miércoles, 13 de diciembre de 2017

Un peregrino curioso y el castillo de Benavente

“COSAS QUE SON DE REY”

José I. Martín Benito

Castillo de Benavente.
Bartolomé de Villalba y Estaña fue un clérigo benedictino, autor del Pelegrino Curioso y otras Grandezas de España, un manuscrito de 1577 que fue publicado casi 300 años después de haber sido escrito, gracias a la Sociedad de Bibliófilos Españoles entre 1886-1889.

El autor, valenciano de origen (1548-1602) viajó por España y Portugal entre 1573 y 1576. Hizo el Camino de Santiago por la vía de la Plata. Procedente de Salamanca, llegó al monasterio de Valparaíso, y luego Zamora, Moreruela y Benavente; desde aquí a Astorga, el Bierzo y el Cebreiro camino de Galicia.

De Benavente ensalza el castillo-palacio y la armería, así como el trato con el que le dispensaron los señores de la villa. Es uno más de los testimonios que alaban tan magnífico palacio, que le dejó sorprendido, tanto la edificación como lo que en ella se guardaba. “Tiene el Conde cosas que son de Rey y demuestran la antigüedad de aquella casa”, escribe nuestro peregrino.

El castillo se le antoja como uno “de los alcazares reales buenos que hay en España, porque es palacio con todas las calidades que se requieren... con su foso y barbacana y otras cosas que le fortifican, y demás de esto... gran patio, lindos corredores, hermosos balcones... salas, recibidores, antecámaras”. Alaba también la armería, “que es cuadrada, y todos los blasones de las personas calificadas están allí, y es muy dorada y vistosa, y demás de esto hay unos aposentos con un corredor que extiende la vista al campo, al río, á la huerta, á la villa, que es cosa real, y todo es tan bueno”.
Mercurio peregrino. Durero.

El peregrino curioso se refiere también a los monasterios de monjes y monjas con los que contaba la villa benaventana, entre ellos el de Santo Domingo, San Francisco y San Jerónimo, que en ese momento estaba en obras sufragadas por el conde.

El Hospital de la Piedad

Villalba y Estaña no podía pasar por alto la obra benéfica del conde en relación con las peregrinaciones a Santiago, el hospital de la Piedad, donde alaba el tratamiento que se hace a los peregrinos:


"De ahí se puso en un hospital, que tiene el Conde para pelegrinos, donde se les festeja, no como en hospital sino como en palacio".


El jardín y el bosque

Pero si el castillo sorprendió al peregrino valenciano, tampoco le dejó indiferente el jardín. Este estaba precedido de una larga alameda,“que tiene tres carreras de caballo..., que es cosa por cierto rica ver aquella multitud de árboles y aquella altura y la amenidad que mueven”. Del jardín dice que es muy hermoso, con muchos viveles de pescado. Sin embargo, el peregrino no quiso ver el coto de caza de los condes, a pesar de que lo quisieron llevar, excusándose que no era montero. No obstante, refiere que hay en la dehesa muchos corzos, gamos y otros géneros de caza.


De Benavente partió el peregrino hacia Villabrázaro, donde tuvo una amarga experiencia como ya relatamos en un post anterior.

El impresionante castillo de Benavente fue derribado y, posteriormente, demolido, en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.
Escena de caza aristocrática.

Os dejo aquí el relato del peregrino:

“Otro dia dio el Pelegrino en la principal villa de Benavente, que es cierto de las mejores poblaciones de su tamaño en España. Tiene tres mil vecinos; es poblada de mucha gente de lustre. Tiene buena campiña, y buenas huertas; tierra bastecida de todas provisiones. Es de lo bueno de Castilla la Vieja, y los condes tienen aquí calificadas casas, las cuales pudo ver el Pelegrino á plazer, por que el conde de Mayorga y [el] de Luna, como habían estado con su padre en Valencia, recibieron al Pelegrino bien benignamente; y Don Diego Ladron de Guevara fue su guía para ver las cosas notables: que cierto sin fiction ninguna, tiene el Conde cosas que son de Rey y demuestran la antigüedad de aquella casa, la calidad de la cual es notoria á todos los de España y á los de Europa. Entre otras cosas, el palacio del Conde, que está subido en un alto, es de los alcazares reales buenos que hay en España, porque es palacio con todas las calidades que se requieren, lo uno porque es fuerte y está bien murado, con su foso y barbacana y otras cosas que le fortifican, y demás de esto segundariamente tiene en sí todo lo que se puede pedir, gran patio, lindos corredores, hermosos balcones y enayas (sic) y rejados grandes; salas, recibidores, antecámaras, y entre las piezas muy buenas que tiene, notó el Pelegrino la sala que llaman de las armas, que es cuadrada, y todos los blasones de las personas calificadas están allí, y es muy dorada y vistosa, y demás de esto hay unos aposentos con un corredor que extiende la vista al campo, al río, á la huerta, á la villa, que es cosa real, y todo es tan bueno que se le hace agravio notable en no explicarlo, y tanto, que cualquier señor que la viere, quedará con gusto della.

