jueves, 19 de octubre de 2017

La frontera entre España y Portugal


LA RAYA Y LAS FORTIFICACIONES

José I. Martín Benito 

Vista aérea de Ciudad Rodrigo.
La frontera hispano-portuguesa hunde sus orígenes en la Edad Media y, en concreto, en los tratados de Zamora (1143) Badajoz (1267) y Alcañices (1297) entre los Reinos de León y Portugal. Fue en este último, donde quedó prácticamente definida[1]. Tras diversos avatares, invasiones y conflictos en la Edad Media, los reinos de España y Portugal quedaron unidos en 1580 bajo la monarquía católica de Felipe II (I de Portugal) hasta la Guerra de Restauración o de Independencia de Portugal (1640-1668). El Tratado de Lisboa, que puso fin al conflicto, apenas modificó las fronteras peninsulares[2]

La denominada "Frontera de Castilla", como se la conoce en la Edad Moderna, se insertaba entre la de Galicia, al norte y la de Extremadura al Sur. El territorio iba pues desde la Alta Sanabria hasta El Rebollar, esto es desde la Sierra Segundera hasta la Sierra de Gata. Es este un territorio donde la línea fronteriza está delimitada por varios cursos fluviales, en especial los del Manzanas, Duero, Águeda y Turones, en un terreno muy accidentado, “aspero” y “fragoso” como lo denominan las fuentes militares.

Castillo de La Puebla de Sanabria.

A lo largo de esta línea, desde la desembocadura del Miño hasta la del Guadiana, se levantaban castillos y fortificaciones, cuyas fábricas databan de los tiempos medievales. La orografía del terreno condicionaron las entradas de las tropas por la denominada Raya húmeda, de modo que las principales plazas fronterizas se ubicaban en la Raya seca, esto es en La Puebla de Sanabria, al norte y en Ciudad Rodrigo al sur. Fue precisamente en el contexto del conflicto militar de la Independencia con Portugal cuando el Consejo de Guerra impulsará un sistema de fortificaciones abaluartadas en la frontera de Castilla: entre ellos, los fuertes de San Carlos en La Puebla de Sanabria y Carbajales de Alba, respectivamente, y el de La Concepción en Aldea del Obispo, junto con los refuerzos de La Puebla y de Ciudad Rodrigo. La réplica portuguesa a la construcción del Real Fuerte de la Concepción fue la fortificación de Almeida. El sistema de fortificación responde al modelo Vauban, y dibuja una estrella de doce puntas.

Almedia (Portugal).


[1] E. MEDINA GARCÍA: “Orígenes históricos y ambigüedad de la frontera hispano-lusa (La Raya)”. Revista de Estudios Extremeños. 2006, vol. 62, nº 2, pp. 713-724. R. CUNHA MARTINS: “La frontera medieval hispano-portuguesa (el punto de vista de la guerra)”. En Á. VACA LORENZO: La guerra en la Historia. Acta salmanticensia, 108. Salamanca 1999, pp. 95-114. M. GONZÁLEZ JIMÉNEZ: “Las relaciones entre Portugal y Castilla del Tratado de Badajoz (1267) al Tratado de Alcañices (1297)”, en J. SÁNCHEZ HERRERO (coord.): El tratado de Alcañices: ponencias y comunicaciones de las Jornadas conmemorativas del VII centenario del Tratado de Alcañices (1297-1997). Zamora y Alcañices, del 8 al 12 de septiembre de 1997 /1999. Véanse también las actas de O Tratado de Alcanices e a importância histórica das terras de Riba Côa: actas do Congresso Histórico Luso-Espanhol, 12 - 17 de Setembro de 1997. Lisboa. Universidade Católica Editora, 1998.

[2] Ignoro el fundamento en el que se basan algunos autores para afirmar que, tras la Guerra de Independencia de Portugal, Hermisende y La Tejera pasaron a España, con el argumento de que en el levantamiento portugués de 1640 no reconocieron a don Joâo IV de Bragança por lo que, al acabar la guerra, quedaron sujetas a la corona española. Así lo manifiesta M. GÓMEZ MORENO: “Este pueblo [Hermisende] y Tejera tocan con Portugal, de la que se desgarraron, negándose a secundar la rebelión del Duque de Braganza”; vide Catálogo monumental de España. Provincia de Zamora. 1927, Tomo I, pág. 23. También lo hace Mª J. DE MOURA SANTOS: Os falares fronteiriços de Tras-os-Montes, 1987, pág. 89. Cierto es que Hermisende y La Tejera decidieron pasar a la soberanía portuguesa entre 1340 y 1342, lo que dio lugar a un litigio entre Alfonso IV de Portugal y Alfonso XI de Castilla y entre los concejos de Braganza y La Puebla de Sanabria; el rey castellano las reclamó en 1346 con el envío de embajadores a Portugal; sobre ello véase N. VIGIL MONTES: “Livro de demarcaçoes entre estes reinos de os de Castela e de contratos de pazes”, un cartulario para las relaciones lusocastellanas en la Baja Edad Media. Documenta & Instrumenta,13 (2015), pp. 133-165, en especial regesta de documentos 11-16, 18-19 y 23; digitalización del Livro de demarcaçoes en http://digitarq.arquivos.pt/details?id=4223191

