viernes, 29 de septiembre de 2017

Tumbas y reliquias en Moreruela

TESTIMONIOS DE LOS VIAJEROS EN LOS SIGLOS XVI-XVII

Iglesia del monasterio de Moreruela. Interior.
El viajero que transcurre por la N-630 encontrará a la altura de La Granja de Moreruela una señalización hacia el oeste, que le indica el camino para visitar las ruinas de lo que fue uno de los grandes y más antiguos monasterios del Císter en España: el de Santa María de Moreruela.

La Desamortización del siglo XIX, que conllevó la exclaustración de los monjes y la venta pública por parte del Estado de sus bienes, fue el inicio de un proceso de ruina de tan magna construcción.

La fundación se remonta a 1153, cuando el rey Emperador Alfonso VII, entregó la villa de Moreruela al conde Ponce de Cabrera, para que este fundara allí el monasterio. Allí se enterraron familiares y descendientes de este conde de origen catalán. Pero hubo otra fundación anterior a la de Alfonso VII, en Moreruela de Suso, cerca de Castrotorafe y de Tábara. Sus fundadores habrían sido San Froilán y San Atilano. El primero fue abad del monasterio y después obispo de León. Por su parte, San Atilano llegaría a ser obispo de Zamora.

Tumbas

Ruinas del monasterio de Moreruela.
Ambrosio de Morales, que visitó el monasterio en 1572, nos ha dejado una descripción del interior de los enterramientos del interior de la iglesia del monasterio de Moreruela.

Además de señalar los enterramientos de los familiares del cone Ponce de Cabrera, destaca Morales, sobre todo, una tumba con bulto de piedra, situada en la capilla mayor, donde yacían los restos de una infanta portuguesa, favorecedora del monasterio, de la que se había perdido la memoria en el siglo XVI. Esta infanta habría dejado en Lisboa una renta en favor de Moreruela, pero los monjes no la cobraban porque la habían tomado los reyes de Portugal.

El cuerpo de la infanta debía conservarse incorrupto, pues cuandopPocos años después visitó el monasterio el clérigo Bartolomé Villalba y Estaña, autor del Pelegrino Curioso (1577) vio la tumba y el cuerpo, dejando escrito lo siguiente: "es una dama de más de onze o doze palmos de largo, mujer corpulenta, la cual esta tan fresca y entera y tan buena como si otro día fuese sepultada y ha más de doscientos que feneció y dexó a esta casa muchas rentas, las cuales en su mayor parte se han perdido". 

Pero es Fr. Antonio Yepes quien, a comienzos del sigo XVII, deja mejor constancia de los sepulcros de Moreruela, varios de ellos de bulto, tras publicar la relación que de ello hizo Fr. Bernardo de Villalpando. Según esta relación en la iglesia del monasterio estarían enterrados Fernando Pérez Ponce de León y Dª Urraca Gutiérrez, su mujer, ayor de Alfonso VII. Respecto a la tumba de la infanta de Portugal, dice que Fr. Atanasio de Lobera (fallecido en 1605) creyó que el sepulcro se correspondía con el de la infanta Dª Berenguela, hija de Sancho II, rey de Portugal y de doña Urraca, su mujer. Pero A. Yepes apunta, atendiendo a las armas del sepulcro, que pueda tratarse de una hija de Fernando Pérez Ponce de León y de su mujer D. Urraca Gutiérrez. Una hija de ambos casó con D. Juan Alfonso, hijo bastardo del rey d. Alfonso de Portugal.
Otros sepulcros fueron el de D. Alfonso M´elénez de Bornes, caballero portugués y de su esposa. Estuvieron enterrados también Ruy Páez, caballero portugués y doña urraca, su esposo, D. Pedro Maldonado, obispo de Mondoñedo, que murió en Moreruela en 1566. Pero lo mejor será remitirnos a la relación que introduce el propio Yepes y que incluimos como anejo en este post.

El relicario

En el retablo mayor de la iglesia, a un lado y otro del Sagrario, estaban dos arcas talladas y doradas, que contenían varias reliquias. Entre estas estaban la mitad del cuerpo de San Froilán, donado al monasterio por la iglesia de León. Entre los huesos conservados del patrón legionense estaban cinco canillas, una espalda y algunas costillas, además de un paño labrado con leones, en el que fueron traídos los restos del santo.

Morales cita también una reliquia de San Blas, de gran devoción, y otra de San Mancio, junto a otras reliquias “menudas”.

Bartolomé Villalba deparó también en sus reliquias, "que son infinitas, aunque confusos los nombres de quienes son".

