miércoles, 21 de junio de 2017

El Camino de Santiago en el norte de Zamora

VALLES DE BENAVENTE

Peregrinos. Grabado de 1850.
Las tierras del norte de la actual provincia de Zamora fueron zona de paso hacia el Finisterre atlántico, hacia las tierras gallegas, en donde Compostela se erguía como reclamo y como meta de los caminantes.

Al menos desde época romana, si no antes, el septentrión zamorano, fue una zona de paso obligado entre el sur y el centro de la Península Ibérica con las tierras del noroeste. La Vía de la Plata, que unía Mérida con Astorga, pasaba por las mansiones de Pretorium (Bretó) y Brigecio (en las inmediaciones de Benavente).

En esta última cruzábase también la vía que unía Astorga con Zaragoza. Durante la repoblación medieval, la vía de la Plata, llamada entonces calzada de la Guinea, fue utilizada por los reinos cristianos y musulmanes en sus incursiones y expediciones militares. Al tiempo que avanzaba la repoblación y expansión de leoneses y castellanos, primero hacia el Tajo y luego hacia el Guadiana, se fue también abriendo paso la trashumancia de los rebaños que, en su mayor parte, seguían el trazado de esta vía. Por aquí también orientaron sus huellas los peregrinos que, desde el sur de la Península, se dirigían a venerar las reliquias del apóstol Santiago en Compostela.


Santaigo peregrino. Santa Marta de Tera.
Desde la época de la repoblación, pues, la villa de Benavente -antes Malgrat- se convirtió en zona de paso de los viajeros del sur; pero también de los que venían desde el centro peninsular, de las tierras vallisoletanas, abulenses y madrileñas. En el siglo XII, las comunicaciones con Castilla desde Benavente se hacían a través de las plazas leonesas de Mayorga, Castroverde y Villalpando. Con el tiempo, los caminos hacia el centro peninsular fueron cobrando mayor relevancia, fruto de la estancia de la corte en Valladolid y, sobre todo, una vez que Felipe II la trasladó a Madrid.

Camino de reyes y de viajeros ilustres. Por Benavente pasaron, entre otros, los Reyes Católicos en 1486, tanto a la ida como a la vuelta de Compostela[1]; Carlos I en 1520 en su primer viaje a Santiago, donde había convocado Cortes, pasó por Benavente, procedente de Burgos y Valladolid[2]; el futuro emperador Maximiliano de Austria que, en compañía del conde-duque de Benavente, viajó en 1548 de Valladolid a Santiago en cinco jornadas, a través de la vía del Tera y Sanabria[3]
Puerta de Santiago, del castillo de Benavente.
También el entonces príncipe Felipe en 1554 pasó y se hospedó en Benavente camino de La Coruña para embarcarse hacía Inglaterra[4]. Viajeros como Jeronimus Münzer en 1494 o Antoine de Lalaing en 1502 pasaron también por esta villa a su regreso de visitar la tumba del Apóstol[5].
Benavente se convertía así en una encrucijada de caminos hacia Galicia y hacia las tierras de la Meseta, como lo sigue siendo hoy. Se abrían y se abren, pues, dos vías alternativas hacia Santiago. Una, siguiendo el camino hacia Astorga, para enlazar con el Camino Francés, y, otra, remontando el curso del valle del Tera y la alta Sanabria para adentrarse en las tierras orensanas de la Gudiña y Allariz y, desde aquí, hacia Compostela.

http://ledodelpozo.blogspot.com.es/2014/09/jose-ignacio-martin-benito-juan-carlos.html








[1] J. LEDO DEL POZO, Historia de la nobilísima villa de Benavente, con la antigüedad de su condado,  principio de su condado, sucesos y hazañas heroicas de sus condes. Zamora, 1953. Reed. Facsímil del C.E.B. “Ledo del Pozo”. Benavente, 2000, pág. 279.

[2] J. LEDO DEL POZO, Op. cit., pp. 283-284.

[3]M. SIMAL LÓPEZ, Los condes-duques de Benavente en el siglo XVII. Patronos y coleccionistas en su villa solariega. Benavente, 2002, pág. 46, notas 41 y 42.

