se aprobaron las condiciones "para la caba, carga, transporte y descarga de 600 metros cúbicos de tierra del torreón de la fortaleza a los paseos de la Mota baja". Al año siguiente el municipio continuaba ocupado por los desmontes, pues el 10 de diciembre se aprueba “se pague a Francisco y Fructuoso Cachón 1.000 pesetas y 80 céntimos por el arrastre de tierras del Castillo a La Mota Vieja".


Cuando finalmente el Ayuntamiento compró la fortaleza a la empresa de aguas y dispuso libremente de ella (1925), comenzó una demolición sistemática de lo que aún quedaba en pie con el objetivo de planear los terrenos para ampliar los jardines. En abril de 1927 el semanario El Pueblo informada de que había comenzado el derrumbamiento de las paredes de la tierra de la fortaleza.

El derribo del resto del castillo y la extracción de tierra y piedras del mismo camina pareja la crisis obrera que sacudió Benavente en las primeras décadas del siglo XX. Las actas municipales recogen abundantes noticias y testimonios de cómo afectó esta crisis a la villa. En la del 30 de noviembre de 1929 leemos textualmente que “las obras llevadas a cabo para construir jardines han servido durante los meses de invierno para mitigar las horrorosas crisis obreras, conjurando la miseria y el hambre”.
Fortaleza. Principios siglo XX.
Entre enero y marzo de 1928 se pagaron 7.390 pesetas por derribo de tierra del alcázar. Algunas partidas llevan expresiones elocuentes: “por derribo de los paredones de la fortaleza” o “por derribo del Teso de la Mota”.

En enero de 1929 se pagaron 1.439 pesetas por traslado de piedra y tierra de la fortaleza con destino a la carretera de la Estación. En febrero, 1.457 pesetas por traslado de tierras de la fortaleza para ensanche de los paseos y nuevos jardines de la Mota a los que las actas se refieren también como “jardines en la fortaleza”.

El ayuntamiento de Benavente concedió piedras de sillería para otras obras realizadas en la villa, así, en 1928 cedió 12 metros de piedra de la fortaleza al conde de La Bisbal para que se realizará obras en una finca inmediata. En 1929 el consistorio concedió piedras de sillería de la fortaleza para la reparación de la capilla de Jesús en la iglesia de Santa María del Azogue y para otras obras de reparación en San Nicolás
El resultado de todo aquel proceso de destrucción se detuvo sólo ante la Torre del Caracol, único vestigio del alcázar benaventano. En 1931, cuando ya la demolición del castillo se había consumado, la Torre del Caracol fue declarada Monumento Nacional, por Decreto de 3 de junio.
Torre del Caracol y restos de paredones.
Para saber más:
http://ledodelpozo.blogspot.com.es/2014/09/rafael-gonzalez-rodriguez-fernando.html

sábado, 22 de abril de 2017

Frontera y literatura


CIUDAD RODRIGO Y LOS LIBROS DE CABALLERÍA

Florisel de Niquea, de F. de Silva.
Desde Ciudad Rodrigo, ciudad fronteriza con Portugal, donde eran comunes las cabalgadas, alardes y juegos de cañas y toros, sobre todo en las festividades de San Juan y Santiago, van a proyectarse un buen número de libros de caballería. No deja de sorprender que el 14 % de las novelas de caballería que se escribieron en España durante la primera mitad del siglo XVI, se escribieran en la ciudad del Águeda.

De hecho, Miguel García-Figuerola en su trabajo Literatura en la frontera, califica como “porcentaje desorbitado” el hecho de que en Ciudad Rodrigo se escribieran siete de la cincuentena de obras de este género, que se editaron en los reinos de León y Castilla durante la primera mitad del siglo XVI[1]

En efecto, de la mano de Feliciano de Silva (1480-1554) y de Francisco Vázquez, el género caballeresco se pobló de Lisuartes, Floriseles, Amadises, Palmerines y Primaleones.

 Del éxito y la aceptación del Amadís de Grecia (1530), Florisel de Niquea (1532), Lisuarte de Grecia (1514) (Feliciano de Silva), Palmerín de Olivia (1511-1516) y Primaleón (1512) (Francisco Vázquez) hablan las sucesivas ediciones que tuvieron estas obras y que nutrían las bibliotecas de la aristocracia. Este género engendró otros. Las narraciones caballerescas de Feliciano de Silva, que incorporan episodios pastoriles en prosa, pueden ser consideradas como precedentes de la novela pastoril.
Primaleón, 1534.

Obras de Francisco Vázquez (muerto en 1565): Palmerín de Olivia, Salamanca 1511 (14 reediciones) y Primaleón (11 reediciones). Obras de gran repercusión, con ediciones en Salamanca, Burgos, Sevilla, Venecia, América... entre otras.

