martes, 19 de septiembre de 2017

El viaje de Felipe II a Inglaterra


TOROS EN BENAVENTE


José I. Martín Benito

Corrida de toros en Benavente, 1506.
En 1554, el que sería rey de España con el nombre de Felipe II (1527-1598), realizó un viaje a Inglaterra para contraer matrimonio con su tía María I de Inglaterra (María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón). Las capitulaciones matrimoniales se habían firmado en Londres en enero de ese año. Felipe salió desde Valladolid, pasando por Benavente, donde estuvo un par de días a principios del mes de junio. Luego continuó el viaje hacia La Bañeza, Astorga, Rabanal, Ponferrada, Santiago y La Coruña, en donde embarcó para Inglaterra.

El cronista Andrés Muñoz dejó testimonio de aquel periplo en su crónica Sumaria y verdadera Relación del Buen viaje que el invictisimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra, que se publicó el mismo año de 1554 en Zaragoza. Una segunda edición fue dada a la luz en Madrid, en 1877, por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, con el título: Viaje de Felipe Segundo á Inglaterra, por Andrés Muñoz (impreso en Zaragoza en 1554) y relaciones varias relativas al mismo suceso.


Estancia en Benavente


Respecto a la estancia en Benavente, la relación que da Muñoz sobre el paso por la villa de la comitiva real es muy exhaustiva y constituye un documento de primerísima mano para conocer el esplendor de la fortaleza-palacio de los condes de Benavente, anclada en la Mota, así como de otros espacios señoriales de recreo, tales como el Jardín y el Bosque. El cronista narra el recibimiento que se dio tanto al infante D. Carlos –el primero en llegar- y a su padre, el príncipe Felipe. Asimismo, describe minuciosamente los aposentos de la residencia señorial de los Pimentel y de las fiestas y regocijos que se dieron en honor de tan ilustres huéspedes.
Castillo de Benavente

Toros en La Mota

De las fiestas que el conde de Benavente hizo al príncipe, los toros jugaron un papel destacado. No era la primera vez que el conde agasajaba a sus invitados con fiestas de toros. Lo había hecho en 1506 con el séquito de Felipe el Hermoso, como refelejó el pintor pintor flamenco Jacob van Laethem en un cuadro que se conserva en el castillo de la Follie (Ecaussines, Bélgica) y del que José Carlos Guerra hizo una copia que se expone en el Parador de Benavente. los abuelos de Felipe II, Felipe el Hermoso y Juana La Loca, visitaron la villa.
Durante la estancia de Felipe II, un día se corrieron, torearon, alancearon y desjarretados 6 toros en La Mota, que el príncipe y su hijo presenciaron desde un tablado, aderezado para la ocasión con tapicería y doseles de brocado.
Felipe II y María Tudor.

Otro día el escenario de la fiesta fue la Plaza “de debajo de la villa”, donde se corrieron cinco toros. De estos uno resultó “endiablado”, como dejó escrito el cronista. He aquí las citas:

“Hubo otro dias seis toros en la Mota, y Sus Altezas estuvieron en un tablado aderezado de una muy hermosa y rica tapicería y sus doseles de brocado con sus almohadas de lo mesmo, en el cual á una parte d´él estaban muchos grandes. Fueron los toros muy buenos, y por tales lo más d´ellos se alancearon muy bien; de lo cual Sus Altezas gustaron muy mucho, así de verlos alancear como de verlos torear á pié y desjarretar.
...