[4] A. MUÑOZ, Sumaria y verdadera Relación del Buen viaje que el inuictíssimo príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra. Zaragoza, 1554. Reedición de la Sociedad de Bibliófilos españoles. Madrid, 1877, con notas de P. Gayangos.


[5] J. MÚNZER, Viaje por España y Portugal. Ed. Polifemo. Madrid, 1991, pp. 207-211 y J. GARCÍA MERCADAL, Viajes de extranjeros por España y Portugal. Madrid, 1952, 3 vols.

viernes, 16 de junio de 2017

El paso del Esla en Castrogonzalo



PUENTES Y BARCAS
                                                

Puente de Castrogonzalo.
Una de las mayores dificultades de los caminos fue siempre el paso de los ríos. Las dificultades se acentuaban en época de lluvias que provocaban crecidas o “enriadas”. La seguridad del paso descansaba, en principio, en los puentes de piedra, que hasta finales del siglo XX fueron casos contados.

El de Castrogonzalo fue uno de los pocos puentes levantados sobre el cauce del Esla. El inicio de su construcción debe datar de finales del siglo XII. A principios del siglo XIII debía estar acometiéndose la construcción del denominado puente de Santa Marina; su prosperidad derivó en la celebración de una feria en Los Paradores. Sin embargo, las constantes avenidas del Esla fueron deteriorando la fábrica, de modo que hacia 1345 el puente estaba en ruina. 
  
Puentes sobre el Esla

Otros puentes sobre el Esla fueron el de Mansilla de las Mulas, aguas arriba de Castrogonzalo, y el del Priorato de Milles de la Polvorsa (el denominado puente de Deustamben) y Castrotorafe, aguas abajo, pero estos últimos terminaron por arruinarse y, al no volver a recomponerse, desaparecieron. El del Priorato debió perderse en el siglo XIV. Por su parte, parece que desde el siglo XII la villa de Castrotorafe contó con un puente de piedra sobre el Esla, que se mantuvo activo hasta su destrucción en el siglo XV, según información recogida por la visita a la Encomienda santiaguista en 1494.

El río Esla y varios pasos de barca.
Muy cerca a Castrotorafe, en San Pelayo (despoblado de San Cebrián de Castro), se levantaron puentes de madera. Uno de ellos se construyó por mandato de Real Orden de 20 de julio de 1801, de modo que la barca que había en este tramo del río se retiró; finalmente el puente acabó por llevárselo el río y la Administración General de Correos y Caminos tuvo que habilitar nuevamente el paso en barca. De modo que el de Castrogonzalo fue, durante siglos, el único puente de piedra existente entre Mansilla de las Mulas y la desembocadura del Esla. Y es que aguas abajo de Castrogonzalo, el Esla no contó con un paso fijo y estable hasta 1869, cuando se abrió al tráfico el puente de La Estrella, levantado con motivo del proyecto de construcción de la carretera de Villacastín a Vigo.

Las aguas se llevaron varias veces el puente de Castrogonzalo. Para solventar la necesidad del paso, entre tanto se procedía a reparar los desperfectos –lo que en ocasiones podía demorarse durante años- , los caminantes recurrieron al uso de barcas o atravesaron el río por un puente de madera. Por uno de estos puentes lo hizo en 1612
Peregrino
Bernardo de Aldrete, canónigo de la catedral de Córdoba, a su regreso de la peregrinación a Compostela, camino de Madrid:

 “Março 7. Miércoles de la ceniza salimos de Benavente al salir del sol con mucho frio i vientos i a cosa de una legua llegamos al rio Esla que va dividido en dos braços. El uno que lleva poco agua tiene una hermosísima puente, el rio huió della y pasó a otro lado donde va todo el golpe del agua que es mucha i todo el rio a inclinado a esta parte donde está començada otra puente. Pero pássase por una de madera como la del Orbigo, i la passamos con la misma temeridad, que reconocimos vista la pujança i furia del rio”.

Así pues, en momentos en los que el puente estaba deteriorado o cortado, resultaba un auténtico embarazoso salvar el río a la altura de Castrogonzalo, circunstancia esta bastante común a lo largo del tiempo.