Ver también J. L. MARTÍN: “Conflictos luso-castellanos por la Raya”. Revista da Faculdade de Letras. Historia, nº 15, 1 (1998), pp. 259-274. En el siglo XV tanto Hermisende como La Tejera pertenecían a Castilla y no a Portugal, como comprobó Mendo Afonso de Resende en junio de 1538, tras el reconocimiento de la demarcación fronteriza que hizo entre 1537-1538 por mandato del rey de Portugal. Las declaraciones de testigos consultados por Resende señalaron que estas dos poblaciones pertenecían a la jurisdicción de La Puebla de Sanabria, y lo venían siendo ya desde tiempo atrás. En efecto, Resende incluye una averiguación de 1450 procedente de Bragança en la que se afirmaba que Hermisende era de Castilla: “E que desde hahy [rio das Maças (Riomanzanas)] se syguiam os termos per marcos dyvisoes antre Bragança e Seabra que chegam a Ermesende que ora he de Castella e que n´alldea d´Ermesende avia dous bairos e per antr´elles ambos hiam hua agoa de Tuella e o bairo da parte daquem d´agoa era de Portugall e o outro de Castela”. Parece pues que a mediados del siglo XV San Ciprián de Hermisende –en la margen derecha del Tuela- pertenecía al reino portugués, mientras que Hermisende –en la margen izquierda- se incluía en el reino de Castilla. Ver Demarcaçoes de fronteira. Lugares de Tras-os-Montes e de Entre-Douro-e-Minho. Vol III: Humberto Baquero Moreno (Coordinador) e Isabel Vaz de Freitas (Índices y revisión paleográfica). Centro de Investigaçao e de Documentaçao de História Medieval. Universidad Portucalense-Infante D. Henrique, Oporto, 2003, pp.78, 80 y 84. De hecho, Hermisende formó parte de los bienes confiscados por el infante Alfonso de Castilla a Diego de Losada en 1465 y entregados al III conde de Benavente; I. BECEIRO PITA: El condado de Benavente en el siglo XV. Benavente 1998, pp. 187 y 209-210.

sábado, 14 de octubre de 2017

La Puebla de Sanabria y sus fortificaciones

LA VILLA SANABRESA A MEDIADOS DEL SIGLO XIX
 José Ignacio Martín Benito

La Puebla de Sanabria.
La villa de La Puebla de Sanabria, situada a orillas del río Tera, ha jugado un importante papel como plaza de frontera con Portugal. De ello habla no sólo su castillo, sino también toda una serie de fortificaciones, la de la villa y el fuerte de San Carlos.

En el camino del centro peninsular hacia Galicia, la villa fue y es un enclave en el Camino de Santiago, antes de pasar las montañas del Padornelo y La Canda.

Para su defensa, La Puebla de Sanabria contó dos dos cercas o líneas de murallas, que rodeaban el el cerro donde se asentó la población. Es probable que su origen se remonte a la alta Edad Media, aunque fue en 1220 cuando La Puebla adquiera un mayor protagonismo, sobre todo a raíz del fuero fuero por Alfonso IX de León. El castillo es obra de finales del siglo XV, levantado por mandato de Rodrigo Pimentel, conde de Benavente y señor de la villa.
En la Edad Moderna, siglos XVII y XVIII, las defensas se reforzaron, sobre todo en la zona norte, con un sistema abaluartado propio de la época, en el que trabajaron los mejores ingenieros militares de la Corona. Fue base de operaciones en las Guerras con Portugal, en especial en la de Indepedencia de este país (1640-1668), así como en la Guerra de Sucesión a la Corona de España (1700-1714).
En el Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid se conservan unas anotaciones sobre la posición geográfica de la villa y sus fortificaciones, firmada por Pedro Larrumbe. La data del documento es de 1845[1].



Puebla de Sanabria. Anotaciones sobre su posición geográfica e importancia militar con una pequeña idea de sus fortificaciones.
Castillo y murallas (La Puebla de Sanabria).

La Puebla de Sanabria, Villa de la Provincia de Zamora, está á dos leguas de la frontera de Portugal y á otras tantas de la de Galicia, en la direccion N.S de un cerro que vierte las aguas á los cuatro puntos cardinales: cuenta con novecientas almas: es pobre en su caserío, y pobre en sus producciones, que son algún centeno, patatas, lino, muy poca hortaliza y ninguna fruta: la consideran dividida en dos partes, llamando á la del norte Villa y á la del sur el arrabal, en que vive la mayor parte del vecindario: la baña por el E. el río Tera, por el norte el Castro, que se une á aquel cuasi á la parte N. de la poblacion , y por el O. un pequeño arroyo que se incorpora con el Castro, todos los caminos que conducen a esta villa son muy malos. 