Lanceando un toro, por Goya.
Otro dia se corrieron en la plaza de debajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernandez, las cuales tenia muy bien tapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. – Este dia baptizó un hijo Pero Hernandez; fue padrino el Duque de Alba y otros señores.- Entre los toros d´esta plaza hubo uno endiablado, y de tal manera que no dio lugar á Sus Altezas á salir por la puerta principal que habian entrado, y por no matar tan buen toro salieron por un postigo falso de la casa más de una hora anochecido, y continuó el toro en el coso hasta que ya fue de dia, con tener las calles desembarazada para se poder ir”.

jueves, 14 de septiembre de 2017

"El Lugar Viejo": un castro en Yecla de Yeltes

UN POBLADO FORTIFICADO
De la Prehistoria a la Edad Media


Muralla del castro de Yecla.
Uno de los castros más espectaculares de la provincia de Salamanca. Muy recomendable su visita. Conocido como “El Lugar Viejo de Yecla”. Se trata de un poblado fortificado, cuyo origen se remonta a la Segunda Edad del Hierro (siglo V a. C.), que perteneció al pueblo prerromano de los vettones. Como otros castros de la región, a partir del siglo III. a.C. experimentó un proceso de celtiberización. El castro fue romanizado y pervivió hasta la Edad Media.

Ubicación

Su emplazamiento se sitúa en el espacio comprendido entre los arroyos Varlaña y Pozo Ollero en su desembocadura en el río Huebra. Eso le hace prácticamente inaccesible por tres de sus lados.

Defensa

Una de las entradas al recinto fortificado.
El sistema defensivo lo constituye una cerca o muralla de piedra, adaptada a la morfología del terreno. Tuvo seis puertas, algunas de las cuales fueron tapiadas en época medieval. Las entradas se disponen en embudo o esviaje y se refuerzan con bastiones que flanquean las puertas al recinto, lo que hace poder batir a los asaltantes con tiros cruzados. El sistema se refuerza con una barrera de piedras hincadas en las partes más vulnerables del poblado, que son la entrada principal y la zona norte.

El lugar ha deparado el hallazgo de grabados rupestres, tanto en rocas como en sillares de la muralla, donde se representan diversos zoomorfos (caballos, asnos, jabalíes, bóvidos, ciervos), alguna escena de jinete y de caza, espirales, reticulados, cruces....). De entre ellos destaca una cierva amamantando a su cría y una escena de jinetes, y una peña conocida como “Los siete infantes de Lara”. Otras de las piezas prerromanas es la escultura de un jabalí, labrada en granito (verraco).

Grabado. Cierva amamantando a su cría.

Verraco de Yecla.

La romanización

De época romana data un término augustal del s. I. d.C., en el que se marcan los límites entre los mirobrigenses y los polibedenses, así como varias estelas de una necrópolis del Alto Imperio. Buena parte de estas estelas fueron reaprovechadas como material de construcción en las obras de reparación de las murallas que se hicieron en el Bajo Imperio (siglos III-IV d. C).

 De época tardorromana data otra necrópolis, con tumbas formadas por lajas de piedra, de forma rectangular, en las que también se reaprovecharon estelas altoimperiales como piedras laterales de la sepultura. Entre los ajuares localizados, además de los hallazgos cerámicos, destaca un cuchillo o puña “tipo Simancas”. Este tipo de objeto forma parte de ajuares ricos, al tiempo que podría ser un indicio de la posible presencia de tropas, en un periodo marcado por la inseguridad como es el de los siglos IV y V.

Invasiones germánicas

En la limpieza que se llevó a cabo hace unos años en el castro para adecuarlo a las visitas públicas, se localizaron varias puertas que habían sido cegadas o tapiadas. En una de ellas se documentó un derrumbe o nivel de destrucción y bajo este, el esqueleto de un niño con una herida de arma. Se ha supuesto que ello pudo ser debido a un ataque al poblado en la época de las invasiones germánicas dels iglo V d. C. (suevos y visigodos), como sucedió también en el castro de “Las Merchanas”, donde las excavaciones arqueológicas documentaron un nivel de incendio y destrucción de un edificio tardorromano.
Vitrina con objetos de época medieval.


A pesar de ello, la vida continuó en “El Lugar Viejo”, durante la época altomedieval (época visigoda), a tenor de los hallazgos localizados, como dos jarritas piriformes, fechadas entre los siglos VI y VII y fragmentos de pizarras escritas.