En el Archivo Municipal de Benavente se conserva abundante documentación sobre repartimientos para reparar el puente, hacer obras de ampliación o reparar las partes en ruina, son constantes a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII y en ellos intervenían diversas villas y ciudades. En el repartimiento que se hizo en 1656 contribuyeron los lugares situados en un radio de acción de 24 leguas.
Estragos de las crecidas de la primavera de 2016.

Cuando el puente estaba ruinoso, en ocasiones se procedía a tender unas maderas para que pudieran pasar personas y caballerías. Pero muchas veces no bastaba con ello y hubo de recurrirse a las barcas como transporte alternativo para poder cruzar el cauce.

Conocidos son los sucesos ocurridos en los últimos días de fnales de 1808, en la Guerra de la Independencia, cuando, volado el puente, por los ingleses, los franceses se lanzaron a buscar barcas por los alrededores. Ello retrasó la persecución de Napoleón que, finalmente, cruzó el Esla, como ya hemos informado en otro post.
El puente, tras la restauración de 2016-2017.

domingo, 11 de junio de 2017

El castillo de Ciudad Rodrigo



"UNA DE LAS BUENAS CASAS DEL REINO"

El castillo desde la batería.

El viajero que llega a Ciudad Rodrigo desde el mediodía y desde el ocaso, el viajero procedente de la alta Extremadura y de las tierras lusitanas, encuéntrase de frente a la ciudad rodericense, sobre un cerro, señoreando la vega del río Águeda. En una de las cotas más altas de la ciudad se sitúa una maciza construcción del gótico militar, dominando o guardando, con su cúbica silueta, el paso del río y el camino a Portugal: es la torre del homenaje del alcázar del rey don Enrique, el monarca que, tras varios años de guerra civil, inaugura en Castilla la dinastía de los Trastámara. El castillo, que en palabras de Feliciano de Silva pasaba por ser "...una de las buenas casas del reino... e que no es suntuosa ni hermosa, sino provechosa, como se requiere para su defensa e guarda.."[1], fue levantado, según reza la inscripción de entrada al recinto en el año 1372 por el mismo monarca que dos años antes había protagonizado un intento fallido de tomar la ciudad[2].

Desconocemos el momento en que las obras de ejecución pudieron darse por concluídas, pero un siglo más tarde, cuando Enrique IV nombró alcaide del alcázar a Diego del Aguila, el castillo "estaba muy perdido y sin puertas y en toda la casa y torre no había pretil ni almenas en la torrecilla de encima del homenaje, ni cava, ni barrera..."[3]. Diego del Aguila y después su hijo, Antonio del Aguila llevaron a cabo obras de reparación en el castillo y fortaleza de Ciudad Rodrigo[4].
El paso de las tropas británicas, 1812.

En el centro del patio de armas del recinto del alcázar de Enrique II se levanta la torre del homenaje, compuesta por dos cuerpos superpuestos de forma cúbica, de mayor a menor, respectivamente. Esta tipología de la torre del castillo de Ciudad Rodrigo parece ser anterior al siglo XV. E. Cooper[5], en su conocida obra (1980): Castillos señoriales de la Corona de Castilla. Siglos XV y XVI, no se ocupa de este tipo de torre, por tratarse de un período anterior al estudiado[6]. No obstante, la torre que está encima del homenaje fue levantada por el alcaide Don Diego del Aguila (s. XV)[7]. En cualquier caso, no sabemos con certeza si don Diego levantó de nuevo o reconstruyó lo existente, pues cuando se hizo cargo del castillo éste debía estar en bastante mal estado[8]
Catedral, Cerralbo y castillo, tras la muralla.