 Su importancia militar es la de un punto fortificado en la frontera de un Reino vecino, con capacidad para dos compañías de á ochenta hombres de guarnición, cuyo objeto debe concentrarse á dar avisos: carece de cuarteles y todo otro edificio capaz de servir para alojamiento de tropas, por cuya razon no debe esceder de las dos compañías la tropa que se destine para guarnecerlo.

Puerta de la Villa.
Las fortificaciones en pié en la actualidad, consisten en una cerca de piedra y barro de cinco cuartas de espesor, la cual forma un ángulo casi recto en la parte E. de hacia el medio del largo de la poblacion con dos frentes, cuyas direcciones son, el uno de S. á N. En que hai un semi valuarte pequeño, terminado por una de las fachadas del castillo, y el otro de E. á O. terminado por un pequeño valuarte: este último frente divide á la Villa del arrabal, comunicándose ambas partes por una puerta próxima al ángulo; los estremos N. y O. de estos frentes estan unidos por una linea mas ó menos curba, según la configuracion del terreno, pero convexa hacia la campiña. Esta fortificacion es inaccesible por el N., E. y O. por la mucha pendiente del cerro en que se halla; y es accesible por el s. por la mayor suavidad de su pendiente: la muralla á cerca que defiende este frente tiene obstruidos sus fuegos por casas construidas dentro y fuera, pero arrimadas á ella y cuyos caballetes son mas altos que la muralla.

Castillo de La Puebla de Sanabria.
El castillo es un edificio de sólida construcción, mas propio para una prision que para una fortaleza; consta de dos partes ó recintos, uno dentro del otro; el esterior es un rectángulo con excrecencias rectangulares en los frentes ó fachadas del N. y O.; tiene torreones en los ángulos y en los frentes del N. y O. y tanto los torreones como los frentes estan adornados de almenas; pero son de ningun efecto los fuegos de fusilería que se dirijan de ellos, ya por que hallándose á mucha altura los del N. y O. con relacion al terreno que los rodéa, son los tiros muy fijantes y por consiguiente muy inciertos, ya por que los del S. y O. estan obstruidos por los edificios que tienen á su frente; en la parte E. de este castillo hai tres salones, cuya longitud es la de su fachada y su anchura como de seis varas, y estos son el único local de la población en que puede alojarse la tropa. El interior es otro edificio de base cuadrada y mas alto que el anterior, con los mismos inconvenientes que este para sus fuegos, pero en mayor escala; tiene salones de poca capacidad, mas propios para calabozos, que para alojamiento de tropas.

La parte arruinada de la fortificación, que rodea al arrabal, consta de dos lineas bastionadas en la dirección N. á S. convergentes hacia este último punto y ligadas por el lado S. con una cortina en la direccion E. á O.; estas lineas, según dan á entender sus ruinas, eran de piedra y barro y de cinco cuartas de espesor: hacia el medio de las corotinas que unen los bastiones, hai redientes sumamente pequeños: de las dos lineas, la del lado E. principia en la división de la Villa del arrabal y termina en la parte S. de este: la de la parte O. empezando en el estremo S. del arrabal, llega hasta la parte N. de la Villa, como obra esterior del recinto de ella, y se une con una cortina, que sale del costado izquierdo de una gran terraza situada como obra esterior que ubre la parte N. de la Villa; el costado derecho de la terraza está tambien unido á la cerca de la Villa por medio de esta cortina: delante de al cortina del S. del arrabal en la pequeña planicie de un cerro, que se eleva veinte varas sobre el nivel de la misma cortina, se notan los vestigios de un pequeño reducto.

De esta Villa se apoderaron los portugueses en 1710 y la devolvieron en 1715.


Pedro Larrumbe

Paramentos de la muralla de La Puebla de Sanabria.

[1] Sección A, grupo XV, subrupo II 4081. Puebla de Sanabria. Sig. 6-1-4-4-. Rollo 70.

lunes, 9 de octubre de 2017

Maracaibo, Ciudad Rodrigo y Zamora


CIUDAD RODRIGO DE MARACAIBO (1569-1573)
NUEVA ZAMORA DE MARACAIBO (1574)

José I. Martín Benito 


Panorámica de Maracaibo (Venezuela).
¿Sabíais que la actual ciudad de Maracaibo (Venezuela) llevó el nombre de Nueva Ciudad Rodrigo. Fue entre 1569 y 1573 por disposición de su fundador, Alonso Pacheco, natural de esta ciudad. [1]
 
La ciudad de Maracaibo

Maracaibo, capital del estado Zulia, es hoy la segunda ciudad de Venezuela. Está situada en la costa occidental del Lago de Maracaibo, el más grande de América Sur. Ha sido un tradicional puerto comercial de la producción agropecuaria de su región, hasta que a partir de la segunda década del pasado siglo, el descubrimiento de petróleo, le convierte en el gran centro económico del occidente del país. El municipio de Maracaibo tiene una extensión de 392,80 Km.2, distribuidos en 18 parroquias y su población cuenta con 1.428.043 habitantes[2].
Lago de Maracaibo.