Abandono del Lugar Viejo 

El castro continuó ocupado posiblemente hasta el siglo XII. En 1184 el rey Fernando II de León entregó a la iglesia de Santiago y a su arzobispo la villa de “Ecla , en el territorio de Ledesma, en el río Yeltes, con sus términos nuevos y antiguos.

La donación a la iglesia de Santiago de la villa de Ecla, explicaría la advocación de la ermita dedicada al Apóstol, levantada fuera de las murallas. En el interior del castro se levantó otra ermita, denominada Santa María del Castillo. Estas dos son obra de comienzos del siglo XVI, lo que explica la relación de la actual Yecla de Yeltes con el Lugar Viejo.

Museo en Yecla de Yeltes.

Antes de hacer una visita al castro -de acceso libre y gratuito- es muy recomendable cursar una previa al Aula Arqueológica o Museo que hay en la Plaza Mayor del pueblo de Yecla de Yeltes, con una expliación muy didáctica y amena sobre el castro y su evolución a través del tiempo. Es preciso concertar la visita.



Interior del Museo de Yecla de Yeltes.
Muralla y campo de piedras hincadas.
 

Interior del Museo de Yecla de Yeltes.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Por la Raya de Portugal (y 4)

MONTE SANTO
José I. Martín Benito

En el siglo del califato, el cordobés al-Razi escribió que uno de los castillos del término de Egitania era “Montesanto, que es mui fuerte a maravella”, según la traducción castellana. Por eso se sorprenden los viajeros que en una moderna monografía sobre Extremadura en los geógrafos árabes, el autor confiese ignorar su localización.

No será porque el monte y su crestón rocoso no sean bien visibles desde la llanura. Aún desde Idanha-a-Velha asoma su cumbre, invitando a coronarla. Por eso, apenas apuran los visitantes su estancia en el retiro de Wamba, antes que Febo decline y los espíritus morunos, amparados en la oscuridad, decidan entran en la ciudad por la poterna. Pero no hay comunicación rodada entre Idanha y Monsanto, por lo que los viajeros deberán volver sobre sus pasos o, mejor, sobre las ruedas, en dirección nuevamente a Medelim, para desde allí surcar el llano y encarar la montaña sagrada.

En la empinada subida a la roca no pueden por menos de recordar las vueltas a la Peña de Francia antes de alcanzar la cima y el santuario. Tiempo después, los viajeros se preguntarán qué deidad morará en la cumbre, pero sólo cuando hayan visto las cazoletas excavadas en el granito y la vieja ermita románica, cuyo antiguo sancta sanctorum se abre a estas horas a un cielo azul, previo al crepúsculo.

Seguramente fueron aquellas deidades las que preservaron a la población tras el ataque de los mouros que, envalentonados por haber finalmente arrasado Idanha, decidieron la conquista de la roca santa. Y es que los montes siempre han sido refugio de espíritus divinos y protectores. No lo dicen los viajeros sólo por la Peña de Francia, a donde todavía suben devotamente los romeros, sino porque recuerdan que, muy próximo a su actual residencia, en los montes de León está el Teleno, en el que según los astures romanizados moraba el espíritu de Marte. Pero no hace falta irse al norte. Basta quedarse en estas sierras del Sistema Central para entender los nuevos Parnaso de Apolo en occidente. Muy cerca de Monsanto está el pico Jálama, divinizado también en la romanidad. Además, a los pies de la Sierra de Francia extiende su “xaile no châo” Monsagro, otra cumbre sagrada, que fue señorío de los obispos civitatenses.

Con estas y otras divagaciones y, sin duda, con la ayuda de los dioses del roteiro, los visitantes se han plantado en las puertas de la población, dejando su mecánica cabalgadura en el mirador que se orienta hacia poniente. Se sorprenden por la batería de cañones desplegada apuntando al interior del país, cuando la amenaza siempre vino del este o del sur, como aquella vez en que el duque de Berwick, al frente de un ejército franco-español tomó la villa. Pero de aquello hace ahora trescientos años, mucho antes de los tratados unionistas de Madrid y Maastrich. Así que, los portugueses han sacrificado en este caso la historia por la decoración.