Obras de Feliciano de Silva: Amadís de Grecia, Floresil de Niquea, Lisurate de Grecia, Segunda Celestina... El Amadís de Grecia, de Feliciano de Silva, fue uno de los libros de la biblioteca de don Quijote que el cura y el barbero echaron al fuego. "Este que viene, dijo el barbero, es Amadís de Grecia, y aun todos los de este lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Amadís. Pues vayan todos al corral, dijo el cura" (Quijote, 1. Cap. 6: Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo).


¿Quién fue Feliciano de Silva?

Feliciano de Silva fue nieto de Hernando de Silva, corregidor de Ciudad Rodrigo e hijo de Tristán de Silva, cronista de la Reina Isabel la Católica. Tristán era natural y vecino de Ciudad Rodrigo. Debió morir en 1503. Sin embargo, la crónica que escribió sobre los Reyes Católicos nunca llegó a publicarse, ni se conoce directamente el manuscrito. 
Su hijo, el célebre escritor de novelas de caballería vivió entre (1480-1554). La primera novela de este género, Lisuarte de Grecia, la públicó en 1514 (dedicada al arzobispo de Sevilla, el toresano Diego de Deza) y en ella narra las hazañas de un nieto de Amadís de Gaula. Escribió también la Segunda Celestina, publicada en 1534, en la que "resucita" a Celestina y narra una serie de episodios en la que trata de redimir su vida pecaminosa
Feliciano de Silva fue regidor vitalicio de Ciudad Rodrigo desde 1523. Estuvo dos años al servicio del emperador y, ya en Ciudad Rodrigo, participó en la toma de posesión de los alcaides del alcázar. El rey delegó en él y en Diego de Silva en 1525 para que tomaran el pleito homenaje a Francisco del Águila, al no poder hacerlo este en persona, "por estar ocupado en la residencia que dava de su oficio de alcaide sacas". Nuevamente, en 1551, el rey ordenó a Feliciano de Silva -contaba 71 años- y a Antonio de Barrientos que toamaran y recibieran en su nombre el pleito homenaje del nuevo tenente de la fortaleza, don Alonso del Águila, el cual no podía presentarse en la corte por estar "ynpedido y enfermo". 

Obras digitalizadas de Feliciano de Silva en la Biblioteca Nacional de España
Amadís de Grecia, de F. de Silva.


[1] M. GARCÍA FIGUEROLA: Literatura en la frontera. El ambiente literario en Ciudad Rodrigo durante la primera mitad del siglo XVI. Salamanca 2012. Ed. Centro de Estudios Mirobrigenses y Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo.
[2] J. I. MARTÍN BENITO: El alcázar de Ciudad Rodrigo. Poder y control militar en la frontera de Portugal (siglos XII-XVI). Salamanca 1999, pp. 95-97.


lunes, 17 de abril de 2017

El ídolo de Ciudad Rodrigo


UNA PIEZA DE MÁS DE 3000 AÑOS

Ídolo de Ciudad Rodrigo.
En un post anterior dábamos cuenta del ídolo de Lerilla, una pieza de la Edad del Bronce que, procedente del término de Zamarra (Salamanca), que se guarda en la Casa de Cultura de Ciudad Rodrigo.

Este tipo de piezas son conocidas como ídolos-estla o estela-guijarro. Su distribución geográfica se centra en el sur de la provincia de Salamanca y en las provincias de Cáceres y Badajoz, así también como en el este portugués próximo a la Raya.

La mayor concentración de estas piezas se encuenra a un lado y otro de la Sierra de Gata. En la Tierra de Ciudad Rodrigo los ejemplares conocidos son los de Lerilla, Agallas y Ciudad Rodrigo. Hoy nos ocupamos de este último.

La pieza de Ciudad Rodrigo 

En el interior del recinto de la ciudad, concretamente en la plaza del Trigo, fue hallado esta pieza hoy día en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. La figura humana está grabada en un bloque rodado de los que se esparcen por las terrazas del Águeda , de 40 x 20 x 10 cm.

Ídolo de Ciudad Rodrigo en el MAN.
El personaje está representado de manera muy esquemática y desproporcionada, con aspecto rechoncho. El rostro viene señalado por los ojos la nariz y la boca. Sobre la cabeza lleva una especie de casco, segmentado por una retícula radia. El cuerpo está dibujado por un círculo dividido por 2 líneas curvas concéntricas.


Las extremidades están muy desproporcionadas en relación con el resto del cuerpo. Tanto las extremidades superiores como las inferiores están representadas dentro del esquematismo que le caracteriza. Técnicamente se puede observar una rectificación del ejecutor del grabado corrigiendo el brazo izquierdo de la figura´.


Sus paralelos más próximos son el ídolo de Cambroncino y el de Riomalo de Abajo, ambos en la provincia de Cáceres.

Ídolo de Agallas (dibujo).

Ídolo de Lerilla (dibujo).