Nueva Ciudad Rodrigo

La ocupación por parte de los colonizadores europeos de la región del Lago Maracaibo fue más tardía que otras ciudades venezolanas, caso de Trujillo, Mérida, Coro o Caracas, debido en parte a los enfrentamientos con la población indígena. Tres intentos de poblamiento se sucedieron: el de 1529 de alemanes y españoles comandados por Ambrosio Alfinger; el de 1569-1573 de Nueva Ciudad Rodrigo de Maracaibo, llevada a cabo por Alonso Pacheco y el de 1574 de Nueva Zamora, de Pedro Maldonado.

En 1569, Alonso Pacheco Maldonado, con los poderes del gobernador de la provincia de Venezuela, Pedro Ponce de León, llevó a cabo una nueva fundación en la Laguna de Maracaibo, a la que bautizó con el nombre de Ciudad Rodrigo, su ciudad de origen, según refieren Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga en su informe de 1579:

“Llámose Ciudad Rodrigo en tiempo que el capitán Alonso Pacheco la tuvo poblada hasta que la despobló, por respecto que el dicho capitán era natural de Ciudad Rodrigo”[3].

En Nueva Ciudad Rodrigo se constituyó el primer Cabildo de Maracaibo, con lo que se legitimaba el asentamiento y su condición de ciudad. El cabildo lo componían dos alcaldes, tres regidores y un escribano[4]. Allí, Pacheco otorgó indios de las comunidades del sur del Lago en régimen de encomienda y, ante la resistencia de los indios quiriquires, solicitó a la Corona apoyo para introducir esclavos negros para la boga de los ríos Catacumbo y Zulia[5].

El fracaso de la fundación de Alonso Pacheco parece que pudiera encontrarse en no poder garantizarse el sustento de la población española, al no asegurar los abastecimientos de los Andes en manos de los indios contratados, así como en los enfrentamientos con la población indígena. Diego de Mazariegos, gobernador de la Provincia de Venezuela, refiere en 1573:

"… y en cuanto a estar poblada la Laguna de Maracaibo, conviene que lo esté al servicio de Dios y de su Majestad porque los indios de aquella provincia nunca han sido domesticados ni seguros y otra vez, habrá veinticinco años, que estuvo poblada, por el daño y muerte que los españoles recibían de los dichos indios, se despobló y al presente hacen los indios lo mismo matan… a los cristianos y esto es muy de ordinario, por todo lo cual es mi parecer que su Majestad permita y mande que aquella no se pueble porque sobre todo aunque estuviese poblada no se puede sacar de ella ningún provecho ni interés porque los naturales de aquella provincia son gente muy pobre que no se sustentan, sino es de mariscos; duermen todos en la ciénaga y sobre el agua en unos palos que arman a manera de lechos, no hay en la dicha provincia ningún género de metal ni algodón”.[6]
 
Navíos en el Lago de Maracaibo.
La despoblación 

Pacheco escribió al Rey dándole cuenta de su empresa y, en particular, de la dificultad de establecer la ruta entre la Laguna de Maracaibo y la ciudad de Pamplona, en el Nuevo Reino de Granada[7]. Los contratiempos producidos como consecuencia de la disminución del número de pobladores (de los 50 iniciales se había pasado a 30), los problemas de abastecimiento y los enfrentamientos con la población indígena, así como los informes desfavorables a la población de Maracaibo presentados ante el Gobernador Mazariegos, llevaron a Alonso Pacheco a tomar la decisión de despoblar Nueva Ciudad Rodrigo a finales de 1573[8].

No obstante, la empresa estaba iniciada y sólo un año más tarde el gobernador Mazariegos decidió la repoblación del lugar. De ahí, concluye el historiador Nectario María que “Alonso Pacheco es, pues, el verdadero fundador de Maracaibo”[9].

Barrio de Santa Lucía, antiguo emplazamiento de Nueva Ciudad Rodrigo de Maracaibo.

De Nueva Ciudad Rodrigo a Nueva Zamora (1574)

Tras el abandono de Nueva Ciudad Rodrigo por parte de Alonso Pacheco y sus gentes, al año siguiente fue comisionado para repoblarla al zamorano Pedro Maldonado. Este, que había formado parte de la expedición de Pacheco[10], hizo una llamada a los sobrevivientes de Nueva Ciudad Rodrigo, refundó la población con el nombre Nueva Zamora, en la que entraron 35 hombres y repartió la tierra entre 37 vecinos, respetando las encomiendas de Pacheco[11].

La ciudad se ubicó esta vez en la bahía de Maracaibo, en una zona donde la costa era uniforme y tenía características de puerto natural. Maldonado escogió para su asentamiento la desembocadura de la cañada del Calvario, en el centro de la bahía, buscando así la protección y el abrigo a las embarcaciones, al oeste del promontorio de punta Arrieta (puerto el Piojo).