Fray Antonio Yepes, que escribió sobre el monasterio a principios del siglo XVII, se refiere también a las reliquias, de las que dice "son infinitas". Entre ellas las había de "todos los apóstoles, de innumerables mártires, confesores y vírgenes, y algunas partes de la cruz en que padeció Cristo". Cita también, además de la de San Froilán, reliquias de San Benito y San Bernardo, padres de la orden benedictina.
Puerta del claustro.
MORERUELA, según Ambronio de Morales

Monesterio principal de la Orden de Cister, seis leguas de Zamora. Su principio deste Monesterio fue por San Froylan, Abad de él, que por mandado del Rey Don Alonso el Casto lo fundó, como se lee en las lecciones del Breviario de Leon, de donde después fue Obispo; y ya se dixo en lo de allí con quánta riqueza y veneracion está allí guardado su cuerpo, y fue súbdito y Prior de San Froylan en este Monesterio San Atilano, que despues fue Obispo de Zamora: mas esta fundacion primera del Monesterio es cierto que fue en Moreruela de Suso, cerca de Castrotorafe, tres leguas deste Monesterio que agora es, el aqul es fundación del Emperador Don Alonso, hijo de Doña Urraca, de tal manera, que dice en el privilegio, que se la da aquella villa y sitio á Poncio de Cabrera, para que funde en ella Monesterio. La data año MCLIII, y dice el Emperador, que por la donacion contenida en esta Carta recibió una buena espada que Poncio de Cabrera le dio. También dio despues á este Monesterio la otra Moreruela de Suso. Estan enterrados en el Monesterio deudos deste Poncio de Cabrera.
Ambrosio de Morales.

En la capilla mayor, al lado del Evangelio, en tumba alta, con bulto de piedra, está enterrada una Infanta de Portugal, sin que sepan los Monges decir quién fue; solo dicen que les dexó en Lisboa gran renta, mas que los Reyes de allá se la han tomado.

En el retablo con dos rejas doradas colaterales al Santísimo Sacramento estan cerradas dos arcas de talla doradas, de tres quartas en largo, y medio vara en alto con la tumba, en que estan muchas reliquias. En la una está la mitad del cuerpo de San Froylan, que se lo dio la Iglesia de Leon de mucho tiempo atras. Son los huesos de cinco canillas diversas, una espalda, y algunos espondiles y costillas: no hay mas escritura ni testimonio que la tradicion de haber venido así de unos en otros. Tienen tambien un gran paño, como media sábana, en que vinieron los huesos envueltos quando los truxeron de Leon: está toda labrada de leones, y no parece muy antigua. Tienen un gran hueso de San Blas con no mas testimonio de la tradicion, y que toda la tierra de tiempo muy antiguo tiene gran devocion con esta reliquia. Todas las demas reliquias son menudas. No tienen libros, ni mas enterramiento Real ni hacen mas sufragios por los Reyes de lo general de la Orden.

... Quando contaba las reliquias de este Santo (San Mancio) que hay en los Monesterios de la comarca por testimonios verisímiles del santo cuerpo, se me olvidó decir como tambien hay hueso suyo en Moreruela, de que queda dicho quán principal Monesterio es, á seis ó siete leguas de éste
[1].


[1] Se refiere aquí Ambrosio de Morales al monasterio de San Mancio, situado a una legua de Medina de Rioseco, en Villanueva de San Mancio.


Crónica de San Benito, de Fr. Antonio Yepes.
LOS SEPULCROS DE MORERUELA, según Fr. Antonio Yepes
 
... Por diferentes partes del monasterio están enterradas algunas personas principales, de las cuales es razón hacer memoria, así por ser binhechores del convento como porque algunas son muy ilustres, cuyo linaje dura hoy día, y se holgaran sus nietos de saber dónde están enterrados sus progenitores. Fray Bernardo de Villalpando[1] notó todos los sepulcros, cuyos son, qué armas tienen, algunas inscripciones, y de camino apunta algunas cosas curiosas en materia de genealogías, todo lo cual pondré con sus mismas palabras: “Son muchas –dice- las personas notables que en este monasterio están enterradas; de algunas no hay tanta certeza como de otras; de las que hay mucha y consta por escrituras, son las siguientes:

Don Fernando Pérez Ponce de León y Dª Urraca Gutiérrez, su mujer, ayos que fueron del rey Alfonso XI... Está enterrado este caballero dentro de la capilla mayor, en el primer arco, como s eentra en ella, al lado del Evangelio. Tiene su sepulcro, que es de piedra, un escudo esculpido con las armas (león en campo de plata) A la mano izquierda del sepulcro de este caballero y arrimado a él, en una tumba de piedra llana está el cuerpo de su mujer.