El cuerpo inferior de la torre, de 17 m. de lado, está construido con fábrica de cal y canto rodado, excepto en las partes nobles -esquinas y vanos- que son de sillares de arenisca. Una línea de imposta corta y rodea el primer cuerpo de la torre, acusando las dos plantas interiores. Este cuerpo es rematado con almenas y salmeres con saeteras. Sobre los lienzos norte y sur se abren ventanas geminadas, con arcos ojivales lobulados, separados por esbelto parteluz octogonal que repite su forma en el capitel con ábaco cuadrado. La entrada a la torre se hace bajo arco apuntado sobre el que campean las armas de Castilla y León. Se accede a un vestíbulo bajo bóveda de cañón escarzano. La estancia de la planta baja es una gran sala con bóveda ojival, sustentanda por arco perpiaño central que descansa en dos pilastras. La subida a las plantas superiores se hace por escalera de bóvedas rampantes, de medio cañón apuntado.
Entrada al castillo.
Las bóvedas de las estancias son apuntadas, sujetadas también con arcos perpiaños. El pavimento es de cantos rodados. El segundo cuerpo está construido con materiales menos pesados, con fábrica de ladrillo en sus esquinas y mampuesto de cal y canto en el resto, dispuesto en franjas horizontales separadas por hiladas de ladrillo, de orientación mudéjar. Se accede al interior precisamente bajo arco apuntado de ladrillo. La sala es de cañón agudo, sujeta con arcos perpiaños. Una línea de nacela corre la estancia; todo, arcos fajones e imposta, de ladrillo. Desde esta sala se accede a la plataforma por escalera de caracol iluminada por vanos en aspilleras.

El castillo, junto con las murallas, forma parte del complejo sistema de fortificación de esta plaza, en la Raya de Portugal, de lo que ya informamos en otros pots.
Escudo real e inscripción (siglo XIV).




    [1] De la declaración que hizo Feliciano de Silva para certificar los gastos hechos por Antonio del Aguila en las obras llevadas a cabo en la fortaleza de Ciudad Rodrigo. Archivo General de Simancas (A.G.S.). Escribanía Mayor de Rentas; Tenencia de Fortalezas. Leg. 2, fechado en Ciudad Rodrigo a 24 de marzo de 1512.

    [2] El propio Rey D. Enrique informa del intento falllido de tomar la ciudad en carta enviada a la ciudad de Murcia, dada el 9 de marzo de 1372 en el Real de Ciudad Rodrigo: "Facemos vos saber que teniendo nos cercada esta cibdad de Cibdad Rodrigo.... tan fuerte fue el tiempo de las aguas que fizo é face, é tan excesiva la fambre que ha en el real por falta de mantenimientos, que ya las gentes non lo podían sofrir: por lo qual ovimos de levantar el cero....". Citada en la Crónica de Enrique II.Crónica de los Reyes de Castilla. Tomo II. Madrid., 1951, p. 51.

    [3] DE PAZ, J. (1912): Castillos y fortalezas del Reino. Noticia de su estado y de sus alcaides durante los siglos XV y XVI. Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Tomo XXVI, p. 463.

    [4]De las obras hay información detallada en A.G.S. Escribanía Mayor de Rentas. Tenencia de Fortalezas, Legajo, 2. Ciudad Rodrigo. Las obras que D. Antonio del Aguilla llevó a cabo entre  1506 y 1507 ascendieron a 957.658 maravedís.

    [5] Al propio E. Cooper quiero agradecer la valiosa información, allá por 1985, de las semejanzas de la torre del homenaje de Ciudad Rodrigo con la de los castillos que aquí voy a reseñar. Gracias a su información pude trasladarme más tarde a Quintanilla del Marco, las Ventas con Peña Aguilera y Burguillos del Cerro, para realizar trabajos de campo y comprobar, en efecto, esta circunstancia.

    [6] Como él mismo precisa, Vide p. 452, nota 1. COOPER, E. (1980): Castillos señoriales de Castilla. Siglos XV y XVI. Madrid.

    [7]A.G.S. Escribanía Mayor de Rentas. Tenencia de Fortalezas, Legajo, 2. serie de Ciudad Rodrigo.

    [8] DE PAZ, J. (1912): Castillos y fortalezas del Reino. Noticia de su estado y de sus alcaides durante los siglos XV y XVI. Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Tomo XXVI, p. 463.