Lago, con Maracaibo al fondo.
[1] J. SÁNCHEZ TERÁN le dedicó dos de sus “Fichas mirobrigenses”, concretamente las publicadas el 10 y el 17 de abril de 1960 en el semanario La Voz de Miróbriga, bajo el título: “Sabía usted… qué población americana llevó el nombre de “Nueva Ciudad Rodrigo”?

[2] Datos oficiales de la web de la alcaldía de Maracaibo: http://www.alcaldiademaracaibo.gob.ve/index.php?option=com_content&view=article&id=590&Itemid=26

[3] Descripción de la Laguna de Maracaibo, hecha por Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga (1579). Archivo Histórico Nacional. Diversos-Colecciones, 45, nº 15, fol 4 r.

[4] La composición del Cabildo en N. MARÍA: Los orígenes de Maracaibo, p. 309.
[5] A. URDANETA QUINTERO; I. PARRA GRAZZINA y G. CARDOZO GALUE: “Los orígenes de Maracaibo y el dominio del Lago: diversidad social y mestizaje”. Universidad de Los Andes. Procesos Históricos. Revista Semestral de Historia, Arte y Ciencias Sociales. Número 10. Julio 2006. p. 11 y ss. Mérida-Venezuela. p. 31 y N. MARÍA, Op. cit. p. 319.

[6] N. MARÍA, Op. cit. p. 325.

[7] Véase la carta reproducida en N. MARÍA, Op. cit. pp. 318-320.

[8] De ello dio cuenta el Gobernador Diego Mazariegos al Rey en una carta fechada en el Tocuyo (Venezuela) el 20 de diciembre de 1573. Reproduce la misiva N. MARÍA, Op. cit., pp. 327-328.

[9] N. MARÍA, Op. cit. p. 329.

[10] Maldonado formó parte como regidor del primer Cabildo de Nueva Ciudad Rodrigo. N. MARÍA, Op. cit. p. 309.

[11] El nuevo nombre de la ciudad se debe a que el gobernador Diego de Mazariegos era natural de la ciudad de Zamora, según el informe: “Descripción de la Laguna de Maracaibo”, hecha por Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga (1579). Archivo Histórico Nacional. Diversos-Colecciones, 45, nº 15.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Una tarde en Coria

UNA GRIETA Y UNA BODA ANDALUZA EN LA CATEDRAL

Puente sin río, en Coria.
Han vuelto los viajeros a Coria después de más de veinte años. Poco ha cambiado el paisaje urbano. El puente sigue añorando el río que se fue, mientras que la catedral espera una restauración imposible. El ajado cartel de la Junta de Extremadura revela los esfuerzos de los hombres por dar una solución a la sempiterna grieta que raja de abajo a arriba el ábside de la seo. Al parecer, dicen los técnicos, la mole asienta sobre una falla que otrora desplazara el curso del Alagón.

Ajenos a los movimientos del subsuelo, los viajeros se topan a la entrada del sacro recinto con los preparativos de una boda andaluza. Y eso que estamos en el norte extremeño. De un coche bajan varias mujeres con vestidos de volantes y flores en el pelo, al tiempo que un hombre esgrime una guitarra. Todo ello presidido por una gigantesca tela que, a modo de sarga, cuelga desde un balcón plateresco, que anuncia la próxima visita del Papa a España. 

Pocas más personas se encuentran los viajeros esta tarde calurosa de julio. Las calles de la ciudad están desiertas. Sus habitantes deben ser de costumbres crepusculares o nocturnas, conocedoras del recio sol extremeño. O, tal vez, se recuperen de la resaca de la fiesta, delatada esta por las talanqueras y portones que jalonan, en calles y plazas, el recorrido del toro. El bullicio de San Juan ha dado paso al silencio del Carmen. No parece este un silencio recogido, devocional, sino más bien impuesto por los rigores del fuego del estío. Será que la mar queda muy lejos y, en todo caso, a ver quién es el valiente que se atreve a procesionar la mariana imagen –si la hay-, con la que está cayendo.

Los visitantes se asoman a la fértil vega del Alagón y a su antiguo lecho sin agua. Frondosas higueras y chumberas se desparraman por la ladera, tratando de esconder la basura acumulada por los años, arrojada por espíritus inmundos y olvidada por las munícipes conciencias.

Un solitario gato cruza la calle cerca del castillo de los Alba. Siempre hay felinos que se les cruzan a los viajeros, ya sea en Córdoba, en Óbidos o en Hydra. Pequeñas esfinges que sin embargo no permanecen estáticas esperando un interrogatorio, y eso que tendrían muchas cosas que contar de nativos y foráneos.
Castillo de Coria.
De ansias de amores inflamadas, recorren los viajeros el callejero. A pesar del nombre, la calle Oscura está llena de luz, y sin embargo algo siniestro les acecha. Un cartel les indica que tienen que tomar la crucial determinación de ir a la cárcel. No caben más opciones. Si se dirigen a la izquierda, irán a la Cárcel Real y si toman la derecha llegarán a la eclesiástica. No hay más escapatoria y optan por lo segundo, aunque entre la justicia del Rey y la de la Iglesia tanto da, pues el presidio sujeta las alas de los hombres. El penitenciario edificio es una construcción promovida en el siglo XVIII por el obispo García Álvaro, seguramente sobre otras prisiones anteriores, como reza una cartela explicativa. En esta ocasión, los enrejados de las ventanas no protegían a los de dentro, sino que les impedía su salida. Los viajeros se salvan por los pelos, pues a esas horas, con la que está cayendo, no hay guardias ni carceleros que les puedan atrapar ni recluir.