En el arco de más adelante al de estos caballeros dichos, está de bulto, sobre otro sepulcro, una mujer con unos guantes en las manos.El padre fray Atanasio de Lobera, en el tomo o libro del becerro que hizo de las cosas de esta casa, siendo muchos años ha conventual de ella, dice que esta señora es la infanta Dª Berenguela, hija de D. Sancho II, rey de Portugal, y de doña Urraca, su mujer; pero si se mira a las armas que tiene en el sepulcro, que es un león en campo de plata, tengo más cierto ser hija de D. Fernando Pérez Ponce de León y de su mujer Dª Urraca Gutiérrez. Dos hijas tuvieron estos caballeros, conviene a saber: a Dª Urraca, mujer de D. Enrique Enríquez, y Dª Juana, que casó con D. Juan Alfonso, hijo bastardo del rey D. Alfonso de Portugal; pero no sabré cuál de las dos sea la que está allí sepultada.

Dentro de la capilla mayor, en el primer arco del lado de la epístola, que corresponde al de D. Fernán Pérez Ponce de León, en sepulcro particular de piedra, con su efigie de bulto, yace sepultado D. Alfonso Meléndez de Bornes, caballero porotugués, que fue hermano de esta casa y la donó en el reino de Portugal las villas de Bornes, Cernadilla, Valdeprado, San Juan de la Ribera, como parece por la escritura de donación que sobre ello otrogó, era de 1224. A la mano izquierda del sepulcro de este caballero, y arrimado a él, está otro de piedra con la efigie de una mujer y escudos de armas de Portugal, que son las Quinas; está sepultada en él la mujer de ese caballero, aunque no consta cómo se llama. Sábese también que en este monasterio están enterrados Ruy Páez, caballero portugués, y doña Urraca, su mujer, que fueron yerno e hija del sobredicho D. Alfonso Meléndez, aunque no se sabe determinadamente si están sepultados en la iglesia o en los arcos de los claustros.

En medio del coro bajo, delante del facistol, está sepultado D. Pedro maldonado, obispo de Mondoñedo, que haciendo cierta jornada, pasando por la casa, le dio la enfermeda de que murió; la inscripción de la sepultura dice: ¡Aquí hace D. Pedro Maldonado, obispo de Mondoñedo; feneció año de 1566, a 2 de julio”.

En diversos arcos, que hay embebidos en las paredes de los claustros, están sepultadas muchas personas principales, bienhechoras del monasterio, de la scuales, por injuria de los tiempos, no se saben sus nombres; mas de los que constan por escrituras ciertas son éstos: En el claustro del capítulo, junto a la puerta de la iglesia, en un arco que está al lado del altar de San Juan, está sepultado D. Juan Vela, hijo del conde D. Vela Gutiérrez y de la condesa Dª Sancha Ponce de Cabrera, fundadores magníficos del monasterio de Nogales, como aparece por dos escrituras de donación que hacen a Moreruela Fernán Vela, Ponce Vela y Pedro Vela, donde confesando que está spultado en este monasterio Juan Vela, su hermano, dan a la casa diferentes haciendas. Están esculpidas en el sepulcro de este caballero unas cabras en campo verde, que son las armas de su amdre, la condesa Dª Sancha Ponce de Cabrera, mayordomo que fue del emperador D. Alfonso Ramón.

En otro sepulcro que se ve dentro del arco donde está el de D. Juan Vela, yace sepultado el conde D. Fernando Ponce de Cabrera, hijo mayor de D. Ponce Vela y de Dª Teresa Rodríguez, su mujer, y hermano de D. Pedro Ponce de Cabrera, que casó con Dª Aldonza, hija natural del rey D. Alfonso de León.Consta el entierro de este caballero de una escritura que otrogó el año de 1196, en que manda mucha hacienda en esta casa. Tiene en su sepulcro esculpidas cabras en campo verde, como su tío Juan Vela...

En otros arcos del dicho claustro yacen sepultados los condes D. Pedro y la condesa Dª Elena de Alemania, su mujer, y D. Felipe Pérez, su hijo, que vivían en la ciudad de Toro, de los cuales hubo el monasterio sus palacios en la rúa de Santo Domingo, y otras muchas posesiones; consta esto por una escritura de donación hecha el año de 1307”.



[1] Contemporáneo del padre Yepes, al que envió varias relaciones de Moreruela, como recoge el cronista.
 


 

domingo, 24 de septiembre de 2017

El Lago de Sanabria y las tempestades

"MUÉVESE COMO LA MAR"

La descripción del Lago en 1572


Lago de Sanabria desde la subida a la lagura de Peces.