Monsanto es también una de esas “aldeias históricas de Portugal” tocada por el maná de los euros del Rhin. Pero tiempo atrás, a finales de los años cuarenta del pasado siglo, el lugar ostentó otro título, el de “aldeia mais portuguesa”, mientras otros países andaban entretenidos “à escolher a Miss de tal cidade ou de tal praia”, según las contemporáneas palabras de António Ferro.

Decididos a llegar a la cumbre del castillo, los viajeros emprenden la subida, refrescándose en las fuentes que encuentran a su paso. Deberán darse prisa, pues el sol ya hace que inició su descenso. Enormes bloques graníticos amparan y cimientan la otrora inexpugnable fortaleza, construyendo incontables grutas, a la vez que parecen amenazar la población. Sin prisa, pero también sin pausa, los visitantes se han plantado delante de la barbacana de la Puerta del castelo. No son los únicos. Siluetas entrecortadas por los rayos de la puesta solar circulan por las murallas o se asoman al aljibe. Ya hemos dicho que hoy es día de Todos los Santos, pero otra cosa sería si fuera el día de la Cruz; entonces el castillo estaría lleno de monsantinos, para rememorar la leyenda del becerro y, cual soldados de Gedeón, arrojar por los peñascos los cántaros de barro. Al bajar del sagrado cerro, las mujeres dejarán “las marafonas” sobre el lecho nupcial, esperando la fertilidad y prevenir la casa de los rayos de las tormentas. Dicen que estas costumbres son para celebrar el levantamiento de un asedio moruno, dicen, sí.., pero es muy posible, piensan los viajeros, que las prácticas se remonten a arcanas costumbres, anteriores a romanos y godos, moros y cristianos. Monsanto tiene así su particular fiesta de las Panateneas, acrópolis incluida.

Entre cultos y ritos, dioses y fortalezas, la montaña va llenando de sombras el valle. A lo lejos, los viajeros entrevén el embalse del Marechal Carmona; sólo del lado oeste los últimos rayos cubren de plata la superficie del agua de los charcos, para escaparse de la cumbre por la ermita. Entre dos luces los viajeros bajan del castillo y se dirigen al punto de partida. Los pueblos van pasando; otra vez Medelim, la aldea de Joâo Pires, Penamacor y Malcata. En alguno de ellos, al lado de la carretera, varios cazadores se amontonan ante una docena de jabalíes, cobrados en la montería. Tras muchas curvas entrarán de nuevo en Sabugal... El regreso a Ciudad Rodrigo lo hacen, ya se ha dicho, con las lágrimas de Dulce Pontes. Los viajeros cruzan el Águeda abrazados al “fado da mouraria”, con el destino marcado, acompañados da lua e de uma estrela brilante.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Por la Raya de Portugal (3)

REY WAMBA

José I. Martín Benito
Puerta en las murallas de Idanha-a-Velha (Portugal).

Los viajeros han almorzado en Sabugal, después de haber visitado el exterior del castillo de la altiva torre. Por instantes, les vino a la memoria la gran cucaña de Beja, en las tierras alemtejanas. Hay momentos en que el aire sopla fuerte y frío, por lo que buscan el amparo entre las paredes de la estrecha calle de Aljubarrota. Buena abrigada para tan magnífico desastre. Pero no es tiempo de sacar aquí las viejas cuitas, que hace mucho se saldaron. Así que, lo mejor, se dicen, es ir en busca de un buen bacalhao o de un bistec de vitela, con la acostumbrada guarnición del país.
Sosegado el cuerpo, parten hacia Penamacor, atravesando la reserva de la sierra de Malcata, entre helechos y robles. Es éste el dominio del lince ibérico, el último bastión que disfruta el felino en Portugal.