Así que, tal vez liberados por un ángel, por una calle de la que no recuerdan el nombre, llegan los viajeros a la amplia y solitaria plaza de San Pedro. Una gran palmera les recuerda que estamos en tierras sureñas, al otro lado de la Sierra de Gata, donde el clima es más suave en invierno y abrasador en verano. Sin otra compañía que sus sombras, salen de la ciudad vieja por el antiguo portón de las murallas. Bordean la cerca para volver al inicio del recorrido y poder tomar un refresco en la terraza de Casa Piro. Cuatro personas del lugar ocupan una mesa y cuando los viajeros dan las buenas tardes, una mujer se levanta para dar aviso al camarero. En eso estaban cuando un coche irrumpe en la plaza, tirado por dos caballos blancos, y conducido por dos cocheros con sombrero cordobés. Los pasajeros son los novios y padrinos, a los que esperan hace ya un buen rato en la catedral. 

Murallas de Coria.
 
Novios en coche de caballos.


16 de julio de 2011.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Tumbas y reliquias en Moreruela

TESTIMONIOS DE LOS VIAJEROS EN LOS SIGLOS XVI-XVII

Iglesia del monasterio de Moreruela. Interior.
El viajero que transcurre por la N-630 encontrará a la altura de La Granja de Moreruela una señalización hacia el oeste, que le indica el camino para visitar las ruinas de lo que fue uno de los grandes y más antiguos monasterios del Císter en España: el de Santa María de Moreruela.

La Desamortización del siglo XIX, que conllevó la exclaustración de los monjes y la venta pública por parte del Estado de sus bienes, fue el inicio de un proceso de ruina de tan magna construcción.

La fundación se remonta a 1153, cuando el rey Emperador Alfonso VII, entregó la villa de Moreruela al conde Ponce de Cabrera, para que este fundara allí el monasterio. Allí se enterraron familiares y descendientes de este conde de origen catalán. Pero hubo otra fundación anterior a la de Alfonso VII, en Moreruela de Suso, cerca de Castrotorafe y de Tábara. Sus fundadores habrían sido San Froilán y San Atilano. El primero fue abad del monasterio y después obispo de León. Por su parte, San Atilano llegaría a ser obispo de Zamora.

Tumbas

Ruinas del monasterio de Moreruela.
Ambrosio de Morales, que visitó el monasterio en 1572, nos ha dejado una descripción del interior de los enterramientos del interior de la iglesia del monasterio de Moreruela.

Además de señalar los enterramientos de los familiares del cone Ponce de Cabrera, destaca Morales, sobre todo, una tumba con bulto de piedra, situada en la capilla mayor, donde yacían los restos de una infanta portuguesa, favorecedora del monasterio, de la que se había perdido la memoria en el siglo XVI. Esta infanta habría dejado en Lisboa una renta en favor de Moreruela, pero los monjes no la cobraban porque la habían tomado los reyes de Portugal.

El cuerpo de la infanta debía conservarse incorrupto, pues cuandopPocos años después visitó el monasterio el clérigo Bartolomé Villalba y Estaña, autor del Pelegrino Curioso (1577) vio la tumba y el cuerpo, dejando escrito lo siguiente: "es una dama de más de onze o doze palmos de largo, mujer corpulenta, la cual esta tan fresca y entera y tan buena como si otro día fuese sepultada y ha más de doscientos que feneció y dexó a esta casa muchas rentas, las cuales en su mayor parte se han perdido". 

Pero es Fr. Antonio Yepes quien, a comienzos del sigo XVII, deja mejor constancia de los sepulcros de Moreruela, varios de ellos de bulto, tras publicar la relación que de ello hizo Fr. Bernardo de Villalpando. Según esta relación en la iglesia del monasterio estarían enterrados Fernando Pérez Ponce de León y Dª Urraca Gutiérrez, su mujer, ayor de Alfonso VII. Respecto a la tumba de la infanta de Portugal, dice que Fr. Atanasio de Lobera (fallecido en 1605) creyó que el sepulcro se correspondía con el de la infanta Dª Berenguela, hija de Sancho II, rey de Portugal y de doña Urraca, su mujer. Pero A. Yepes apunta, atendiendo a las armas del sepulcro, que pueda tratarse de una hija de Fernando Pérez Ponce de León y de su mujer D. Urraca Gutiérrez. Una hija de ambos casó con D. Juan Alfonso, hijo bastardo del rey d. Alfonso de Portugal.
Otros sepulcros fueron el de D. Alfonso M´elénez de Bornes, caballero portugués y de su esposa. Estuvieron enterrados también Ruy Páez, caballero portugués y doña urraca, su esposo, D. Pedro Maldonado, obispo de Mondoñedo, que murió en Moreruela en 1566. Pero lo mejor será remitirnos a la relación que introduce el propio Yepes y que incluimos como anejo en este post.