En 1572 Ambrosio de Morales (Córdoba, 1513-1591), autor, entre otras obras, de las Antigüedades de España, se preparaba para hacer una romería a Santiago. Fue entonces cuando Felipe II le encomendó visitar las iglesias y monasterios de Asturias, Reino de León y Galicia, para que hiciera una relación de las reliquias, enterramientos reales y libros antiguos, “raros y exquisitos”. En este viaje Morales debió visitar los monasterios de San Martín de Castañeda, Santa María de Nogales y Moreruela, de lo que da cuenta en su relación, así como del Lago de Sanabria. A este último dedica también unas líneas en sus Antigüedades de España.

¿Quién fue Ambrosio de Morales?

Morales estudió gramática en su ciudad natal, y en las universidades de Alcalá y Salamanca con su tío, el humanista Fernán Pérez de Oliva. Profesó como fraile en el convento de San Jerónimo de Valparaíso, de donde fue expulsado para recalar en Alcalá; allí ganó la cátedra de Retórica. Nombrado cronista real por Felipe II en 1566, escribió también la Corónica General de España.

El Lago de Sanabria, según Ambrosio de Morales

Morales dice que el Lago tiene una "hondura increíble" y que en el son tan fieras "las tempestades como las de la mar", por lo que algunas veces habían peligrado los pescadores, que andaban en barcas. Cita también la casa a palacio que los condes de Benavente tenían en una isla situada en el centro del Lago, con ricos artesonados.
En su época, 1572, el Lago pertenecía al monasterio de San Martín de Castañeda, al que proporcionaba ricas truchas y barbos, como otras dos lagunas situadas más arriba. Aquí os dejo la descripción del viajero y cronista.

Ambrosio de Morales.
Viaje de Ambrosio de Morales

LAGO DE SENABRIA. Tít. 81.

Cerca de la casa está un lago en que entra, y sale el rio Tera, que notablemente viene por lo alto de una serrezuela, y por allí encima tiene su curso continuado. De allí baxa á hacer este lago, que tiene de largo una legua y hondura increíble, y se mueve algunas veces con tempestades como la mar. En medio dél está una una gran peña donde los Condes de Benavente en tiempo que tenian por suyo este lago, labraron un rico palacio con muchos artesones de oro. Agora es el lago del Monesterio, y tiene truchas y barbos en grande abundancia, y muy sanos.

Tiene tambien el Monesterio en otra sierra dos lagos estantios, sin que corran á ninguna parte, y en ambos es el agua muy delicada, y las truchas y peces muchas y muy buenos.

Descripción de España (Antigüedades de España)

Monasterio de San Martín de Castañeda.
Lagos no hay en España muy grandes, como en Italia y otras provincias. Mas algunos hay harto notables y de gran provecho. La laguna de Senabria, cerca de Astorga, debe ser la mayor y mas notable que acá se halla. Hácela el rio Tera, que entra y sale por ella: y es cosa harto notable en el rio el traer su corriente por el lomo de un collado bien alto. Tiene el lago una legua en largo, y poco ménos de media en ancho. Su hondura es tanta, que en muchas partes no se le halla suelo, y créese le entran muchas corrientes por los lados, que manan por lo baxo de las sierras comarcanas. Muévese muchas veces como la mar, y son tan fieras como en él las tempestades, así que algunas veces han peligrado pescadores que andan en barcas, y otros que se hallan en una rica casa que el Conde de Benavente tienen sobre una peña en medio del lago. El abundancia de grandes truchas y barbos que tiene este lago es cosa que pone admiracion. La voluntad sola pone número y tamaño á la pesca, y diciendo vamos á sacar cien truchas y barbos de tantas libras, estan seguros que no faltará la tasa en todo. Este lago es del Monesterio de San Martín de Castañeda, de la Orden del Cister, que está allí cerca, y tiene tambien el Monesterio otras dos lagunas notables en grandeza, hondura y pesquería
Lago de Sanabria.
Información extraída de:

http://historiadesdebenavente.blogspot.com.es/2016/06/cronistas-y-viajeros-por-el-norte-de.html


martes, 19 de septiembre de 2017

El viaje de Felipe II a Inglaterra


TOROS EN BENAVENTE


José I. Martín Benito

Corrida de toros en Benavente, 1506.
En 1554, el que sería rey de España con el nombre de Felipe II (1527-1598), realizó un viaje a Inglaterra para contraer matrimonio con su tía María I de Inglaterra (María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón). Las capitulaciones matrimoniales se habían firmado en Londres en enero de ese año. Felipe salió desde Valladolid, pasando por Benavente, donde estuvo un par de días a principios del mes de junio. Luego continuó el viaje hacia La Bañeza, Astorga, Rabanal, Ponferrada, Santiago y La Coruña, en donde embarcó para Inglaterra.

El cronista Andrés Muñoz dejó testimonio de aquel periplo en su crónica Sumaria y verdadera Relación del Buen viaje que el invictisimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra, que se publicó el mismo año de 1554 en Zaragoza. Una segunda edición fue dada a la luz en Madrid, en 1877, por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, con el título: Viaje de Felipe Segundo á Inglaterra, por Andrés Muñoz (impreso en Zaragoza en 1554) y relaciones varias relativas al mismo suceso.