    [9]RETUERCE VALERO, M. y OTROS (1981): Castillos de Castilla la Mancha .Madrid, p. 125 y ESPINOSA DE LOS MONTEROS, R. (1974): Corpus de castillos medievales de Castilla, p. 268.
Para saber más:
http://centrodeestudiosmirobrigenses.es/wp-content/uploads/2016/05/Cat%C3%A1logo-Libros.pdf

martes, 6 de junio de 2017

Castros del Águeda

LA PLAZA (GALLEGOS DE ARGAÑÁN)


El Águeda desde "La Plaza".
Introducción

La divulgación del hierro en la Meseta española es más bien lenta. En la primera mitad del primer milenio a. C. continúa la fabricación de objetos de bronce frente a una tímida presencia del nuevo metal. Será a partir de finales del siglo VI y principios del V a. C. cuando el uso del hierro se generalice. Los autores distinguen entre una Primera y una Segunda Edad del Hierro. Los emplazamientos de los poblados suelen ser en lugares altos, bien defendibles por la orografía, reforzados con sistemas artificiales de defensa, tales como murallas, bastiones, fosos o piedras hincadas.

Verraco vettón. Gallegos de Argañán.
En la Tierra de Ciudad Rodrigo contamos con una serie de poblados fortificados correspondientes a esta etapa, varios de los cuales se localizan a lo largo del río Águeda. Culturalmente se inscribendentro del pueblo prerromano de los vettones, al que pertenecen las esculturas de toros y verracos.


La Plaza (Gallegos de Argañán).


El castro de “La Plaza”, situado en el término de Gallegos de Argañán, se defiende tras los barrancos formados por el encajamiento del río Águeda –al noroeste- y sus afluentes, los arroyos de Regajal y Zamarreño.

La defensa natural se completa con una estructura artificial compuesta por una barrera de piedras hincadas, un doble foso y muralla.



Barrera de piedras hincadas.

Las piedras hincadas se encuentran en la parte de acceso más vulnerable. La barrera está compuesta por bloques paralepípedos de grauvaca y algunos –los menos, de cuarcita blanca. La barrera tiene una longitud aproximada de 100 metros y una anchura entre los 12,60 y los 14,60 mts. Los bloques emergen, en ocasiones, 1 m. por encima del suelo. En la misma barrera, muy candada, se aprovechan crestas naturales de al roca. La entrada al recinto tiene lugar en embudo, muy desfigurada por el derrumbe. Refuerza la entrada se sitúa un bastión circular, adosado a la misma.
Restos de la muralla.
Se identifican dos recintos. El exterior, con muralla conservada en talud. El interior, igualmente amurallado, se observa por un terraplén, en el que aún se observan hiladas de pizarra del muro. La construcción de la muralla parece haberse hecho con lajas o sillares de medianas y pequeñas dimensiones.

Todo el perímetro de la muralla externa se halla protegido por dos fosos que discurren circundando la muralla por el NE-O y mediodía. El foso interno arranca con dirección E-O, en el sector occidental del castro. Excavado en la roca, mide 18,5 m. de largo y cerca de 3,5 m. de ancho, además de tener una profundidad cercana a los 3 m. Este foso dobla en recodo de 90º para seguir una dirección N-S, con una longitud aproximada de 68,5 m. y con 7 m. de anchura. Junto a este tramo discurre un segundo foso paralelo al mismo por el exterior, con unas dimensiones similares, aunque menos profundo. El foso desaparece cuando contacta con el bastión occidental –que sobresale de la muralla y posee paramento interno y habitáculo interior. En los sectores suroccidental y meridional vuelve a aparecer el sistema de foso, excavado a veces en la misma roca del sustrato.
Foso del castro de "La Plaza".



jueves, 1 de junio de 2017

La frontera de León: Belver de los Montes



EL CASTILLO Y LAS MURALLAS [1]

Belver de los Montes. Panorámica.
Belver de los Montes fue una villa en la frontera entre León y Castilla. Documentada en época de la primera repoblación (siglo XI), adquirió especial relevancia tras la muerte de Alfonso VII, el Emperador y la división de su reino (1157).
 