El relicario

En el retablo mayor de la iglesia, a un lado y otro del Sagrario, estaban dos arcas talladas y doradas, que contenían varias reliquias. Entre estas estaban la mitad del cuerpo de San Froilán, donado al monasterio por la iglesia de León. Entre los huesos conservados del patrón legionense estaban cinco canillas, una espalda y algunas costillas, además de un paño labrado con leones, en el que fueron traídos los restos del santo.

Morales cita también una reliquia de San Blas, de gran devoción, y otra de San Mancio, junto a otras reliquias “menudas”.

Bartolomé Villalba deparó también en sus reliquias, "que son infinitas, aunque confusos los nombres de quienes son".

Fray Antonio Yepes, que escribió sobre el monasterio a principios del siglo XVII, se refiere también a las reliquias, de las que dice "son infinitas". Entre ellas las había de "todos los apóstoles, de innumerables mártires, confesores y vírgenes, y algunas partes de la cruz en que padeció Cristo". Cita también, además de la de San Froilán, reliquias de San Benito y San Bernardo, padres de la orden benedictina.
Puerta del claustro.
MORERUELA, según Ambronio de Morales

Monesterio principal de la Orden de Cister, seis leguas de Zamora. Su principio deste Monesterio fue por San Froylan, Abad de él, que por mandado del Rey Don Alonso el Casto lo fundó, como se lee en las lecciones del Breviario de Leon, de donde después fue Obispo; y ya se dixo en lo de allí con quánta riqueza y veneracion está allí guardado su cuerpo, y fue súbdito y Prior de San Froylan en este Monesterio San Atilano, que despues fue Obispo de Zamora: mas esta fundacion primera del Monesterio es cierto que fue en Moreruela de Suso, cerca de Castrotorafe, tres leguas deste Monesterio que agora es, el aqul es fundación del Emperador Don Alonso, hijo de Doña Urraca, de tal manera, que dice en el privilegio, que se la da aquella villa y sitio á Poncio de Cabrera, para que funde en ella Monesterio. La data año MCLIII, y dice el Emperador, que por la donacion contenida en esta Carta recibió una buena espada que Poncio de Cabrera le dio. También dio despues á este Monesterio la otra Moreruela de Suso. Estan enterrados en el Monesterio deudos deste Poncio de Cabrera.
Ambrosio de Morales.

En la capilla mayor, al lado del Evangelio, en tumba alta, con bulto de piedra, está enterrada una Infanta de Portugal, sin que sepan los Monges decir quién fue; solo dicen que les dexó en Lisboa gran renta, mas que los Reyes de allá se la han tomado.

En el retablo con dos rejas doradas colaterales al Santísimo Sacramento estan cerradas dos arcas de talla doradas, de tres quartas en largo, y medio vara en alto con la tumba, en que estan muchas reliquias. En la una está la mitad del cuerpo de San Froylan, que se lo dio la Iglesia de Leon de mucho tiempo atras. Son los huesos de cinco canillas diversas, una espalda, y algunos espondiles y costillas: no hay mas escritura ni testimonio que la tradicion de haber venido así de unos en otros. Tienen tambien un gran paño, como media sábana, en que vinieron los huesos envueltos quando los truxeron de Leon: está toda labrada de leones, y no parece muy antigua. Tienen un gran hueso de San Blas con no mas testimonio de la tradicion, y que toda la tierra de tiempo muy antiguo tiene gran devocion con esta reliquia. Todas las demas reliquias son menudas. No tienen libros, ni mas enterramiento Real ni hacen mas sufragios por los Reyes de lo general de la Orden.

... Quando contaba las reliquias de este Santo (San Mancio) que hay en los Monesterios de la comarca por testimonios verisímiles del santo cuerpo, se me olvidó decir como tambien hay hueso suyo en Moreruela, de que queda dicho quán principal Monesterio es, á seis ó siete leguas de éste
[1].


[1] Se refiere aquí Ambrosio de Morales al monasterio de San Mancio, situado a una legua de Medina de Rioseco, en Villanueva de San Mancio.


Crónica de San Benito, de Fr. Antonio Yepes.
LOS SEPULCROS DE MORERUELA, según Fr. Antonio Yepes
 
... Por diferentes partes del monasterio están enterradas algunas personas principales, de las cuales es razón hacer memoria, así por ser binhechores del convento como porque algunas son muy ilustres, cuyo linaje dura hoy día, y se holgaran sus nietos de saber dónde están enterrados sus progenitores. Fray Bernardo de Villalpando[1] notó todos los sepulcros, cuyos son, qué armas tienen, algunas inscripciones, y de camino apunta algunas cosas curiosas en materia de genealogías, todo lo cual pondré con sus mismas palabras: “Son muchas –dice- las personas notables que en este monasterio están enterradas; de algunas no hay tanta certeza como de otras; de las que hay mucha y consta por escrituras, son las siguientes:

Don Fernando Pérez Ponce de León y Dª Urraca Gutiérrez, su mujer, ayos que fueron del rey Alfonso XI... Está enterrado este caballero dentro de la capilla mayor, en el primer arco, como s eentra en ella, al lado del Evangelio. Tiene su sepulcro, que es de piedra, un escudo esculpido con las armas (león en campo de plata) A la mano izquierda del sepulcro de este caballero y arrimado a él, en una tumba de piedra llana está el cuerpo de su mujer.