Y ansí, llegando un príncipe de Alemania á visitar al Conde, que se conocían, le comenzó á mostrar su recamara y armería y cosas particulares, y entre ellas el Conde, por cosa que lo merecía, le mostró su palacio y grandezas, y particularmente, viniendo á la cocina, como por allá son más epicúreos, dixo el Principe: “Pequeña cocina me parece esta, Señor Conde, para tan gran cassa”. El Conde, que era sabio, le respondió: “Ser pequeña la cocina ha hecho que la casa sea tan grande”. Respuesta de principe prudente por cierto. Pues siguiendo nuestro Pelegrino los pasos de su guía, llegaron á la armería, la cual sin agravio de nadie, quitando la del Rey, es la mejor cosa que hay en España. Habrá en ella más de dos mil coseletes todos con el aderezo necesario y unos espejos que os podéis mirar en ellos, y otras muchas invenciones y generos de armas, que nuestro pelegrino quedó muy pagado. De ahí se puso en un hospital, que tiene el Conde para pelegrinos, donde se les festeja, no como en hospital sino como en palacio. Tiene dedicados para él tres mil ducados de renta, y se precian aquellos señores de tener particular vigilancia en él. De allí pusieronle en San Francisco, sepultura de los condes, y es el vaso de abajo muy curioso: casa muy buena de cuarenta frayles, aunque se quemó ha pocos años. Allí dieron con él en San Jerónimo, monesterio que para el Santo labraba á la sazón el Conde; de allí á Santo Domingo, casa de veinte frayles, y después á dos monesterios de monjas, unas dominicas y otras franciscas. Este ultimo es grande, de cincuenta mongas y donde los condes menguan las mujeres de su linaje recogiéndolas allí. De todo esto el Pelegrino estaba tan pagado, que dixo á su guía: “que, señor tantas calidades tiene en su tierra haze mal en ir á mandar á las agenas,”- “Esto decis, le respondió, porque el Conde fue el Visorey en Valencia[1], pues aunque no estemos en ella quiero que veais lo que, fuera della, habeis visto pocas cosas mejores, que es el jardín del Conde”. Al cual fueron, y nuestro Pelegrino luego echó ojo á una cosa harto rara, que es un hueso ó una canilla estar metida dentro de una piedra, lo cual muestra que creciendo la ha embebido allí[2], y entrando por la primera puerta vió otra bravata, que hay una alameda que tiene tres carreras de caballo, la cual sirve de recebidor del jardín, que es cosa por cierto rica ver aquella multitud de árboles y aquella altura y la amenidad que mueven. Entrando dentro el jardín, que es muy hermoso con mucha jardinería en las yerbas, muchos viveles con pescados, su casa, y en esta otra curiosidad no menos de notar, que está repartida de tal manera que la Condesa con sus damas no tenga que de partir ni que, si quieren, con el Conde ni sus criados; que todo pareció á nuestro Pelegrino muy bien, y aunque al coto le querian llevar, que á medida legua ó poco más debe de estar, se excusó con el habito, que no era de montero. Tienen en la dehesa muchos corzos, y gamos particularmente y otros generos de caza, y en Benavente detuvose nuestro Pelegrino más de lo que pensaba".


[1] Se refiere a Juan Alonso Pimentel Enríquez, VIII conde de Benavente, que fue virrey de Valencia desde 1598 a 1602 y luego virrey de Nápoles, entre 1603 y 1610. El conde murió en 1621, siendo Presidente del Consejo de Italia. Sobre su figura y labor de mecenazgo, véase M. SIMAL LÓPEZ, Los condes-duques de Benavente en el siglo XVII. Patronos y coleccionistas en su villa solariega. Benavente, 2002, pp. 33-48.

[2] Se refiere, seguramente, a un fósil. Recordemos como el área de Benavente, ha deparado hallazgos paleontológicos, al igual que se han hallado en el término de Matilla de Arzón. Véase el artículo de E. JIMÉNEZ FUENTES, “Restos de tortugas y Rinocerontes fósiles de Benavente”. Brigecio, estudios de Benavente y sus tierras, anuario nº 1, 1989, pp. 165-166.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Imágenes milagreras y protectoras

EL CRISTO DE LAS BATALLAS DE SALAMANCA

José I. Martín Benito

Cristo de las Batallas. Salamanca. Postal.

El Cristo del Cid y del obispo Jerónimo

En la catedral de Salamanca hay un Cristo románico al que se denomina “de las Batallas”. El crucificado habría acompañado al Cid Campeador en los combates. Según la tradición, fue traído en 1102 por el obispo Jeronimus de Perigueux (Jerónimo de Perigord), cuando este se hizo cargo de la sede salmantina. Cuando murió el prelado, encima del arco de su sepultura se colocó “la sagrada Imagen de el Santisimo Christo de las Batallas, espada y estandarte con que el santo Obispo peleaba, y animaba á los soldados, y a quien el valeroso, y esforzado Cid atribuía sus victorias”. Estuvo en la catedral vieja hasta su traslado a comienzos del siglo XVII a la capilla de San Jerónimo, en la seo nueva (Bernardo Dorado, Compendio Histórico de la ciudad de Salamanca, 1776, pp. 104 y 460. La imagen estuvo allí hasta que se le hizo capilla propia detrás del altar mayor, a la que fue trasladada en 1734 (Op. cit. 527).