Al otro lado, en la vertiente sur de la sierra, está Penamacor; su posición es parecida a la de Alfaiates. También aquí se conserva parte del recinto murado y la torre del castelo. Pero los viajeros no se detendrán, pues la tarde apremia y su deseo es entrar en Idanha-a-Velha y, luego, en Monsanto. La carretera se dirige hacia la Aldeia de Joâo Pires. Varias cartelas tientan a hacer un alto y visitar el museo y otros lugares que se anuncian. Pero no, lo dejarán para otra ocasión, quién sabe cuándo.

Medelim es el cruce donde se bifurca la carretera y, según las guías, la aldea de los balcones. Los viajeros, con prisa, la cruzaron, por lo que no pudieron ver ni subirse a las barandas. La villa, se dicen, tiene nombre de cárter colombiano, sí, pero también de ciudad extremeña. En cualquier caso, la portuguesa es mucho más pequeña que sus homónimas y, como una exhalación, la pasan camino de Egitania.

Lagar de aceite (Idanha)


A eso de las cinco de la tarde, la vieja Idanha se entrevé entre las colinas del Ponsul, salpicadas de olivos. Antigüedad y modernidad se dan la mano. Recias murallas con sillares de granito salen al encuentro de los viajeros. Los fondos FEDER han habilitado aquí un paseo de ronda metálico y han rescatado derruidos paramentos. Pero no será el único milagro. Los viajeros se dirigen hacia la pequeña oficina de turismo, con suelo transparente, que deja ver muros y cimientos de una antigua construcción. Allí les aconsejan visitar la catedral, antiguo edificio paleocristiano, luego baptisterio visigótico y, finalmente, basílica altomedieval. Antes de entrar en su interior, los viajeros la rodean y salen de la ciudad por la puerta sur. Un lugareño les llama la atención sobre la poterna bajo la muralla y les habla de las entradas y salidas de los “mouros” en un tiempo impreciso, que se le debe antojar mítico y somnoliento.

Quién sabe si por aquella puerta no entraría también en repetidas ocasiones aquel labriego llamado Wamba, con su yunta de bueyes, antes de recibir a los emisarios que le hicieron llegar la oferta del reino visigodo. En algún lugar de Idanha –los viajeros no lo vieron- está un viejo fresno en las márgenes del río, heredero del cayado que floreció y que obligó al labrador a reconsiderar su primera negativa. Todavía, a finales del siglo XV, Duarte Darmas pintaba el “velho freixo” emergiendo de una grieta de la maltrecha y arruinada cerca primitiva. “Wamba egitaniense” reza una inscripción moderna en el muro de cantería que le rodea. Los viajeros lo comprobarían después, en el librito que adquirieron en Monsanto y que reproduce en la portada el dibujo del autor del “Livro das Fortalezas”. La imaginación les hace soñar y se imaginan que el paisano que les advirtió de las leyendas morunas es el mismo Wamba redivivo, que guarda su ciudad al declinar la tarde. De nuevo lo encontrarán en el horno comunal, mostrando a los visitantes otro de los diversos lugares rescatados por los fondos europeos.
Ropa tendida en la vieja Idanha.

Pero en la pequeña y vieja Idanha las sorpresas se multiplican: un lagar de aceite, recuperado y musealizado, es el exponente de una actividad agrícola secular. Cerca está también el arquivo epigráfico, y a menos de un tiro de ballesta se levanta la torre del homenaje de los templarios sobre el basamento de un templo romano. Idanha irradia romanidad por doquier. La antigua ciudad de Egitania colaboró en la construcción del puente de Alcántara sobre el Tajo y, siglos más tarde, sirvió de justificación para erigir la diócesis de Guarda. Ahora, rescatada del paso del tiempo, sus moradores asisten al rosario de visitantes, que un primero de noviembre hollan sus calles empedradas y descubren, en las paredes de granito, funcionales artilugios para tender cómodamente la ropa, que espera secarse al sol y al aire del Ponsul.