En el arco de más adelante al de estos caballeros dichos, está de bulto, sobre otro sepulcro, una mujer con unos guantes en las manos.El padre fray Atanasio de Lobera, en el tomo o libro del becerro que hizo de las cosas de esta casa, siendo muchos años ha conventual de ella, dice que esta señora es la infanta Dª Berenguela, hija de D. Sancho II, rey de Portugal, y de doña Urraca, su mujer; pero si se mira a las armas que tiene en el sepulcro, que es un león en campo de plata, tengo más cierto ser hija de D. Fernando Pérez Ponce de León y de su mujer Dª Urraca Gutiérrez. Dos hijas tuvieron estos caballeros, conviene a saber: a Dª Urraca, mujer de D. Enrique Enríquez, y Dª Juana, que casó con D. Juan Alfonso, hijo bastardo del rey D. Alfonso de Portugal; pero no sabré cuál de las dos sea la que está allí sepultada.

Dentro de la capilla mayor, en el primer arco del lado de la epístola, que corresponde al de D. Fernán Pérez Ponce de León, en sepulcro particular de piedra, con su efigie de bulto, yace sepultado D. Alfonso Meléndez de Bornes, caballero porotugués, que fue hermano de esta casa y la donó en el reino de Portugal las villas de Bornes, Cernadilla, Valdeprado, San Juan de la Ribera, como parece por la escritura de donación que sobre ello otrogó, era de 1224. A la mano izquierda del sepulcro de este caballero, y arrimado a él, está otro de piedra con la efigie de una mujer y escudos de armas de Portugal, que son las Quinas; está sepultada en él la mujer de ese caballero, aunque no consta cómo se llama. Sábese también que en este monasterio están enterrados Ruy Páez, caballero portugués, y doña Urraca, su mujer, que fueron yerno e hija del sobredicho D. Alfonso Meléndez, aunque no se sabe determinadamente si están sepultados en la iglesia o en los arcos de los claustros.

En medio del coro bajo, delante del facistol, está sepultado D. Pedro maldonado, obispo de Mondoñedo, que haciendo cierta jornada, pasando por la casa, le dio la enfermeda de que murió; la inscripción de la sepultura dice: ¡Aquí hace D. Pedro Maldonado, obispo de Mondoñedo; feneció año de 1566, a 2 de julio”.

En diversos arcos, que hay embebidos en las paredes de los claustros, están sepultadas muchas personas principales, bienhechoras del monasterio, de la scuales, por injuria de los tiempos, no se saben sus nombres; mas de los que constan por escrituras ciertas son éstos: En el claustro del capítulo, junto a la puerta de la iglesia, en un arco que está al lado del altar de San Juan, está sepultado D. Juan Vela, hijo del conde D. Vela Gutiérrez y de la condesa Dª Sancha Ponce de Cabrera, fundadores magníficos del monasterio de Nogales, como aparece por dos escrituras de donación que hacen a Moreruela Fernán Vela, Ponce Vela y Pedro Vela, donde confesando que está spultado en este monasterio Juan Vela, su hermano, dan a la casa diferentes haciendas. Están esculpidas en el sepulcro de este caballero unas cabras en campo verde, que son las armas de su amdre, la condesa Dª Sancha Ponce de Cabrera, mayordomo que fue del emperador D. Alfonso Ramón.

En otro sepulcro que se ve dentro del arco donde está el de D. Juan Vela, yace sepultado el conde D. Fernando Ponce de Cabrera, hijo mayor de D. Ponce Vela y de Dª Teresa Rodríguez, su mujer, y hermano de D. Pedro Ponce de Cabrera, que casó con Dª Aldonza, hija natural del rey D. Alfonso de León.Consta el entierro de este caballero de una escritura que otrogó el año de 1196, en que manda mucha hacienda en esta casa. Tiene en su sepulcro esculpidas cabras en campo verde, como su tío Juan Vela...

En otros arcos del dicho claustro yacen sepultados los condes D. Pedro y la condesa Dª Elena de Alemania, su mujer, y D. Felipe Pérez, su hijo, que vivían en la ciudad de Toro, de los cuales hubo el monasterio sus palacios en la rúa de Santo Domingo, y otras muchas posesiones; consta esto por una escritura de donación hecha el año de 1307”.



[1] Contemporáneo del padre Yepes, al que envió varias relaciones de Moreruela, como recoge el cronista.