Gil González Dávila y su historia

Sobre esta imagen Gil González Dávila escribió y publicó una obra titulada Historia de la imagen del Santíssimo Christo de las Batallas, que está en la Sancta Iglesia Cathedral de Salamanca, impresa en 1615. El historiador hizo también referencia a esta imagen en el Theatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales de los Reinos de las dos Castillas (Madrid 1650), cuando se ocupó de la diócesis salmantina y de sus obispos. Concretamente, al referirse al retablo que pusieron en el arco donde fue sepultado el obispo Jerónimo, González Dávila escribió: "encima del colocaron la imagen del Santo Christo de las Batallas, que fue deste prelado, y se le dio este nombre por ser tradición constante, que entrava con el en las batallas que el Cid dio a los moros. Estuvo encima del arco espacio de 500 años, hasta que el de 1607, manifestó Dios con milagros la gloria desta imagen, en el mismo año y mes que los Moriscos de Valencia dieron fin a la conjuracion que tratavan contra la salud destas Coronas, y Reynos. Y escribi, por mandado de su Cabildo, la historia de esta santisima Imagen, que anda impresa" (238-239).

Imagen devocional y milagrera

Fue una imagen que gozó de mucha devoción en la ciudad, a la que se hacían rogativas en tiempos de guerra y de peste, sacándole en tales casos en procesión con gran ceremonia. En 1609 se le dedicó al Cristo una gran lámpara de plata que decía: “Al Santisimo Christo de las Batallas Senado y Republica de Salamanca consagraron esta Lampara agradecidos á los muchos milagros, y beneficios recibicos, siendo Pontifice Paulo V, reinando Felipe III, obispo don Luis Fernandez de Cordoba, corregidor don Pedro de Ribera, dotóla la Ciudad por la salud de el pueblo salmantino. Año de 1609”
Pinturas murales de José Sánchez, 1615. Catedral Vieja.
La imagen tuvo fama de milagrera. En la catedral vieja, en la nave del Evangelio, hay unas pinturas murales que en 1615 salieron de la mano de José Sánchez y que reproducen escenas de varios milagros atribuidos al Cristo de las Batallas. Las escenas se distribuyen a modo de grandes aleluyas (14 cuadros arriba y 4 abajo. Y es que por mediación del Cristo, encomendándose a él, untándose con el aceite de su lámpara o llegándose hasta su altar, sanaban enfermos y tullidos, salvaban los caídos a pozos y al río Tormes, y encontraban alivio las parturientas o salían ilesos los que habían recibido la caída de muros y piedras (Fernando Araújo, La Reina del Tormes, 1884, pp. 14-16).
Exvotos. Catedral Vieja. José Sánchez 1615.
Se buscó su amparo y protección en las epidemias de cólera de 1834 y 1855. Con motivo del comienzo de la guerra de África de 1858, se le sacó en procesión por las calles de la ciudad (Historia de la ciudad de Salamanca de D. Bernardo Dorado, corregida en algunos puntos, aumentada y continuada ... edición de Ramón Girón, 1861, pp. 72-73). La ciudad recurrió de nuevo a la santa imagen en 1922, tras el desastre de Anual en el norte de África, haciéndole una novena.

Unamuno y el Cristo de las Batallas

Miguel de Unamuno se ocupó varias veces en sus escritos del Cristo cidiano. En 1912, en un artículo titulado “Salamanca” evoca al primer obispo de la diócesis enterrado “cerca de donde descansa el viejo y negro Crucifijo que el Cid llevaba en sus campañas, el Cristo de las Batallas.

Volvió sobre él el 9 de agosto de 1922 en un artículo titulado “El Cristo de las Batallas” publicado en “El Mercantil Valenciano” (Valencia, 1922): “En el altar de la Catedral Nueva de Salamanca, junto al sepulcro del obispo del Cid, hay un viejo Crucifijo negro, ceñudo, con los brazos a escuadra, al que se le llama el Cristo de las Batallas. Es de tradición que era el que llevaba en sus algaras y expediciones el Cid para armar el altar campestre en que se celebraba misa de campaña”.
Miguel de Unamuno.

Según el escritor el crucifijo no despertaba la devoción popular y era más una curiosidad arqueológica. Tal vez se equivocaba el rector, pues él mismo cuenta como se le había hecho una novena. El oficio se enmarcaba en el contexto de la Guerra de Marruecos, un año después del desastre de Anual (1921) y de la rebelión del líder rifeño Abd-el-Krim, que dio lugar a una ofensiva rifeña y a una reacción española. “Frente a este crucifijo negro, rígido, envarado, se prosternan las madres salmantinas pidiendo que termine la algara de Marruecos, “donde las mezquitas son”, en alusión al Cantar de Mio Cid, cuando el de Vivar pensó llevar allí la guerra: “Antes tu minguado, agoro so/ que he aver a tierra e oro e onor/ Allá dentro en Marruecos, o las mezquitas son/ que abran de mi salto quiçab alguna noche”.