El castillo

Consta que el castillo fue edificado en tiempos de Alfonso IX, formando parte para fortalecer la línea fronteriza del reino de León con el de Castilla, situada en los montes Torozos. En las disputas por la Tierra de Campos, integraban la barrera leonesa fortalezas como las de Laguna de Negrillos, Mayorga, Castroverde, Villalpando, Villafáfila, San Pedro de Latarce, Belver, Castronuevo de los Arcos o Toro, entre otras[2]

El fortalecimiento de los límites territoriales del reino leonés, iniciado por Fernando II, tanto en la frontera occidental, frente a Portugal, como en la oriental frente a Castilla, fue continuado por su hijo y sucesor Alfonso IX. Así pues, desde 1157 a 1230 los monarcas leoneses reforzaron y construyeron fortificaciones, al tiempo que impulsaron repoblaciones, con otorgamiento de cartas forales, en las áreas geoestratégicas de su reino.
 

Castillo de Belver. Vista aérea.

En este contexto se sitúa tanto la construcción del castillo de Belver como la concesión del fuero en tiempos de Alfonso IX. De la edificación promovida por la corona queda constancia documental en la donación que el rey hace del castillo a la iglesia de Zamora y su obispo don Martín en 1211: “…iure hereditario perpetuo possidendum illud meum castrum quod ego hedificavi et feci in valle de Villa Ceth[3].
El monarca se amparaba así en el soporte de la Iglesia zamorense para la defensa de esta parte del reino. Como en otros lugares fronterizos, caso de Ciudad Rodrigo en relación con Portugal, también el obispo de Zamora sería un auténtico agente del poder real leonés en la articulación y organización política, militar y jurisdiccional del territorio en relación con la frontera de Castilla[4]. En el caso de Belver, el obispo Martín contribuyó a reforzar también sus defensas. En el corto espacio de tiempo que la iglesia de Zamora poseyó la fortaleza se llevaron a cabo obras financiadas por la institución eclesiástica, como se recoge en el documento de 1213, cuando Alfonso IX recupera de nuevo el castillo, al cambiarlo por el de Villalcampo: “… hac inquam villam do vobis in concambium pro castello de Belveer, quod olim concesseram vobis, in quo construendo amplissisimas feceratis expensas[5].

Desaparecido el interés de espacio fronterizo con la unificación de las coronas de León y Castilla en la persona de Fernando III, el castillo de Belver continuó en la familia real hasta las primeras décadas del siglo XIV.

Muralla de Belver de los Montes.
Las murallas

Con el mismo tipo y técnica de construcción, esto es, con canto rodado unido por mortero de cal, se levantan los restos de una cerca que dibuja un perímetro ovalado y que arranca desde los extremos oriental y occidental del flanco sur del castillo.
Los muros se encuentran en muy mal estado de conservación, habiendo perdido altura y masa (Fig. 16). En el sector sureste el grosor alcanza 1,90 metros. Por los testigos mejor conservados, que se localizan en la parte media del cerro hacia poniente, intuimos que pudo tener una altura cercana a los seis metros y que estuvo enfoscada. No obstante, la cerca se encuentra descalzada por los efectos del agua de lluvia que, en esta parte de la ladera erosiona la base, lo que constituye un grave peligro para su equilibrio. Esta ha debido ser la causa del desmoronamiento de buena parte de los muros de la parte baja, que han caído a pedazos y se encuentran desplazados unos metros de la alineación de la cerca. En el sureste, la muralla ha servido de apoyo a algunas construcciones, quedando integrada en naves y corrales.
En el interior de este recinto se ven fragmentos de teja y cerámica común, escoria de fundición, así como restos óseos de animales. En el reconocimiento que hicimos del terreno hallamos en la parte baja y en la proximidad del muro de poniente, dos discos tallados de cuarcita. [6]

Entrada al recinto de Belver.
La entrada que da acceso al recinto se abría en el extremo sureste de la parte baja. La puerta está formada por dos muros de 6,5 m. de largo por 4 metros de altura que se adosan a la cerca. Sin duda la altura debió ser mayor, pues el actual nivel del suelo es de relleno, fruto del derrumbe y arrastre de sedimentos hacia la parte baja. La cerca tiene, al contacto con los muros, una anchura de 2,10 m., de modo que la longitud de la entrada se prolonga hasta los 8,60 metros. El vano de acceso tiene una anchura de 2,70 m. En el muro más oriental se observan dos líneas de cuatro troneras, situadas en la parte alta, y similares a las del torreón de poniente.