Estancia en Benavente


Respecto a la estancia en Benavente, la relación que da Muñoz sobre el paso por la villa de la comitiva real es muy exhaustiva y constituye un documento de primerísima mano para conocer el esplendor de la fortaleza-palacio de los condes de Benavente, anclada en la Mota, así como de otros espacios señoriales de recreo, tales como el Jardín y el Bosque. El cronista narra el recibimiento que se dio tanto al infante D. Carlos –el primero en llegar- y a su padre, el príncipe Felipe. Asimismo, describe minuciosamente los aposentos de la residencia señorial de los Pimentel y de las fiestas y regocijos que se dieron en honor de tan ilustres huéspedes.
Castillo de Benavente

Toros en La Mota

De las fiestas que el conde de Benavente hizo al príncipe, los toros jugaron un papel destacado. No era la primera vez que el conde agasajaba a sus invitados con fiestas de toros. Lo había hecho en 1506 con el séquito de Felipe el Hermoso, como refelejó el pintor pintor flamenco Jacob van Laethem en un cuadro que se conserva en el castillo de la Follie (Ecaussines, Bélgica) y del que José Carlos Guerra hizo una copia que se expone en el Parador de Benavente. los abuelos de Felipe II, Felipe el Hermoso y Juana La Loca, visitaron la villa.
Durante la estancia de Felipe II, un día se corrieron, torearon, alancearon y desjarretados 6 toros en La Mota, que el príncipe y su hijo presenciaron desde un tablado, aderezado para la ocasión con tapicería y doseles de brocado.
Felipe II y María Tudor.

Otro día el escenario de la fiesta fue la Plaza “de debajo de la villa”, donde se corrieron cinco toros. De estos uno resultó “endiablado”, como dejó escrito el cronista. He aquí las citas:

“Hubo otro dias seis toros en la Mota, y Sus Altezas estuvieron en un tablado aderezado de una muy hermosa y rica tapicería y sus doseles de brocado con sus almohadas de lo mesmo, en el cual á una parte d´él estaban muchos grandes. Fueron los toros muy buenos, y por tales lo más d´ellos se alancearon muy bien; de lo cual Sus Altezas gustaron muy mucho, así de verlos alancear como de verlos torear á pié y desjarretar.
...

Lanceando un toro, por Goya.
Otro dia se corrieron en la plaza de debajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernandez, las cuales tenia muy bien tapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. – Este dia baptizó un hijo Pero Hernandez; fue padrino el Duque de Alba y otros señores.- Entre los toros d´esta plaza hubo uno endiablado, y de tal manera que no dio lugar á Sus Altezas á salir por la puerta principal que habian entrado, y por no matar tan buen toro salieron por un postigo falso de la casa más de una hora anochecido, y continuó el toro en el coso hasta que ya fue de dia, con tener las calles desembarazada para se poder ir”.

jueves, 14 de septiembre de 2017

"El Lugar Viejo": un castro en Yecla de Yeltes

UN POBLADO FORTIFICADO
De la Prehistoria a la Edad Media


Muralla del castro de Yecla.
Uno de los castros más espectaculares de la provincia de Salamanca. Muy recomendable su visita. Conocido como “El Lugar Viejo de Yecla”. Se trata de un poblado fortificado, cuyo origen se remonta a la Segunda Edad del Hierro (siglo V a. C.), que perteneció al pueblo prerromano de los vettones. Como otros castros de la región, a partir del siglo III. a.C. experimentó un proceso de celtiberización. El castro fue romanizado y pervivió hasta la Edad Media.

Ubicación

Su emplazamiento se sitúa en el espacio comprendido entre los arroyos Varlaña y Pozo Ollero en su desembocadura en el río Huebra. Eso le hace prácticamente inaccesible por tres de sus lados.

Defensa

Una de las entradas al recinto fortificado.
El sistema defensivo lo constituye una cerca o muralla de piedra, adaptada a la morfología del terreno. Tuvo seis puertas, algunas de las cuales fueron tapiadas en época medieval. Las entradas se disponen en embudo o esviaje y se refuerzan con bastiones que flanquean las puertas al recinto, lo que hace poder batir a los asaltantes con tiros cruzados. El sistema se refuerza con una barrera de piedras hincadas en las partes más vulnerables del poblado, que son la entrada principal y la zona norte.