El 7 de octubre de 1922 Unamuno escribió “La oración de doña Jimena” en “De esto y aquello”. Sobre la plegaria, que ocupa los versos 220 a 365 del Poema de Mío Cid, termina diciendo el rector: “Esta oración, ¿la rezó acaso doña Ximena, ante este crucifijo negro, rígido, con los brazos en escuadra, curtido a soles y a hielos que con el nombre de Cristo de las Batallas se conserva hoy en una capilla de la catedral nueva de Salamanca junto al último sepulcro del obispo don Jerome, crucifijo del que es tradición que fue el que el Cid llevaba para los altares de campaña, en sus correrías? El de este crucifijo es un Cristo Martillo... ¿y es con todo, este Cristo de las Batallas, tan nuestro?" (Obras completas, III, 1039, octubre, 1922.
El Cid, obra de Juan Cristóbal González Quesada (1955). Burgos.
Y un año después, volvía el rector sobre la imagen: “Hay aquí, en Salamanca, uno que dicen que llevaba en sus campañas el Cid, aquel guerrillero faccioso... – el Cristo de las Batallas es una advocación... muy poca cristiana” (Obras completas, IX, 1179, 1923), en lo que insiste cuatro años más tarde: “Un terrible Cristo que nada tiene de cristiano” (Hojas Libres, nº 6, septiembre, 1927).

La restauración de la imagen

Cristo de las Batallas, restaurado. Salamanca.
La negrura del Cristo que tanto llamó la atención a propios y extraños, y que Unamuno destaca una y otra vez, no era más que fruto del humo de las velas, de los repintes y de la patina del tiempo. Cuando la imagen fue restaurada entre 2009 y 2012, el Cristo recuperó su primitivo color y el negro se perdió en el recuerdo y en los testimonios literarios unamunianos.
Y es que, en efecto, la imagen fue restaurada y replicada. El Cabildo en abril de 2012 la retiró del culto y la depositó en el Museo catedralicio. En su lugar colocó una réplica que se hizo en un taller de Alcalá de Henares (La Gaceta de Salamanca, 23 abril 2012).

Otras advocaciones del Cristo de las Batallas

Esta advocación está también presente en las localidades salmantinas de Aldea del Obispo, Bermellar, Castellanos de Moriscos, Santiz, Cantagallo, Macotera, Montemayor del Río o Sequeros. Ya fuera de la provincia salmantina la enconramos en las cercanas ciudades de Ávila, Toro, Tordesillas, Palencia, Plasencia y Cáceres o en las villas de Rueda (Valladolid) y Santiago de Alcántara (Cáceres), entre otras.

Cristo de las Batallas. Sequeros (Salamanca).


domingo, 3 de diciembre de 2017

La leyenda del Cristo de Benavente

DE CÓMO UN POBRE SE CONVIRTIÓ EN ESTATUA

José I. Martín Benito


El judío errante. Grabado de G. Doré.

Hubo en Benavente un famoso Cristo yacente, al que se le atribuían "mil prodigios". Su origen no consta, aunque sí sabemos que a mediados del siglo XVII la imagen fue trasladada a Madrid, por orden o -casi mejor- capricho, de la condesa consorte.

La leyenda del Cristo

El Cristo tenía su propia leyenda. Hubo un conde de Benavente  -sin que sepamos de quién se trata- al que se define como "santo y grande", que solía salir de incógnito por la villa casi todas las noches. El motivo no era otro que hacer limosnas y cuanto de bien podía. Una noche, un pobre desde el suelo, le pidió auxilio y el conde le respondió que se levantara y le acompañara, que se lo daría. Pero el mendigo no podía incorporarse, por lo que el conde lo cargó sobre la espalda y lo llevó a su palacio para darle aposento y cama. Le ayudó a desnudar, le vistió con una camisa y le acostó. Pimentel se fue a cenar y ordenó que llevaran al mendigo parte de la cena. Pero el camarero no pudo abrir la puerta de la estancia, lo que comunicó al conde. Cuando este pudo entrar en la habitación comprobó que en lugar del pobre había un Cristo.
Convento e igleisa de San Felipe Neri (Madrid).

El porqué del traslado de la imagen del crucificado a Madrid está relacionado con la construcción de la iglesia y casa de los clérigos de San Felipe Neri (conocido como San Felipe el Real), de la que la condesa de Benavente, doña Antonia de Mendoza, se hizo patrona. Debió entender la buena señora que al Cristo le vendrían mejor los aires de la capital del reino que no los de la villa familiar y allí que se lo llevó. Eso sí, según parece, no le fue nada fácil, pues tuvo que contar nada menos que con la autorización del Papa.
El convento, de agustinos descalzos, estuvo en la calle Mayor de Madrid, junto a la puerta del Sol.
Esta doña Antonia de Mendoza y Orense era dama de la reina e hija del conde de Castrojeriz. Casó en segundas nupcias con Juan Francisco Pimentel (1584-1652).