Avelino Gutiérrez intuye “restos de otra posible entrada en las ruinas del extremo suroeste, también hacia el valle[7]. Sin embargo, bien destacada la puerta del sureste, no se aprecia sobre el terreno entrada alguna hacia poniente; en todo caso, lo que sí se identifica en el sector occidental son bloques errantes, desprendidos del muro original.

Alfonso IX de León, repoblador de Belver.
La construcción de la cerca debió realizarse a comienzos del siglo XIII, según se desprende de la concordia establecida en 1214 entre el monasterio de Sahagún –de quien dependía el cenobio de San Salvador- y el concejo de Villaceth. En el acuerdo, ratificado por Alfonso IX, se recogía que el abad de Sahagún entregaba por 17 años la tercera parte de los diezmos al concejo “ad faciendam cercam vestram de villa vestra ad defensionem personarum et rerum vestrarum”.[8]
La cerca se construía, en efecto, como refugio o defensa de las personas y cosas de la villa en caso de necesidad, pues el caserío o, al menos, sus principales construcciones se ubicaban extramuros, caso de la iglesia de Santa María y el propio monasterio de Salvador. Santa María se situaba a 115 metros en línea recta del recinto amurallado, mientras que la iglesia del cenobio lo hacía a 85 metros.

Así pues, las obras de la construcción de la muralla debieron realizarse pocos años después de que el monarca leonés ordenara la edificación del castillo. Se trataría, en todo caso, de complementar o reforzar la fortificación de un núcleo de población en expansión, que había ido prosperando en torno al monasterio de San Salvador, hasta el punto de lograr atraerse el mercado que antes se celebraba en la vecina villa de Bustillo.
Castillo y recinto amurallado cumplirían así una función de acrópolis, a los que se recurriría en caso de necesidad de buscar amparo o refugio, en tanto la actividad cotidiana se extendía extramuros, en la parte baja del cerro y a la vera del río Sequillo y de su fértil vega.

Sello real del fuero de Belver.


[1] J. I. MARTÍN BENITO: “El castillo y la muralla de Bever de los Montes (Zamora). Brigecio 20, pp. 25-50. Benavente 2010.
[2] J. A. GUTÍERREZ GONZÁLEZ: Fortificaciones y feudalismo en el origen y formación del reino leonés (siglos IX-XIII). Zaragoza 1995.
[3] J. GONZÁLEZ: Alfonso IX. Tomo II. Doc. 277, pp. 375.
[4] J. J. SÁNCHEZ-ORO ROSA: Orígenes de la Iglesia de Ciudad Rodrigo.  Episcopado. Monasterios y órdenes militares (1161-1264). Salamanca 1997. J.I. MARTÍN BENITO: “La Iglesia de Ciudad Rodrigo”. En Historia de las Diócesis españolas. Ávila, Salamanca. Ciudad Rodrigo. BAC. Madrid 2005, pág. 334.
[5] J. GONZÁLEZ: Alfonso IX. Tomo II. Doc. 296, pp. 395-396.
[6] Una pieza similar cita V. SEVILLANO, localizada en el foso en su visita de 1969: Testimonio arqueológico de la provincia de Zamora. Zamora 1978






, pp. 61 y 62. El autor se refiere a ella como “un sílex tallado semiesférico” y le atribuye una adscripción neolítica, así como una función de tapadera. Intuimos que se trataba, en realidad, de una pieza de cuarcita; en cuanto a su cronología, no descartamos una filiación medieval.
[7] A. GUTIÉRREZ GONZÁLEZ: Fortificaciones y feudalismo en el origen y formación del reino leonés (IX-XIII). Zaragoza 1995, pág. 360.
[8] J. GONZÁLEZ: Alfonso IX. Vol II. Doc. 310, pp. 411.