El lugar ha deparado el hallazgo de grabados rupestres, tanto en rocas como en sillares de la muralla, donde se representan diversos zoomorfos (caballos, asnos, jabalíes, bóvidos, ciervos), alguna escena de jinete y de caza, espirales, reticulados, cruces....). De entre ellos destaca una cierva amamantando a su cría y una escena de jinetes, y una peña conocida como “Los siete infantes de Lara”. Otras de las piezas prerromanas es la escultura de un jabalí, labrada en granito (verraco).

Grabado. Cierva amamantando a su cría.

Verraco de Yecla.

La romanización

De época romana data un término augustal del s. I. d.C., en el que se marcan los límites entre los mirobrigenses y los polibedenses, así como varias estelas de una necrópolis del Alto Imperio. Buena parte de estas estelas fueron reaprovechadas como material de construcción en las obras de reparación de las murallas que se hicieron en el Bajo Imperio (siglos III-IV d. C).

 De época tardorromana data otra necrópolis, con tumbas formadas por lajas de piedra, de forma rectangular, en las que también se reaprovecharon estelas altoimperiales como piedras laterales de la sepultura. Entre los ajuares localizados, además de los hallazgos cerámicos, destaca un cuchillo o puña “tipo Simancas”. Este tipo de objeto forma parte de ajuares ricos, al tiempo que podría ser un indicio de la posible presencia de tropas, en un periodo marcado por la inseguridad como es el de los siglos IV y V.

Invasiones germánicas

En la limpieza que se llevó a cabo hace unos años en el castro para adecuarlo a las visitas públicas, se localizaron varias puertas que habían sido cegadas o tapiadas. En una de ellas se documentó un derrumbe o nivel de destrucción y bajo este, el esqueleto de un niño con una herida de arma. Se ha supuesto que ello pudo ser debido a un ataque al poblado en la época de las invasiones germánicas dels iglo V d. C. (suevos y visigodos), como sucedió también en el castro de “Las Merchanas”, donde las excavaciones arqueológicas documentaron un nivel de incendio y destrucción de un edificio tardorromano.
Vitrina con objetos de época medieval.


A pesar de ello, la vida continuó en “El Lugar Viejo”, durante la época altomedieval (época visigoda), a tenor de los hallazgos localizados, como dos jarritas piriformes, fechadas entre los siglos VI y VII y fragmentos de pizarras escritas.

Abandono del Lugar Viejo 

El castro continuó ocupado posiblemente hasta el siglo XII. En 1184 el rey Fernando II de León entregó a la iglesia de Santiago y a su arzobispo la villa de “Ecla , en el territorio de Ledesma, en el río Yeltes, con sus términos nuevos y antiguos.

La donación a la iglesia de Santiago de la villa de Ecla, explicaría la advocación de la ermita dedicada al Apóstol, levantada fuera de las murallas. En el interior del castro se levantó otra ermita, denominada Santa María del Castillo. Estas dos son obra de comienzos del siglo XVI, lo que explica la relación de la actual Yecla de Yeltes con el Lugar Viejo.

Museo en Yecla de Yeltes.

Antes de hacer una visita al castro -de acceso libre y gratuito- es muy recomendable cursar una previa al Aula Arqueológica o Museo que hay en la Plaza Mayor del pueblo de Yecla de Yeltes, con una expliación muy didáctica y amena sobre el castro y su evolución a través del tiempo. Es preciso concertar la visita.



Interior del Museo de Yecla de Yeltes.
Muralla y campo de piedras hincadas.
 

Interior del Museo de Yecla de Yeltes.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Por la Raya de Portugal (y 4)

MONTE SANTO
José I. Martín Benito

En el siglo del califato, el cordobés al-Razi escribió que uno de los castillos del término de Egitania era “Montesanto, que es mui fuerte a maravella”, según la traducción castellana. Por eso se sorprenden los viajeros que en una moderna monografía sobre Extremadura en los geógrafos árabes, el autor confiese ignorar su localización.

No será porque el monte y su crestón rocoso no sean bien visibles desde la llanura. Aún desde Idanha-a-Velha asoma su cumbre, invitando a coronarla. Por eso, apenas apuran los visitantes su estancia en el retiro de Wamba, antes que Febo decline y los espíritus morunos, amparados en la oscuridad, decidan entran en la ciudad por la poterna. Pero no hay comunicación rodada entre Idanha y Monsanto, por lo que los viajeros deberán volver sobre sus pasos o, mejor, sobre las ruedas, en dirección nuevamente a Medelim, para desde allí surcar el llano y encarar la montaña sagrada.

En la empinada subida a la roca no pueden por menos de recordar las vueltas a la Peña de Francia antes de alcanzar la cima y el santuario. Tiempo después, los viajeros se preguntarán qué deidad morará en la cumbre, pero sólo cuando hayan visto las cazoletas excavadas en el granito y la vieja ermita románica, cuyo antiguo sancta sanctorum se abre a estas horas a un cielo azul, previo al crepúsculo.