Juan Fco. Pimentel atribuido a Velázquez.
La noticia del traslado la da José de Barrionuevo en sus Avisos (1654-1656):
Madrid y abril 1º de 1656

            “Paréceme que doña Antonia de Mendoza, la dama tan celebrada en Palacio que casó con Benavente, se dice se hace patrona de los clérigos menores del Rosarico de San Felipe Neri, que está junto al embajador de Alemania, haciéndoles iglesia y casa en que vivir, que ahí no la tienen, y pasan con la estrechura que todos vemos. Para esto trae de Benavente un Santo Cristo después de desclavado de la Cruz, que dicen hace mil prodigios, y le ha costado el traerle muchos pleitos y breves del Pontífice. Tuvo su origen de un caso portentoso de un conde santo y grande de la Casa, que es el mayor milagro. El cual acostumbraba a salir de rebozo, haciendo limosnas y cuantos bienes podía por todo el lugar casi todas las noches. Topóse una un pobre que le pidió dolorasamente socorro: díjole se levantase y se fuese con él, que se lo podía dar muy cumplido; y viendo que no lo podía hacer, se le echó a cuestas, llevándole a Palacio, metiéndole por una puerta falsa y en un aposento en que había una cama de propósito para lances semejantes; y habiéndole ayudado a desnudar, y hecho traer una camisa suya y acostándole, cerró la puerta y se fue a cenar, de donde le envió en un plato de todo cuanto le sirvieron. No pudo abrir la puerta el que la llevaba: fue el conde en persona, y halló al pobre llegado hecho un Cristo, que es el que ahora se dice trae, con que hace su patronazgo de buena ventura” (José de Barrionuevo, Avisos, I, pp. 261-262).

martes, 28 de noviembre de 2017

Destrucción y pillaje, escapados y refugiados en las guerras con Portugal (2)

CORRERÍAS EN LA FRONTERA

José I. Martín Benito

Huida de vecinos. Detalle de El Coloso

Las autoridades civiles y religiosas solicitaron en varias ocasiones la ayuda de Felipe IV, ante la angustiosa situación[1]. Como escenario del campo de batalla y las avenidas del “enemigo portugués”, los caminos se hicieron inseguros, por lo que visitador diocesano Cristóbal de Melgar Pacheco tuvo que desistir de la visita a Fuenteguinaldo en 1647 y ordenar al beneficiado de El Bodón que le sustituyera[2]. Se temía las incursiones de los portugueses. En la visita que el magistral de Ciudad Rodrigo hizo a La Encina el 28 de octubre de 1651 fue informado que habían sido vendidos los novillos de las cofradías, “por causa del daño tan notorio de la guerra y riesgo de llevarlos el enemigo”[3]. Ese año los portugueses saquearon y quemaron varios lugares del campo de Yeltes, como Martín del Río, Boada, Castraz, Sancti Spiritus, Pedraza, Campocerrado, Retortillo y otros pueblos de Ledesma. Al año siguiente hicieron lo propio con Cespedosa, Herguijuela, Martiago, El Sahúgo. En 1653 incendiaron Vilvestre, Barruecopardo y El Sahúgo... [4].

Saqueo de soldados.

Los españoles hicieron lo propio. En octubre de 1642 se lanzaron al pillaje y destrucción de poblaciones como Escarigo, Almofala, Colmenar, Vermiosa, Mata de Lobos Y Torre de Frades. Como consecuencia de ello, los vecinos de Escarigo abandonaron la villa y se refugiaron en Castelo Rodrigo[5].

El grado de cansancio era tal que las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad se dispusieron por su cuenta a concertar treguas con los portugueses, a espaldas de Madrid. Los contactos fructificaron en 1654, cuando el obispo de Ciudad Rodrigo acordó una tregua que, aunque no fue del agrado de Felipe IV, fue un alivio para los vecinos del obispado[6].

Pero el alivio duró poco. En 1655, “desde Ciudad-Rodrigo á Sevilla ha corrido el Portugués toda la raya, que son muchas leguas, llevándose más de 50.000 cabezas de ganado, y todo lo demás que de camino se ha hallado[7]. Ese mismo año, “el corregidor de Ciudad Rodrigo entró en Portugal con 200 caballos y 200 infantes; quemó algunas aldeas, volvió con 4.000 cabezas de ganado menor y 1.000 del mayor, muchas mujeres y niños para rescate, dejándolos por aquella parte bien castigados”[8]. Tres años después, en junio de 1658 tropas portuguesas de pie y de a caballo, entraron desde Almeida. Le salieron al paso los de Ciudad Rodrigo y Saelices “y le quitaron la presa y 63 caballos: mataron, apresaron muchos, huyendo los demás”[9].

Batalla de Montes Claros. Guerra de Restauraçao de Portugal.

[1] HERNÁNDEZ VEGAS, Mateo: Op. cit. II (Salamanca 1935, 197-202).
[2] HERRERO DURÁN, Agustín: Fuenteguinaldo en el espejo de su iglesia. Ciudad Rodrigo 1999, pág. 69, nota 10.
[3] Archivo Diocesano de Ciudad Rodrigo (ADCR). La Encina, sig. 910. Libro que contiene cuentas de las cofradías (San Sebastián, Vera Cruz, Nª Sª del Rosario, La Antigua, Santísimo Sacramento), de Fábrica y de la parroquial del lugar del Olmo. 1632-1657.
[4] NOGALES DELICADO, Dionisio: Historia de Ciudad Rodrigo, 1882.
[5] BORGES, Julio Antonio: Castelo Rodrigo. Passado e presente. Viseu 1999, pág. 95.
[6] VALLADARES, Rafael: Op. cit., 45-52.
[7]BARRIONUEVO, José:
Avisos (1654-1658), II, 237.
[8] BARRIONUEVO, José:
Avisos (1654-1658), II, pág. 123.
[9] BARRIONUEVO, José:
Avisos (1654-1658), IV, pág. 219.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Destrucción y pillaje, escapados y refugiados en las guerras con Portugal (1)

EN LA TIERRA DE CIUDAD RODRIGO

José Ignacio Martín Benito


Refugiados de guerra.
Nos estamos acostumbrando a escuchar a diario noticias sobre desplazados y refugiados, personas que se ven obligadas a abandonar sus casas y sus aldeas huyendo de la guerra. Ocurre en otros países, en espacios más o menos lejanos, a los que nos asomamos a través de los medios de comunicación o de las redes sociales. Ocurre también que los seres humanos tenemos la capacidad de olvidar y de recordar. Acaso no somos conscientes que hubo un tiempo, reciente y pasado, en el que también nosotros, como pueblo, hemos sufrido y, en consecuencia, hemos buscado refugio ante situaciones adversas. Es un instinto por sobrevivir; una capacidad para resistir. Ese instinto y esa capacidad forman parte de nuestra memoria colectiva.

La situación fronteriza de la Tierra de Ciudad Rodrigo en la Raya de Portugal ha marcado secularmente las relaciones políticas, sociales y económicas de sus habitantes. A lo largo del tiempo, estas relaciones devinieron, en varias ocasiones, en enfrentamientos armados, lo que tuvo su incidencia en la seguridad de los vecinos, de sus bienes y haciendas. El pillaje, la quema de granos y el robo de ganados fueron prácticas comunes a un lado y otro de la Raya, lo que se tradujo en la huída y en la busca de lugares más seguros. Las consecuencias de ello fueron el hambre, la carestía, la despoblación y la ruina económica de los territorios rayanos. Sucedió en la Edad Media y también en la Moderna[1]. La mayor parte de las villas y aldeas de las comarcas fronterizas vivieron episodios de esta naturaleza.

Devastación y saqueos en la guerra de la Independencia de Portugal (1640-1668) 

Proclamación de D. Joâo IV como rey de Portugal.

La guerra de Restauración o de Independencia de Portugal fue un largo conflicto (1640-1668). R. Valladares la ha definido como una “guerra olvidada”[2]. Dado que la plaza de armas de Ciudad Rodrigo se convirtió en la vanguardia y en el centro de operaciones militares, su territorio sufrió los estragos y las devastaciones de la guerra. También lo sufrieron otros territorios rayanos al norte de la frontera de Castilla. Ya hemos insertado aquí un post sobre el impacto de este conflicto en Sanabria y Tras-os-Montes. Y es que, en efecto, los pueblos fronterizos fueron los que más sufrieron. Pero también los alrededores de las plazas de armas. En 1642 los portugueses se llevaron ganado del mismo Arrabal del Puente (Ciudad Rodrigo) y de la aldea de Villarejo.

A mediados de los años cuarenta las tierras situadas alrededor de Ciudad Rodrigo llevaron la peor parte. Los propios soldados españoles se dedicaron a saquear, asaltar y vejar a los vecinos, los cuales se quejaron a Madrid. El enfrentamiento entre los propios soldados y entre éstos con los civiles había provocado casi cuarenta muertes violentas. 

Guerra de Restauración de Portugal. Azulejo.
El día de San Marcos de 1644 los portugueses incendiaron Fuenteguinaldo, al tiempo que los vecinos buscaban refugio en la iglesia. En 1646 y 1647, los excesos de los españoles y las entradas de los portugueses produjeron asaltos, saqueos y muertes por toda la comarca. En julio de 1647 los portugueses, tras fracasar en el intento de tomar el castillo de Gallegos de Argañán, corrieron las campiñas de El Ahigal, San Felices de los Gallegos y Dehesa de Medinilla, de donde sacaron "más de 700 cabezas de ganado vacuno, cerca de 50 machos arrieros, 12 o 14 caballos y mucha cantidad de ganado ovejuno y de cerda, que no alargándose mucho dicen montará la presa 20.000 escudos. No se pudo juntar gente para hacer alguna resistencia. Con este suceso está todo el Abadengo con grandes temores"[3]. Pocos días después se llevaron más de 600 cabezas de ganado vacuno de El Bodón. Ese mismo año, la villa de Hinojosa fue invadida por los portugueses, los cuales, al igual que en casos anteriores, se llevaron también varias cabezas de ganado, de lo que se lamentarían los vecinos por no disponer de animales de carga y tiro para labrar las tierras[4]. Todo ello aceleró la despoblación de muchos lugares de los Campos de Argañán y del Abadengo y su concentración tanto en la ciudad como en otros lugares fuera del obispado. Las incursiones continuaron durante los años siguientes.
Batalla de Montijo (1644). Azulejo portugués.