Seguramente fueron aquellas deidades las que preservaron a la población tras el ataque de los mouros que, envalentonados por haber finalmente arrasado Idanha, decidieron la conquista de la roca santa. Y es que los montes siempre han sido refugio de espíritus divinos y protectores. No lo dicen los viajeros sólo por la Peña de Francia, a donde todavía suben devotamente los romeros, sino porque recuerdan que, muy próximo a su actual residencia, en los montes de León está el Teleno, en el que según los astures romanizados moraba el espíritu de Marte. Pero no hace falta irse al norte. Basta quedarse en estas sierras del Sistema Central para entender los nuevos Parnaso de Apolo en occidente. Muy cerca de Monsanto está el pico Jálama, divinizado también en la romanidad. Además, a los pies de la Sierra de Francia extiende su “xaile no châo” Monsagro, otra cumbre sagrada, que fue señorío de los obispos civitatenses.

Con estas y otras divagaciones y, sin duda, con la ayuda de los dioses del roteiro, los visitantes se han plantado en las puertas de la población, dejando su mecánica cabalgadura en el mirador que se orienta hacia poniente. Se sorprenden por la batería de cañones desplegada apuntando al interior del país, cuando la amenaza siempre vino del este o del sur, como aquella vez en que el duque de Berwick, al frente de un ejército franco-español tomó la villa. Pero de aquello hace ahora trescientos años, mucho antes de los tratados unionistas de Madrid y Maastrich. Así que, los portugueses han sacrificado en este caso la historia por la decoración.

Monsanto es también una de esas “aldeias históricas de Portugal” tocada por el maná de los euros del Rhin. Pero tiempo atrás, a finales de los años cuarenta del pasado siglo, el lugar ostentó otro título, el de “aldeia mais portuguesa”, mientras otros países andaban entretenidos “à escolher a Miss de tal cidade ou de tal praia”, según las contemporáneas palabras de António Ferro.

Decididos a llegar a la cumbre del castillo, los viajeros emprenden la subida, refrescándose en las fuentes que encuentran a su paso. Deberán darse prisa, pues el sol ya hace que inició su descenso. Enormes bloques graníticos amparan y cimientan la otrora inexpugnable fortaleza, construyendo incontables grutas, a la vez que parecen amenazar la población. Sin prisa, pero también sin pausa, los visitantes se han plantado delante de la barbacana de la Puerta del castelo. No son los únicos. Siluetas entrecortadas por los rayos de la puesta solar circulan por las murallas o se asoman al aljibe. Ya hemos dicho que hoy es día de Todos los Santos, pero otra cosa sería si fuera el día de la Cruz; entonces el castillo estaría lleno de monsantinos, para rememorar la leyenda del becerro y, cual soldados de Gedeón, arrojar por los peñascos los cántaros de barro. Al bajar del sagrado cerro, las mujeres dejarán “las marafonas” sobre el lecho nupcial, esperando la fertilidad y prevenir la casa de los rayos de las tormentas. Dicen que estas costumbres son para celebrar el levantamiento de un asedio moruno, dicen, sí.., pero es muy posible, piensan los viajeros, que las prácticas se remonten a arcanas costumbres, anteriores a romanos y godos, moros y cristianos. Monsanto tiene así su particular fiesta de las Panateneas, acrópolis incluida.

Entre cultos y ritos, dioses y fortalezas, la montaña va llenando de sombras el valle. A lo lejos, los viajeros entrevén el embalse del Marechal Carmona; sólo del lado oeste los últimos rayos cubren de plata la superficie del agua de los charcos, para escaparse de la cumbre por la ermita. Entre dos luces los viajeros bajan del castillo y se dirigen al punto de partida. Los pueblos van pasando; otra vez Medelim, la aldea de Joâo Pires, Penamacor y Malcata. En alguno de ellos, al lado de la carretera, varios cazadores se amontonan ante una docena de jabalíes, cobrados en la montería. Tras muchas curvas entrarán de nuevo en Sabugal... El regreso a Ciudad Rodrigo lo hacen, ya se ha dicho, con las lágrimas de Dulce Pontes. Los viajeros cruzan el Águeda abrazados al “fado da mouraria”, con el destino marcado, acompañados da lua e de uma estrela brilante.

Otras Crónicas de Portugal: 

Por la Raya (1): León en Ribacôa
Por la Raya (2): Serras de Marofa y Malcata
Por la Raya (3): Rey Wamba

lunes, 4 de septiembre de 2017

Por la Raya de Portugal (3)

REY WAMBA

José I. Martín Benito
Puerta en las murallas de Idanha-a-Velha (Portugal).