(Continuará)

[1] De ello nos hemos ocupado en un trabajo anterior: MARTÍN BENITO, José Ignacio: (2002): “Las guerras con Portugal y su impacto en el obispado de Ciudad Rodrigo (siglos XVII-XVIII)”. Actas del Congreso de la Diócesis de Ciudad Rodrigo (16-19 de noviembre de 2000). Zamora, pp. 728-741.

[2] VALLADARES, Rafael: La Guerra olvidada. Ciudad Rodrigo y su comarca durante la Restauración de Portugal (1640-1668), (Salamanca 1998).

[3] El Presidente del Consejo Real, tras recibir los informes del corregidor de Ciudad Rodrigo. Citado por VALLADARES, Rafael: Op. cit. (Salamanca 1998, 42).

[4] GRANDE DEL BRÍO, Ramón: La villa de Hinojosa de Duero (Salamanca, 2001, pp. 88-91).

sábado, 18 de noviembre de 2017

"De grandes cenas..."

LA CONDESA GLOTONA

José Ignacio Martín Benito 

El rico Epulón y Lázaro. Anónimo, siglo XVII.
Sabido es que las mesas de los nobles estaban bien provistas de buenas viandas. Cuando Felipe II y su hijo el príncipe don Carlos, visitaron Benavente en 1554, el conde les obsequió con diversos manjares, tanto en la comida como en la cena. El cronista Andrés Muñoz se fija en los preparativos para una de aquellas cenas y cuenta: "Estaban otras tres mesas grandes, á la larga, en que habia veinte gentiles hombres del Conde muy bien aderezados, con sus toallas al hombro, trinchando pavos, perdices, capones, gallinas, tórtolas, pollos, palominos, cabritos, truchas, muchas diferentes maneras de pasteles reales, sin otros rellenos de aves: otros delicados y extraños servicios de leche, y ensaladas; y esto tan espléndidamente, que por no me detener no trato d´ellos. Tuvo de mesa el Conde aquella noche más de ochenta caballeros; de modo que hasta que las mesas fueron alzadas nunca se dejó de tocar de rato á rato los menestriles, y otras veces flautas y cornetas".

"Estaban en lo bajo, que es el patio, muchos retretes, que en los unos estaban las hachas y velas de cera blanca y amarilla, y en el otro el vino y el agua, en los otros las aves y carne, y en los otros las frutas y truchas, y en los demas cosas maravillosas, que ver de cada cosa d´esto la superabundancia era para dar gracias a Dios. Estaba á otra parte la cava, que es donde estaba la copa del Infante y agua y vino; y la panatería en otra, que es donde sale á ponerse la mesa para S.A. y están el pan y toda fruta".
Pintura valenciana, siglo XVII. Círuclo de Miguel March.

Como se ve, los Pimentel no escatimaban en el comer, ni para ellos ni para sus criados. Dicen que de casta le viene al galgo. Lo cierto es que cien años después de la visita real, el apetito no parecía haberse detenido en los titulares de la casa de Benavente. Pero ya se sabe que el comer en exceso tiene sus consecuencias y, en el caso que vamos a contar, fueron funestas.

La condesa de Benavente debía gustar de darle al paladar y comer en demasía. Tanto que comía al día cuatro pollas de leche, cocinadas de distinta manera. Una noche de finales del mes de enero de 1656 cenó una en gijote, esto es, guisada y rehogada en manteca de cerdo, y otra en pepitoria. Comió de ella 16 alones, pese que el médico le advirtió que era mucha cena, sobre todo teniendo en cuenta su edad. La condesa replicó al galeno que necesitaba dichas viandas para poder dormir. Vaya si durmió, tanto que no despertó. De lo que se colige que, como dice el dicho: “De grandes cenas están las sepulturas llenas”.

La noticia corrió como la pólvora y unos días después, Jerónimo de Barrionuevo, anotó en su dietario de “Avisos” lo siguiente:

Madrid y febrero 2 de 1656
Murió la condesa de Benavente, domingo en la noche. Fue el caso que esta señora se comía cada día cuatro pollas de leche en diferentes maneras. Cenó una en jigote y una pepitoria, comiendo de ella 16 alones, sin los adherentes acostumbrados de conservas y sustancias. Díjole el médico que la asistía que para su edad era mucha cena. Respondióle que sin esto no dormiría, e hízolo tan bien, que amaneció en el otro mundo, volando en los alones de las aves. Tenía hecho testamento, mandando no la enterrasen si muriese hasta passados tres días, por unos desmayos grandes y dilatados que le solían dar; y que la embalsamasen y llevasen su corazón al túmulo de su marido, que también se hallan ahora Belernos y Durandartes a cada paso. Dejó toda su hacienda a los Trinitarios descalzos, que dicen pasan de 100.000 ducados. Requiescant in pace” (Jerónimo de Barrionuevo: Avisos (1654-1658). Tomo II. Madrid 1969, pp. 244-245).
Ambiente aristocrático, siglo XVII.