Los viajeros han almorzado en Sabugal, después de haber visitado el exterior del castillo de la altiva torre. Por instantes, les vino a la memoria la gran cucaña de Beja, en las tierras alemtejanas. Hay momentos en que el aire sopla fuerte y frío, por lo que buscan el amparo entre las paredes de la estrecha calle de Aljubarrota. Buena abrigada para tan magnífico desastre. Pero no es tiempo de sacar aquí las viejas cuitas, que hace mucho se saldaron. Así que, lo mejor, se dicen, es ir en busca de un buen bacalhao o de un bistec de vitela, con la acostumbrada guarnición del país.
Sosegado el cuerpo, parten hacia Penamacor, atravesando la reserva de la sierra de Malcata, entre helechos y robles. Es éste el dominio del lince ibérico, el último bastión que disfruta el felino en Portugal.

Al otro lado, en la vertiente sur de la sierra, está Penamacor; su posición es parecida a la de Alfaiates. También aquí se conserva parte del recinto murado y la torre del castelo. Pero los viajeros no se detendrán, pues la tarde apremia y su deseo es entrar en Idanha-a-Velha y, luego, en Monsanto. La carretera se dirige hacia la Aldeia de Joâo Pires. Varias cartelas tientan a hacer un alto y visitar el museo y otros lugares que se anuncian. Pero no, lo dejarán para otra ocasión, quién sabe cuándo.

Medelim es el cruce donde se bifurca la carretera y, según las guías, la aldea de los balcones. Los viajeros, con prisa, la cruzaron, por lo que no pudieron ver ni subirse a las barandas. La villa, se dicen, tiene nombre de cárter colombiano, sí, pero también de ciudad extremeña. En cualquier caso, la portuguesa es mucho más pequeña que sus homónimas y, como una exhalación, la pasan camino de Egitania.

Lagar de aceite (Idanha)


A eso de las cinco de la tarde, la vieja Idanha se entrevé entre las colinas del Ponsul, salpicadas de olivos. Antigüedad y modernidad se dan la mano. Recias murallas con sillares de granito salen al encuentro de los viajeros. Los fondos FEDER han habilitado aquí un paseo de ronda metálico y han rescatado derruidos paramentos. Pero no será el único milagro. Los viajeros se dirigen hacia la pequeña oficina de turismo, con suelo transparente, que deja ver muros y cimientos de una antigua construcción. Allí les aconsejan visitar la catedral, antiguo edificio paleocristiano, luego baptisterio visigótico y, finalmente, basílica altomedieval. Antes de entrar en su interior, los viajeros la rodean y salen de la ciudad por la puerta sur. Un lugareño les llama la atención sobre la poterna bajo la muralla y les habla de las entradas y salidas de los “mouros” en un tiempo impreciso, que se le debe antojar mítico y somnoliento.

Quién sabe si por aquella puerta no entraría también en repetidas ocasiones aquel labriego llamado Wamba, con su yunta de bueyes, antes de recibir a los emisarios que le hicieron llegar la oferta del reino visigodo. En algún lugar de Idanha –los viajeros no lo vieron- está un viejo fresno en las márgenes del río, heredero del cayado que floreció y que obligó al labrador a reconsiderar su primera negativa. Todavía, a finales del siglo XV, Duarte Darmas pintaba el “velho freixo” emergiendo de una grieta de la maltrecha y arruinada cerca primitiva. “Wamba egitaniense” reza una inscripción moderna en el muro de cantería que le rodea. Los viajeros lo comprobarían después, en el librito que adquirieron en Monsanto y que reproduce en la portada el dibujo del autor del “Livro das Fortalezas”. La imaginación les hace soñar y se imaginan que el paisano que les advirtió de las leyendas morunas es el mismo Wamba redivivo, que guarda su ciudad al declinar la tarde. De nuevo lo encontrarán en el horno comunal, mostrando a los visitantes otro de los diversos lugares rescatados por los fondos europeos.
Ropa tendida en la vieja Idanha.

Pero en la pequeña y vieja Idanha las sorpresas se multiplican: un lagar de aceite, recuperado y musealizado, es el exponente de una actividad agrícola secular. Cerca está también el arquivo epigráfico, y a menos de un tiro de ballesta se levanta la torre del homenaje de los templarios sobre el basamento de un templo romano. Idanha irradia romanidad por doquier. La antigua ciudad de Egitania colaboró en la construcción del puente de Alcántara sobre el Tajo y, siglos más tarde, sirvió de justificación para erigir la diócesis de Guarda. Ahora, rescatada del paso del tiempo, sus moradores asisten al rosario de visitantes, que un primero de noviembre hollan sus calles empedradas y descubren, en las paredes de granito, funcionales artilugios para tender cómodamente la ropa, que espera secarse al sol y al aire del Ponsul.