Pero, ¿de qué condesa se trata? Isabel Francisca Benavides, marquesa de Jabalquinto y condesa de Benavente –por matrimonio con Antonio Alfonso Pimentel en 1637- murió en 1653; debía contar con 38 años. Muerta su esposa, el conde volvió a casar en segundas nupcias en 1658 con doña Sancha Centurión y Córdoba, que murió en 1678. El hecho de que el médico aconsejara que “para su edad, era mucha cena” nos sugiere que podría tratarse de la condesa viuda Antonia de Mendoza y Orense, con la que había contraído matrimonio en segundas nupcias el conde de Benavente Juan Francisco Pimentel (1584-1652), madrastra, por tanto, del nuevo titular de la casa Antonio Alfonso Pimentel. Sin embargo, Barrionuevo cita a la condesa en 1656, con motivo del traslado a Madrid del famoso Cristo de Benavente. Así que, hoy por hoy, el nombre de la condesa glotona es una incógnita.

Cocina (Bodegón), Ámsterdam, Rijksmuseum, de Alejandro de Loarte.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Cartografía militar de la frontera hispano-portuguesa (3)

ANTONIO GAVER, INGENIERO DEL REY

José I. Martín Benito
Antonio Gaver. Ciudad Rodrigo. 1752.

En la segunda mitad del siglo XVIII se multiplican las labores cartográficas de los ingenieros militares sobre las tierras de La Raya. Y es que las difíciles relaciones entre España y Portugal llevaron a que la Corona española ordenara el reconocimiento de la franja fronteriza entre ambos países.

Tras la firma del Tratado de Límites con Portugal en 1750, se procedió a realizar varios trabajos sobre el terreno. Destacan, especialmente los del ingeniero Antonio Gaver, que levantó la cartografía de toda la frontera, desde el Guadiana hasta el Miño. El mapa y la memoria de la frontera portuguesa con Andalucía lo realizó en 1750[1]; al año siguiente elaboró los correspondientes a Extremadura en sus límites con el Alemtejo[2]; de 1753 data el mapa de la frontera entre Castilla con los territorios de Aveiro y Tras-os-Montes y los de la frontera entre Portugal y Galicia[3]. En esta cartografía se señalaban los vados que podían servir como paso entre España y Portugal, anotándose los puestos y fortificaciones, así como las alturas más inmediatas aptas para ser fortificadas, con las poblaciones próximas; se incluían las posiciones de Ledesma, Zamora y Benavente “que incluyendo Ciudad Rodrigo pueden en caso de irrupción servir de segunda línea de repuestos y puestos de reserva”[4]. En 1755 Antonio Gaver realizó el mapa de la frontera portuguesa incluyendo una parte de Andalucía, Extremadura, Reino de León y Galicia[5].

Gaver. Castillo de Trevejo, 1750.

Antonio Gaver. La frontera en Ayamonte, 1769.

En 1760 Gaver cartografió la zona correspondiente a la provincia de Castilla confinante con los territorios portugueses de Aveiro y Tras-os-Montes, previniendo que era copia del mapa que acompañaba a la relación realizada por el coronel ingeniero José Crane; en este trabajo, Gaver anotó las posesión de los puestos que se proponían fortificar y los lugares que servían de aduana[6]. Antonio Gaver realizó también entre 1751 y 1752 varios planos y perfiles sobre el estado y obras de fortificación en las plazas de Ciudad Rodrigo, La Puebla de Sanabria, Fermoselle y el Fuerte de la Concepción de Aldea del Obispo.[7]

Mapa parcial de la frontera hispano-portuguesa, con Ciudad Rodrigo, el fuerte de Aldea del Obispo y Almeida, 1752.
 



[1] Mª C. HEVILLA GALLARDO: “Reconocimiento practicado en la frontera de Portugal por el ingeniero militar Antonio Gaver en 1750”. Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales. Universidad de Barcelona, 2001. Vol. VI, nº 335; Mª S. PITA GONZÁLEZ: “La cartografía de la frontera hispano-portuguesa en el siglo XVIII: Trabajos de Antonio Gaver en la zona de Andalucía”.

[2] Catálogo de cartografía histórica de la frontera hispano-portuguesa. Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos. Centro Geográfico el Ejército, 2000, pág. 18.

[3] Catálogo de cartografía histórica de la frontera hispano-portuguesa. Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos. Centro Geográfico el Ejército, 2000, pp. 16 y 17.

[4] Catálogo de cartografía histórica de la frontera hispano-portuguesa. Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos. Centro Geográfico el Ejército, 2000, pág. 57.
[5] Catálogo de cartografía histórica de la frontera hispano-portuguesa. Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos. Centro Geográfico el Ejército, 2000, pág. 20.

[6] Catálogo de cartografía histórica de la frontera hispano-portuguesa. Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos. Centro Geográfico el Ejército, 2000, pág. 57.

[7] H. CAPEL et alii: Los ingenieros militares en España. Siglo XVIII. Repertorio biográfico e inventario de su labor científica y espacial. Barcelona 1983, pág. 202. Antonio Gaver describió los bienes de propiedad militar del concejo de Ciudad Rodrigo en el Libro de Registro y Reconozimientto (AMCR). Es el autor también del “Plano y perfiles de la plaza de Ciudad Rodrigo, arrabales y padastro inmediato y en línea de cordon Y Proyecto antiguo que se ideó para el Arrabal de San Francisco, y el que propongo lavado de amarillo a fin de dejar estta Plaza con mucho menos importe en estado de una regular defensa cualquier sittio formal”.